En un documento de identidad de República Dominicana se hace constar el color del ciudadano. Dicho documento no señala el origen racial, la etnia o la raza. No se pide si se es caucásico, asiático, mezclado, mulato. Se pone el color de la piel.
Un agudo analista de ese país se refiere a la copia del documento de Rafael Leónidas Trujillo Molina, que gobernó de 1930 a mayo de 1961, y en el mismo se señala que era blanco. En efecto, el color de la piel de Trujillo era blanco. Él puso el color de su piel, no su origen étnico.
Durante algunos años él pasaba en su coche por la calle donde yo vivía rumbo al Palacio Nacional, y le veía pasar por las mañanas mientras yo esperaba un autobús escolar. Puedo atestiguar, pues, que el color de la piel de Trujillo era blanco. Porque lo veía, no porque me lo contasen.
Que fuese mezclado, como una buena parte de la composición racial dominicana en esa época, y pienso que hoy, es una cosa; y otra es si el documento pide definir no su origen étnico-racial —que no lo pide—, sino el color de la piel, que era lo que se hacía constar.
Trujillo era un dominicano con mezcla; no era un blanco “puro”. En algunos de sus hermanos esa mezcla racial era notoria, porque tenían la piel más cobriza. Uno de ellos, que fue presidente títere, Héctor Trujillo, tenía como mote familiar “Negro”, porque era el más negro de piel de esa familia, pero la piel del dictador era blanca, aunque su etnia fuese mezclada.
En un país étnicamente diverso en su composición racial, como el dominicano, es común que hijos de los mismos padres y madres tengan diferentes tonalidades de color de piel. Porque buena parte de la población es una mezcla de blancos con negros, y de ese “mulataje” se producen uniones entre mezclados que han ido configurando los perfiles del dominicano.
También se reivindica el componente taíno de los nativos de la isla, cuando los españoles llegaron al para ellos “Nuevo Continente”, pero la influencia racial de los mismos es muy residual, ya que para el siglo XVII se daba por casi extinguida esa población. Pero dejaron su impronta étnica.
El considerado problema dominicano con la composición racial es que hay quienes desean imponer que la gente admita, por influencia de la subcultura negra norteamericana, la idea hiper racista y falsa científicamente, originaria del Sur esclavista, del “one drop”. O sea, que aquel que tiene una gota de sangre negra es negro. Y el corolario sería que casi todos los dominicanos somos negros, debido a que tenemos aunque sea una gota o un chorro de sangre negra.
¿Cuál es la base económica, social y política de esa idea hiper racista, contraria a la genética, la biología y hasta al sentido común de cualquiera que tenga un mínimo no solo de racionalidad sino de ojos para ver la realidad? Pues que los amos blancos de esclavos, los capataces y los peones y trabajadores blancos violaban, las más de las veces, u obtenían por poder social, opresión o seducción, relaciones sexuales con las esclavas negras, y estas daban hijas e hijos mulatos, o sea, 50 % negro y 50 % blanco.
Esto planteaba un problema en el sistema esclavista que los amos resolvieron de manera contundente: el hijo de una negra siempre sería negro, independientemente de su color de piel y de otros rasgos. Así el sistema esclavista y su sistema de propiedad no tendrían una contradicción en su seno, porque el negro era esclavo y solo muy escasos eran manumisos o libres.
Con mantener ese statu quo los blancos podían seguir preñando a sus esclavas en sus plantaciones, y algunos padres fundadores como Jefferson, el padre de Madison, y como Washington, del cual se dice que tuvo amante esclavizada. Así podían seguir teniendo hijos con sus amantes negras y mulatas sin poner en peligro el supremacismo blanco.
Cualquiera que no sea un blanco supremacista o que asuma sus ideas, aunque sea para darle la vuelta y asumir una especie de unión de los “no blancos”, definidos como negros, para dar la supremacía al negro en una lucha racial contra el blanco, puede aceptar que el mezclado sea negro.
Los mezclados constituyen un grupo étnico que no tiene que ser asimilado a negro. Es un grupo racial o étnico por sí mismo, con sus componentes distintivos, aunque semejantes, según el juego del azar de cromosomas y de las leyes de Mendel de la genética.
