Hay una violencia velada que trasciende al golpe o al insulto y que casi nunca deja marca visible: la del mito que la justifica.
Circula como sentido común, se repite en los hogares, en los tribunales, en los noticieros, en la boca de quienes creen que están describiendo la realidad, cuando en verdad la están fabricando y durante décadas ha preparado el terreno, ha silenciado a las víctimas y ha protegido a los agresores.
Este artículo no viene a dialogar con esos mitos. Viene a desmantelarlos.
Mito: Ha ocurrido solo una vez, no ocurrirá más
La violencia doméstica no es un accidente ni un exceso puntual. Es un patrón. Se instala, se normaliza y escala. El ciclo no se rompe solo; sin la intervención adecuada, se repite y se intensifica. Quien espera que «la próxima vez sea diferente», espera lo que la evidencia desmiente.
Mito: Solo cierto tipo de hombres abusa de sus parejas
No existe el perfil perfecto del abusador. No lo delata la edad, la apariencia, la religión, la clase social ni la forma de hablar en público. El hombre que golpea puede tener corbata o chancletas, título universitario o primaria incompleta. Buscar ese perfil es una forma de proteger a los que no lo parecen.
Mito: Los hombres que maltratan y matan son enfermos mentales
La enfermedad mental no causa violencia doméstica. Ese argumento le hace un doble daño: patologiza lo que es una decisión de poder y estigmatiza a quienes sí padecen enfermedades mentales sin ser violentos. Los hombres que maltratan y matan no lo hacen porque están enfermos; lo hacen porque quieren controlar.
Mito: Los hombres son, por naturaleza, más violentos que las mujeres
La biología no explica la violencia de género. Los estudios no encuentran ningún factor biológico que haga a los hombres inherentemente más violentos. Lo que sí encuentran es cultura: mandatos, impunidad y tolerancia social. Y la prueba más clara es que la mayoría de los hombres que agreden a sus parejas no se comportan así fuera del hogar. Eso no es naturaleza; eso es elección.
Mito: Los hombres que maltratan fueron maltratados en la infancia
Si el maltrato infantil produjera maltratadores adultos de forma automática, el número de agresores sería incomparablemente mayor. No existe evidencia de ese ciclo determinista. La mayoría de los hombres que vivieron violencia en la infancia no la reproducen. Invocar ese argumento es convertir al agresor en víctima y absolverlo de responsabilidad.
Mito: La violencia hacia las mujeres está provocada por el alcohol
Un gran número de agresores atacan completamente sobrios. El alcohol no genera violencia; a lo sumo la desinhibición que ya existía. Es una coartada, no una causa. Y una coartada muy conveniente: le da al agresor una excusa y a su entorno una razón para no actuar.
Mito: Si hubiera sido tan violento, ella lo habría denunciado antes
El 46% de las mujeres no denuncia la violencia que sufre. No por indolencia: por miedo a represalias, por desconfianza en el sistema, porque han sido ignoradas antes, porque su estado emocional no les permite ver una salida. Cuestionar por qué no denunció antes es juzgar a la víctima en lugar de al agresor. El problema no es el silencio de ella; es la violencia de él.
Mito: Algo habrá hecho ella
Nada. No hay conducta, actitud, tono de voz, forma de vestir ni decisión personal que justifique la violencia. Ninguna. Seguir haciendo esa pregunta es participar del sistema que protege al agresor.
Mito: Hay mujeres con un perfil de personalidad que las hace más propensas a ser víctimas
La violencia de género no selecciona por carácter. No hay personalidad que la atraiga ni fortaleza que la prevenga. Construir ese perfil solo sirve para decirle a las víctimas que algo en ellas lo provocó.
Mito: Los hombres también son agredidos por sus parejas
Los registros de denuncias muestran que el 99% de la violencia en la pareja la ejerce el hombre contra la mujer. La violencia existe en todas las direcciones, pero no en proporciones equivalentes. Equiparar lo que no es equivalente no es justicia; es distorsión deliverada.
Mito: Cuando una mujer dice no, en realidad quiere decir sí
No. Significa no. Cualquier otra interpretación es una decisión del que no quiere escuchar.
Mito: La violación la ejecutan extraños
El 83% de las mujeres son violadas por alguien a quien conocen y en quien confían. El peligro no suele venir del desconocido en la oscuridad; viene del familiar, el amigo, el novio, el esposo. El mito del extraño sirve para mantener la mirada donde no está el problema.
Mito: Una vez excitado, el hombre no puede controlar su impulso sexual
Puede. Siempre puede. Lo contrario no es biología; es impunidad disfrazada de naturaleza.
Mito: Ella lo provocó: estaba borracha, vestía así, tenía mala reputación
Ninguna mujer pide ni merece ser violada. Ninguna. El estado en que se encontraba, la ropa que llevaba, su historial sexual: nada de eso constituye consentimiento, no es una invitación ni le da derecho a un hombre a forzar una relación sexual. Quienes invocan esos argumentos no están describiendo lo que pasó; están construyendo la absolución del violador.
Mito: A veces hay que enseñarle a la mujer quién manda en la casa
El hogar es, para muchas mujeres, el lugar más peligroso del mundo. Ese «a veces» ha costado vidas.
Mito: Si te cela y te controla, es porque te quiere
Los celos no son amor. El control no es protección. Son mecanismos de dominación. Una relación donde el otro administra tu libertad no es una relación sana; es el primer capítulo de algo peor.
Mito: A esa mujer le gusta el maltrato; si no, ya hubiera dejado a su pareja
Las mujeres que permanecen con sus agresores enfrentan dependencia emocional, baja autoestima, miedo real y, muchas veces, dependencia económica. Irse no es simple ni seguro: el momento de mayor peligro suele ser el de la separación. Juzgar por qué no se fue es no entender nada de lo que es vivir dentro de esa situación.
Mito: Los feminicidios solo afectan a mujeres de escasos recursos o poca educación
El feminicidio no discrimina. Ocurre en todos los estratos sociales, en todos los niveles educativos. La pobreza puede aumentar la vulnerabilidad, pero no es el único escenario. Creer que eso solo pasa «en ciertos ambientes» es una forma de no verse en el problema.
Mito: Si te pega, es porque te quiere
El amor no golpea. El amor no humilla. El amor no aterra. Lo que golpea, humilla y aterra tiene otro nombre.
Mito: El amor todo lo puede
El amor no cambia a los agresores. Creer que sí termina por hacer responsable a la víctima de su propia salvación, y cómplice de su propio daño. El amor y el maltrato no conviven: cuando uno está, el otro no existe.
Estos relatos, construidos por una sociedad que prefiere mirar hacia el otro lado antes que hacia lo que duele, no son inocentes. Cada uno cumple una función: desplazar la responsabilidad del agresor, silenciar o culpar a la víctima y mantener el statu quo.
Desmontarlos no es un ejercicio académico. Es una condición para que las mujeres vivan.
























