En los últimos tiempos, hechos y datos inequívocos indican que la democracia está en crisis. Editorialistas, intelectuales y analistas de primera andan preocupados por el fenómeno en curso; también lo advierten sociólogos, politólogos y académicos. Consideran que es de mal agüero. Sin embargo, siguiendo el automatismo de su retórica, los políticos apenas se detienen a considerarlo.
Aceptar el deterioro de la democracia —en gran parte responsabilidad de quienes ejercen gracias a ella— no es parte del libreto de los partidos ni de su membresía. Negar y esconder errores debajo de la alfombra es imperativo en sus discursos. En la génesis de esa negación se encuentra una fobia al arrepentimiento.
No alcanzan a entender, ni sus asesores tampoco, que un personaje público capaz de admitir errores eleva su reputación, alivia crisis en curso y sintoniza sentimentalmente con la audiencia. Para disminuir una percepción pública negativa, una disculpa auténtica con propósitos de enmienda humaniza al político y lo reconecta con sus seguidores. Sin embargo, esa realidad parece no entrar en la cabeza de quienes buscan el poder.
Antonio Argandoña, reconocido profesor de Economía y Ética, titular de la Cátedra CaixaBank de Responsabilidad Social de la Universidad de Navarra, afirma que el perdón es “una virtud política, no es una derrota, ni un acto de debilidad, sino que expresa dignidad y es un acto de coraje, de fortaleza, porque «supone reconocer el mal que se ha causado y, al mismo tiempo, tener la audacia de decirlo a la víctima de la ofensa…”.
Se extiende aún más el profesor Argandoña: enseña que el arrepentimiento se convierte en auténtica reivindicación a través de una oferta de reparación; de no incluirla, indica, se convierte en apariencia hueca.
Escuchar y observar a quienes nos han gobernado irse por la tangente, atiborrar de sofismas al interlocutor o negar públicamente errores y desaciertos es terrorífico, peligroso y descarado. Ni a ellos ni a sus delfines se les escucha decir que lo harán distinto de volver al poder. Lo que pasó, pasó. Si a usted le preocupa, a mí no…
Esa incapacidad de reconocer errores, al parecer estratégica, promueve desesperanza y pone en peligro nuestra democracia. Sin admitir sus transgresiones del pasado, ningún ciudadano puede convencerse de que no volverá a ser maltratado por los mismos errores (obsérvese el rechazo masivo al sistema político actual reflejado en las encuestas).
Si la Iglesia católica se recupera paso a paso de los escándalos que la resquebrajaron, se ha debido a la enérgica estrategia implementada por los últimos pontífices de pedir perdón y gestionar reparaciones. De haberse parapetado en la negación y la soberbia, hubiese continuado el declive causado por la sospecha y el desencanto. El “mea culpa” funciona. Similar decisión tomó la sociedad alemana al reconocer las monstruosidades del nazismo e intentar repararlas. Les resultó.
Por otro lado, la convicción irrenunciable de Donald Trump de no admitir equivocaciones, mucho menos pedir perdón, lo encaminan a una inevitable derrota en las elecciones de medio mandato. Y se ha convertido en el personaje principal de caricaturas y comedias estadounidenses.
Aquí, como los políticos no se equivocan ni son chiviricos, lo que digan las encuestas acerca de su descrédito les tiene sin cuidado. Así que no pierdan tiempo recomendándoles este artículo; dirán que ustedes no entienden de política, mucho menos de gestión de imagen