Sobre todo, porque en rigor no todos los mezclados lo son de negros y blancos; hay mezcla y apareamientos entre ellos, de lo cual surge una gran variedad de mestizaje, viéndose que hermanos de los mismos padres y madres sean de fenotipos diversos, unos siendo más negroides y otros más blancoides, o con muchas características de ambos. Ese es el resultado de la mezcla.
Decir que son negros por tener un porcentaje muy variable de negro es tan arbitrario y falso como decir que son blancos por tener alguna característica de blancos. Lo riguroso es señalar lo que son: mezclados, mestizos, y si se trata de acentuar las “razas” originarias de esa mixtura originaria de negro y blanco, son mulatos.
El problema no es si los dominicanos aceptan la raíz africana, que se acepta como hecho consumado que es. Lo que no se hace es hipostasiarla y convertirla en bandera de lucha y enfrentamiento entre “razas”.
La mayoría de los mezclados tienen un porcentaje muy variable de sangre africana. Pero en una sociedad mezclada, mestiza o mulata como la de RD, no parece sensato hacer de eso una línea divisoria.
Más aún cuando, como personas intuitivas e inteligentes y con sentido práctico, saben que eso tiene como objetivo dividir más aún al pueblo dominicano, sin aportarle nada verdaderamente fructífero.
A mí, lo digo con claridad meridiana, toda esa ideología venida de EE. UU., del “one drop”, de que el que no es “blanco puro” o, como dice un amigo de sí mismo, “blanco de verdad”, es negro, me parece, dicho en plata, una idiotez.
Y en el colmo del delirio lleva a decir que la cultura clásica occidental griega es negra, porque muchas ideas tenían origen en Egipto, que para los supremacistas negros es un pueblo negro (¡sic!). En fin, como esas elucubraciones crean empleo, cátedras e incluso departamentos universitarios, entiendo que atraiga a muchos. En ese sentido es algo útil.
Lo que me preocupa es el diversionismo político-ideológico que produce, poniendo el acento en asuntos, para mí, subordinados, secundarios.
Lo importante no es el color de piel, si se tiene una gota o un chorro de sangre de origen X o Y. Lo importante son las clases, sus conflictos y luchas, la explotación, la opresión, la desigualdad excesiva, el déficit de libertades reales, el acceso a la salud y educación públicas de calidad independientemente del tamaño del portamonedas de cada persona.
Lo urgente, importante, perentorio, es fomentar una mayor igualdad de oportunidades independientemente del color de la piel o del origen étnico mezclado o “puro”. Por otra parte, como decía el poeta Nicolás Guillén: alguien ha probado el agua químicamente pura, H₂O; el agua pura es una “pura mierda”, un líquido imbebible.
En la vida, que no es ilimitada sino finita, hay que escoger y para mí esto es lo importante. Otros tendrán sus opciones. Los respeto. Los tolero. E incluso comprendo sus afanes y delirios reduccionistas binarios. Pero a mí la “música” del color de piel, el porcentaje de sangre y hacer de ello una bandera para enfrentarse con blancos o con gente de pigmentación más o menos clara o más o menos oscura no me mueve en absoluto.
Y voy más lejos: es una aberración el traslado de un problema originado en otras sociedades, que no es pertinente en una sociedad mayoritariamente mixta, mezclada o mulata.
En definitiva, me interesa en el análisis social las categorías, no los individuos que las encarnan, porque una mala persona, un explotador, un abusador, un canalla, un cretino, un lame trasero o “limpia saco”, lo mismo lo es si es blanco, negro, asiático, mezclado, indígena americano o de donde sea. Como, al contrario, puede ser una persona buena, honesta, honrada, respetuosa, digna y decente.
Las personas para mí son esencialmente iguales y, a la vez, muy diferentes en lo fenomenológico, debido a factores económicos, sociales, educacionales, incluso psicológicos y éticos. Todos somos de la misma raza, la raza humana, incluso los racistas y supremacistas blancos, negros o diversos.
Ellos insisten en lo adjetivo, yo en lo sustantivo. Y aquí pongo un punto final.
Tengo otros temas en mi agenda que tienen más interés para ocuparme en el relativo breve tiempo que estaré lúcido, consciente o simplemente vivo.
No quiero desperdiciar mi tiempo en temas que se fomentan para hacer realidad el viejo dicho: divide y vencerás.

























