No soy de aquellos que enarbolan que el pasado fue mejor que el presente, sobre todo la época y los momentos de mi niñez y adolescencia. Pienso que los contextos eran diferentes, como incluso las personas. Aunque tengo muy buenos recuerdos de entonces, no añoro el pasado.
Nací en la Villa Juana de los años 50, mil novecientos cincuenta para ser precisos. Un gobierno trujillista muy fortalecido, quizás el momento más alto de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Un férreo control político, grandes obras públicas, pero de igual manera, una profunda represión y censura a cualquier idea alternativa.
Es decir, viví mis primeros diez años y algo más en ese contexto. Las cosas, a finales de esa década, se complicaron mucho en el seno de nuestra familia, pasando noches en vela, luego de que nuestro padre fuera sacado a empellones de la casa por agentes del SIM (Servicio de Inteligencia Militar) en varias ocasiones.
La incertidumbre era tal, que tan solo escuchar aquel sonido metálico de los “famosos cepillos” (los carros Volkswagen), era motivo para que el llanto y el miedo nos embargara a todos. Luego de aquel 30 de mayo llegamos a saber incluso, que había una orden de “salir de Julio Valeirón”.
Nací y me crie, entonces, en la barriada de Villa Juana, otrora, los Potreros de Venturita, de quien oí muchas veces hablar a mi padre para referirse a la finca de don Buenaventura Peña, cuya esposa Juana Batlle, fue motivo para el nombre de la citada barriada. 1947 es el año en que se registra la fundación del barrio.
Algunos personajes de la vida política, deportiva y artística fueron oriundos de aquella barriada, donde nos conocíamos por los apellidos. Los Cantizano, los Goodrich, los Mota, los Di Carlo, los Olivier, los Cabral, los Valeirón y muchas otras familias que formaban una comunidad donde cada quién sabía quién era el otro.»
La Voz Dominicana. Cine y radio-teatro, fue un lugar emblemático en el que se presentaba lo más selecto de los artistas dominicanos de entonces, y de aquella “Semana Aniversaria”, donde vimos y escuchamos de los artistas más selectos de América Latina: Antonio Prieto, Amalia Mendoza (La Tariácuri), como incluso, aquella voz enigmática del Perú que parecía de otra galaxia, Ima Sumac.
Por las características de las personas, como incluso de los contextos, había mucha familiaridad y, de alguna manera, nos “cuidábamos entre todos”. Fue muchas veces que escuché a alguna persona adulta decir: “¿y qué hace el hijo de Julio y Ofelia por aquí?”. “Mira, muchacho, vete pa´tu casa”.
No puedo negar, sin embargo, que en ocasiones “me siento extraño en mi propio territorio”. El país ha cambiado mucho, desde entonces, la ciudad -por supuesto- ni por asomo es la misma, como tampoco las personas que la habitan. A penas nos conocemos quienes compartimos vecindario y hasta paredes y pisos.
Mis últimos tres años de la primaria los hice en la Escuela República Dominicana a unas cinco o seis largas cuadras de mi casa, a la que me trasladaba a pie de ida y vuelta, pero con la “seguridad y certeza” de que nada debía pasar. Hoy, es muy complicado permitirnos que nuestros niños y niñas tengan esa experiencia de vida.
La paradoja es que hemos construido instituciones democráticas más sólidas que las de mi infancia, pero no siempre hemos cultivado ciudadanos con igual conciencia democrática. Tenemos más libertad, pero no necesariamente mayor responsabilidad colectiva y qué decir de las instituciones estatales.
Como país pudimos ser otra cosa, sobre todo con toda la infraestructura física, económica e institucional con que salimos de los treinta años de dictadura, a pesar de las atrocidades de entonces. Los grupos de poder, económico y político, no pensaron en país, más bien con qué puedo quedarme de toda esta riqueza alcanzada.
Hemos tenido avances como rezago en muchos indicadores económicos y sociales; sin embargo, esos logros no han estado acompañados de una cultura ciudadana que fortalezca la convivencia democrática.
Cuando aquellos jóvenes de 8º que participaron en los dos Estudios Internacionales de Educación Cívica y Ciudadanía expresaron simpatía por la dictadura, lo más probable era que no estaban pidiendo menos libertad sino reclamando orden, seguridad, sentido de propósito y confianza en las instituciones.
Tal vez ahí resida uno de nuestros mayores desafíos como nación: construir una democracia que no solo garantice derechos, sino que también inspire responsabilidad, convivencia y pertenencia. Solo así dejaremos de sentirnos extraños en nuestro propio territorio.






















