Aprendemos a ser violentos

Frente a quienes reparten tiros y puñetazos, maltratadores, homicidas, feminicidas, y abusadores de todo tipo, expertos en el tema y autoridades competentes concentran su atención en el hecho consumado, y en estudiar la personalidad de ejecutores y víctimas. Buscan señales que pudieran avisar del hecho y evitarlo; emplean tiempo y dinero planificando proyectos de prevención y protección. Evalúan lo inmediato para diseñar estrategias dirigidas a contenerlos. Pero, si nos fijamos bien, esos esfuerzos no han dado resultados satisfactorios.

Recopilando las publicaciones dominicanas sobre el trágico fenómeno social, y los esfuerzos para subsanarlo – bien intencionados, por cierto-, comprobamos que andan cortos en la exploración de los orígenes sociológicas que sirven de cuna y provocación a esas aberraciones.  Sin embargo, hace unos días, en este mismo periódico digital, lo ha hecho la Licenciada Soraya Lara Caba en su artículo Del niño maltratado al hombre violento. ¿La violencia se aprende?”

Al tratar el tema, la Licenciada subraya y describe, dentro de la contención del articulista, el caldo de cultivo de nuestros desordenes y tendencias agresivas. Ilustraré su enseñanza con una metáfora:

Cuando comienzan a picar los mosquitos, no basta rociar insecticida ni colgar el mosquitero. Ese insecto, delivery de plagas e infecciones, seguirá causando males; a no ser que fumiguemos ciénagas y aguas estancadas, lugar donde se reproducen.  Entender y atacar el origen del mal es lo que propone la Licenciada. Sin embargo, al terminar de leer su artículo, no me sorprendería escuchar a buen número de lectores expresarse de la siguiente manera:

¡Ah, ustedes siempre teorizando! Nadie pone orden a tanta disfunción familiar. Además, licenciada, esas consideraciones de nada sirven en un país como el nuestro. Recuerde que nuestros legisladores- no pocos orgullosos de ser agresivos- propusieron descartar las penas por maltrato infantil de padres a hijos; y excusar el sexo obligatorio dentro del matrimonio. Un típico comentario nacido de la desesperanza.

No voy a extenderme en datos y conclusiones científicas que corroboran la certera exposición de Soraya Lara; que incluye, por supuesto, el feminicidio. En realidad, lo que dice no es nuevo: otros profesionales lo han dicho, pero no con tal contundencia y precisión.  Solo quiero añadir que, contrario a lo que se piensa, la disfunción familiar que cultiva la violencia es posible disminuirla. Lograrlo depende de colocar la prevención cerca de las aguas turbias del fracaso comunitario y de las familias disfuncionales. Atacar en el lugar preciso es la clave del éxito.

Si a esas tropas policiales que rondan los barrios añadiéramos el mismo número de trabajadores sociales, sustituyéramos cuartelillos por centros comunitarios de atención psicológica primaria, y levantásemos guarderías y escuelas atentas a las señales del malestar familiar, sin duda, la violencia disminuiría.

Esa afirmación no proviene de una canción protesta, ni de ensoñaciones poéticas; es el resultado comprobado de intervenciones preventivas aplicadas, con precisión y ciencia, en el corazón de muchas comunidades a través del planeta. Si han sido exitosas en otras sociedades aquí también lo serian. Debemos saber que, a pesar de su limitado alcance, en el país existen intentos de transformación y asistencia directa en algunas comunidades. Están a cargo de verdaderos cristianos y podrían servir de modelo.

Recomiendo, a quienes se esfuerzan en someter la arraigada agresión del colectivo, leer y meditar el articulo “Del niño maltratado al hombre violento” ¿La violencia se aprende?”. Ahora, para terminar, viene como anillo al dedo un viejo y manido refrán:” Hay que cortar el mal de raíz”.  Es que, si no se hace, cualquier esfuerzo terminará convirtiéndose en la frustración de Sisifo.

Francomacorisanos: