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El triunfo de Lula, derrota de la ultraderecha

Algunos «periodistas» amigos míos me dicen que Lula no es de izquierda. Y creo que tienen razón en muchas de sus críticas. Su trayectoria política, las contradicciones de sus gobiernos y sus posiciones frente a determinados conflictos internacionales merecen un análisis crítico desde las ideas del marxismo. Ningún dirigente debe estar por encima del examen de sus actos ni de la crítica revolucionaria. Pero una cosa es discutir la naturaleza política de Lula y otra, muy distinta, desconocer el significado de su triunfo frente a la ultraderecha brasileña.

La pregunta fundamental no es solamente quién es Lula, sino quiénes fueron derrotados con su victoria y qué fuerzas sociales representa esa derrota. Porque cuando los pueblos frenan el avance de proyectos autoritarios, reaccionarios y subordinados a los grandes intereses económicos, se produce un acontecimiento político que trasciende las limitaciones del dirigente victorioso.

El triunfo de Lula tiene, por tanto, una importancia que no podemos ignorar. Representa un revés para la ultraderecha entreguista, para los sectores que pretenden convertir el Estado en instrumento exclusivo de las élites económicas y para quienes utilizan el miedo, los prejuicios y la manipulación religiosa como herramientas de dominación política.

Desde una perspectiva marxista, no se trata de idealizar a Lula ni de confundir una victoria electoral con una transformación revolucionaria. Se trata de comprender la correlación de fuerzas, identificar al enemigo principal en cada coyuntura y reconocer que las derrotas de la reacción pueden abrir espacios para nuevas luchas populares.

La crítica revolucionaria no nos obliga a desconocer las victorias que debilitan a nuestros adversarios de clase.

La fe de los pobres no puede seguir siendo el negocio de los multimillonarios

Uno de los aspectos más reveladores de esta confrontación es el papel de determinados pastores evangélicos multimillonarios de Brasil y Estados Unidos, que han convertido la fe de millones de personas en un instrumento de acumulación económica y manipulación política. No estamos cuestionando la fe de los creyentes ni el derecho de los pueblos a practicar su religión. Estamos denunciando a quienes instrumentalizan las creencias religiosas para proteger privilegios, justificar desigualdades y colocar a los trabajadores al servicio de proyectos políticos contrarios a sus propios intereses.

La llamada doctrina de la «prosperidad» constituye una de las expresiones más perversas de esa manipulación cuando sostiene que la riqueza es una bendición divina y la pobreza una consecuencia de la pereza o de la falta de fe. Así se pretende convertir una desigualdad social en una responsabilidad individual y presentar el privilegio de los ricos como voluntad de Dios.

Pero ¿quién explica a los trabajadores que madrugamos, a los campesinos que cultivan la tierra, a las madres que crían solas a sus hijos y a quienes sobreviven con salarios miserables que son pobres porque no trabajan lo suficiente? ¿Quién les explica que la riqueza de los grandes capitalistas no surge necesariamente del esfuerzo personal, sino también de la expropiación del trabajo ajeno, la explotación, los monopolios y unas estructuras económicas diseñadas para favorecer a quienes ya concentran el poder?

La pobreza no es un pecado, ni la riqueza constituye una prueba de virtud moral. La desigualdad tiene raíces históricas, económicas y sociales. Y mientras algunos predican resignación desde los púlpitos, millones de seres humanos necesitan salarios dignos, educación, salud, vivienda y justicia social.

La contradicción no está entre creyentes y no creyentes, sino entre quienes utilizan la religión para enriquecerse y dominar, y quienes defienden la dignidad humana, la solidaridad y la justicia. La fe de los pueblos merece respeto; su manipulación política y comercial merece ser denunciada.

Trump y Netanyahu: la religión como instrumento de poder

La derrota de la candidatura de Flávio Bolsonaro también tiene una dimensión internacional. Lula obtuvo el 51.79 % de los votos válidos en la segunda vuelta del 25 de octubre de 2026, frente al 48.21 % de su adversario. El resultado frustró el regreso de la familia Bolsonaro al poder y representó un revés para la corriente ultraderechista vinculada políticamente al trumpismo.

En ese contexto, la victoria brasileña constituye una advertencia para-Donald Trump y sus aliados: el avance de la ultraderecha no es inevitable y los pueblos pueden derrotar electoralmente a proyectos que pretenden concentrar el poder, debilitar las instituciones democráticas y subordinar la soberanía nacional a intereses particulares.

También proyecta una señal política hacia Benjamin Netanyahu, cuya utilización del lenguaje religioso y de referencias bíblicas para legitimar sus posiciones políticas merece una crítica firme, especialmente ante la tragedia palestina. No se puede invocar a Dios para justificar la violencia contra poblaciones civiles ni convertir la religión en una cobertura moral para políticas de dominación.

