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El candidato que muchos prefieren no tomar en serio

Muchos descartan la posibilidad de que Santiago Matías llegue a ser presidente de la República. Yo no. Durante los últimos años hemos visto demasiadas veces cómo candidatos que provocaban burlas, parecían ajenos a las formas tradicionales de hacer política o sencillamente no eran considerados presidenciables terminaron recibiendo las llaves del palacio de gobierno. Donald Trump debió enseñarnos algo en 2016; lo ocurrido después, particularmente en América Latina, convirtió aquella experiencia en algo más que una excepción.

Argentina eligió a Javier Milei; El Salvador hizo de Nayib Bukele una figura que trascendió sus fronteras; Chile giró hacia José Antonio Kast. Las elecciones de Colombia, Perú, Honduras y Costa Rica han vuelto a mostrar sociedades dispuestas a romper antiguas lealtades. Son candidatos, circunstancias e ideologías diferentes, por lo que agruparlos bajo una misma categoría sería un pobre ejercicio de análisis. Me interesa otra coincidencia: electorados cansados de sus instituciones, preocupados por la inseguridad, desencantados de los partidos y cada vez más receptivos a quien prometa hacer aquello que la política convencional parece incapaz de resolver.

Estados Unidos eligió a Trump, lo sacó de la Casa Blanca y cuatro años después volvió a elegirlo. Conviene recordarlo cada vez que alguien asegura que determinada candidatura es imposible.

Santiago Matías ya inició el camino para convertir su enorme presencia mediática en una organización política. Reírnos del fenómeno comienza a parecerme una irresponsabilidad, sobre todo porque seguimos intentando medirlo con instrumentos de otra época.

Nos preguntamos cuántos dirigentes provinciales tiene, cuáles alcaldes podrían respaldarlo o qué senadores lo acompañarían. Son preguntas legítimas, pero insuficientes. Habría que preguntar también cuántos dominicanos reciben diariamente sus contenidos, cuántos jóvenes conocen mejor sus opiniones que las de cualquier dirigente partidario y si esa comunidad construida durante años frente a una pantalla puede convertirse en votos. No conozco la respuesta; precisamente por eso no lo descarto.

Durante la reciente Parada Dominicana de Nueva York, Matías volvió a protagonizar uno de esos episodios que antes podían archivarse en el amplio expediente del espectáculo. Pero ya no es solamente el empresario que dirige una plataforma de entretenimiento. Quiere gobernar un país; desde ese momento, su conducta frente al conflicto, la contradicción o una provocación adquiere interés público. El carácter también gobierna; importa la capacidad de contener los impulsos, escuchar al contrario, administrar una derrota y convivir con quien piensa distinto. No porque un presidente deba responder al viejo molde del político ceremonioso, sino porque el poder presidencial dominicano continúa siendo enorme. El poder rara vez corrige el temperamento de quien lo ejerce; suele darle instrumentos.

La política contemporánea ofrece suficientes razones para observarlo. Bukele devolvió seguridad a una sociedad sometida durante años a la violencia criminal y allí descansa buena parte de su enorme popularidad; El Salvador lleva, sin embargo, más de cuatro años bajo un régimen de excepción que ha permitido decenas de miles de detenciones, algunas de personas posteriormente liberadas al comprobarse que no tenían vínculos con las pandillas. La eficacia y la calidad democrática no siempre recorren el mismo camino.

Trump ofrece otra advertencia. El dirigente que convirtió la confrontación en parte de su identidad política regresó a la Casa Blanca con los instrumentos de la primera potencia mundial. Su gobierno ha ordenado ataques contra embarcaciones en el Caribe, atribuyendo a sus ocupantes vínculos con el narcotráfico sin hacer públicas, en numerosos casos, las evidencias que sustenten esas imputaciones. Estados Unidos llevó después la fuerza militar a territorio venezolano, capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó fuera del país. Que Maduro encabezara un régimen autoritario no elimina las preguntas sobre soberanía, legalidad internacional y límites del poder.

Colombia apenas comienza otra experiencia. Abelardo de la Espriella, un personaje que pocos habrían considerado presidenciable hace algunos años, tomó posesión el 7 de agosto. Sería absurdo juzgar un gobierno de días; interesa observar qué ocurre cuando el espectáculo, la provocación y el personaje que contribuyeron al ascenso entran también al palacio presidencial.

Ninguno de ellos es Santiago Matías, ni afirmo que este gobernaría de igual manera. El punto es otro: el poder no inaugura una personalidad; le entrega recursos. Por eso debemos observar cómo Matías administra el poder que ya posee, cómo responde cuando alguien lo contradice y qué sucede alrededor de su liderazgo cuando alguien se atreve a cuestionarlo; esto último comienza a preocuparme incluso más que él. Basta expresar dudas sobre su candidatura en las redes para que aparezca una parte particularmente agresiva de sus seguidores. Con demasiada frecuencia la respuesta abandona las ideas y entra en el insulto, la descalificación personal y palabras que difícilmente cabrían en una conversación ordinaria. La crítica al líder parece convertirse en una afrenta contra toda la comunidad.

No hablo de todos sus seguidores, ni sería justo responsabilizar a un candidato por cada barbaridad escrita por alguien que simpatiza con él; hablo de una conducta suficientemente repetida para merecer atención. La democracia necesita algo más que votos. Necesita ciudadanos capaces de aceptar que otro ciudadano considere pésimo al candidato que ellos juzgan extraordinario. El adversario democrático no se convierte en enemigo porque piense distinto, mucho menos debe ser intimidado hasta guardar silencio.

El proyecto político de Matías comenzó y corresponde tratarlo con la seriedad que reclama cualquier persona que pretenda dirigir el Estado. Preguntarle por la independencia judicial, el Ministerio Público, la libertad de prensa, la economía, Haití, educación y seguridad ciudadana; pero también algo que ningún programa de gobierno responde: ¿cómo gobernaría frente a quienes lo contradigan con la misma dureza con que hoy lo hacen desde las redes?

Tiene, si cumple los requisitos constitucionales y legales, exactamente el mismo derecho a aspirar que cualquier otro dominicano. Sus seguidores pueden promoverlo y votar por él; nosotros podemos examinarlo, cuestionarlo y advertir sobre aquello que consideremos peligroso.

También deberían tomarlo en serio quienes hoy se ríen. República Dominicana no posee inmunidad frente al malestar que ha transformado elecciones en medio continente. Aquí también existen inseguridad, desigualdad, frustración, jóvenes que no encuentran representación en los partidos y ciudadanos convencidos de que las instituciones funcionan mejor para unos que para otros. Matías no creó esas inconformidades; convendría preguntarnos si ha aprendido a interpretarlas. Incluso el desprecio puede favorecerlo. Cada dirigente que se burle de él, cada intelectual que trate a sus seguidores como incapaces de comprender la política, puede regalarle una frase electoral formidable: se ríen de mí porque también se ríen de ustedes.

No sé si Santiago Matías llegará a presidente. Lo que no encuentro es una razón seria para asegurar que no puede llegar. Una democracia tampoco necesita ser asaltada para comenzar a debilitarse; puede entregar mediante el voto los instrumentos que luego reduzcan sus propios espacios. Por eso prefiero observarlo ahora, cuestionarlo ahora y exigirle ahora las respuestas que exigiríamos a cualquier aspirante a dirigir el Estado. Esperar a que tenga posibilidades de ganar para preguntarnos qué significaría que ganara sería repetir un error que demasiadas democracias comprendieron después de abrir las urnas.