Llamar fariseos políticos a quienes instrumentalizan la Biblia es una crítica a su conducta, no a la religión ni a los millones de personas que encuentran en ella consuelo, esperanza y compromiso solidario. El cristianismo no pertenece a los multimillonarios ni a los gobernantes que pretenden hablar en nombre de Dios mientras desprecian el sufrimiento de los pueblos.

La solidaridad con los pobres, la defensa de la vida y el rechazo a la injusticia no pueden quedar subordinados a los intereses electorales de una derecha que utiliza la religión como bandera cuando le conviene.

Una victoria electoral no es una revolución

Desde el marxismo, debemos comprender que las elecciones expresan una correlación de fuerzas, pero no eliminan las estructuras económicas que reproducen la desigualdad. La victoria de Lula no significa que la clase trabajadora brasileña haya conquistado el poder económico ni que hayan desaparecido los intereses de las élites que dominan sectores fundamentales de la sociedad.

La burguesía conserva recursos, medios de comunicación, influencia institucional y capacidad para condicionar las políticas públicas. Además, la derecha mantiene una importante fuerza parlamentaria, lo que limita la capacidad del Gobierno para ejecutar su programa.

Por eso, los trabajadores no pueden delegar toda su esperanza en un presidente, por popular que sea. Necesitan organización, conciencia de clase, independencia política y capacidad de movilización para defender sus conquistas y exigir transformaciones concretas.

Tampoco debemos caer en el sectarismo de considerar irrelevante una victoria porque el dirigente triunfador no represente plenamente nuestros ideales. Una posición revolucionaria exige distinguir entre el programa que defendemos, las fuerzas que nos adversan y las condiciones reales en que se desarrolla la lucha política.

Ni adoración de los dirigentes ni indiferencia ante la derrota de nuestros adversarios: conciencia de clase, análisis crítico y lucha organizada.

Una lección para la izquierda latinoamericana

El resultado brasileño también plantea una pregunta a las fuerzas progresistas y revolucionarias de América Latina: ¿cómo construir mayorías populares capaces de enfrentar a una derecha que combina poder económico, propaganda digital, fundamentalismo religioso y discursos nacionalistas?

No basta con denunciar a la ultraderecha. Hay que comprender por qué logra conquistar a sectores de la clase trabajadora, de la juventud y de los sectores empobrecidos. Hay que disputar sus ideas, combatir la desinformación, fortalecer las organizaciones populares y presentar alternativas creíbles frente a la inseguridad, el desempleo, la precariedad y el deterioro de los servicios públicos.

En República Dominicana, esta lección tiene una importancia particular. Una izquierda que aspire a recuperar su influencia debe abandonar la militancia de confort, reconstruir sus vínculos con los trabajadores y la juventud, y demostrar que su propuesta puede mejorar las condiciones materiales y culturales de la población. No basta con proclamarse revolucionario: hay que organizar, educar, convencer y luchar.

La derecha no entregará voluntariamente sus privilegios. Las clases dominantes nunca les dirán a los trabajadores: «Ya hemos gobernado durante muchos años; ahora les toca a ustedes». Los derechos se conquistan mediante la organización, la lucha social y la acumulación de fuerzas.

La victoria de Lula pertenece a una batalla más amplia

El triunfo de Lula no convierte automáticamente a su Gobierno en revolucionario, ni resuelve las contradicciones de la sociedad brasileña. Pero la derrota electoral de la ultraderecha constituye un acontecimiento significativo para quienes defienden la democracia, la soberanía de los pueblos y la posibilidad de construir sociedades menos desiguales.

Su alcance internacional reside en demostrar que las fuerzas reaccionarias pueden ser derrotadas cuando se articulan amplias mayorías, se moviliza a la ciudadanía y se confrontan las mentiras con propuestas capaces de conectar con las necesidades reales de la población.

Los comunistas y revolucionarios debemos mantener nuestra independencia crítica, sin renunciar a reconocer los avances que favorezcan a los pueblo. La historia no avanza en línea recta: conoce retrocesos, contradicciones, victorias parciales y nuevas oportunidades de lucha.

La tarea no consiste en declarar revolucionario a Lula, sino en impedir que la ultraderecha convierta el descontento popular, la fe religiosa y las dificultades económicas en instrumentos para perpetuar su dominación.

Porque cuando los multimillonarios pretenden hablar en nombre de Dios, cuando los poderosos presentan sus privilegios como destino y cuando la ultraderecha intenta apropiarse de la esperanza de los pobres, la respuesta debe ser clara: ni la fe se vende, ni la dignidad se negocia, ni la emancipación de los pueblos se delega.

La lucha continúa. Y la victoria de Lula demuestra que la reacción puede ser derrotada.