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Siete de cada diez: la advertencia de PISA 2025

Cada publicación de PISA suele provocar una reacción previsible; la atención de la mayoría de los sectores se centra en la búsqueda de la la posición ocupada por el país el ranking internacional, comparamos nuestra puntuación con la de otros países y discutimos si avanzamos o retrocedimos. Es comprensible, pero esa lectura puede impedirnos formular la pregunta verdaderamente importante: después de aproximadamente diez años de escolaridad, ¿qué pueden realmente hacer nuestros jóvenes con lo que han aprendido?

PISA nos permite responder parcialmente esa pregunta, con los resultados del año 2025 tenemos una serie histórica de diez años que nos permiten ver el panorama educativo nacional desde una perspectiva más amplia, permitiéndonos tener una imagen compleja de la educación dominicana. No estamos ante un sistema que no haya avanzado. Tampoco ante uno cuyos progresos permitan sentirnos satisfechos. La evidencia obliga a mantener simultáneamente ambas afirmaciones: la República Dominicana ha mejorado durante la última década, pero continúa muy lejos de garantizar aprendizajes fundamentales a todos sus estudiantes.

En 2025 obtuvimos 361 puntos en ciencias, 346 en lectura y 339 en matemáticas, frente a promedios de la OCDE de 482, 461 y 463, respectivamente. Las distancias siguen siendo enormes. Pero todavía más revelador que los promedios es que 69.3 % de los estudiantes dominicanos se encuentra por debajo del Nivel 2 simultáneamente en ciencias, lectura y matemáticas, mientras en la OCDE esa proporción es 19.7 %. Estamos hablando de casi siete de cada diez jóvenes que no alcanzan simultáneamente el umbral básico en las tres áreas.

Este dato debería cambiar la naturaleza de la discusión generada por el informe PISA 2025, pues muestra que el principal problema que tenemos en materia educativa no consiste en ocupar una determinada posición internacional; consiste en que una proporción extraordinariamente elevada de nuestros jóvenes llega a los 15 años, luego de diez años mínimos de escolarización, sin haber consolidado capacidades fundamentales para comprender, razonar, utilizar información y continuar aprendiendo autónomamente.

El Informe PISA 2025 nos permite comparar el desempeño de nuestro sistema educativa en los últimos diez años; tenemos ahora datos comparables desde el año 2015, cuando se hizo la primera evaluación de PISA en el país. Si tomamos como foco de comparación el área de ciencias, por ejemplo, observamos que pasamos aproximadamente de 332 a 361 puntos: una mejora cercana a 29 en esos diez años. En matemáticas, de 328 a 339: unos once puntos. Lectura presenta la trayectoria contraria: de aproximadamente 358 a 346, unos doce puntos menos.

Estos datos, si vamos a ser rigurosos en nuestro análisis, no nos permiten decir que nada ha cambiado; de hecho en ciencias, se puede constatar que el avance ha sido considerable si tomamos en consideración que durante este período el país amplió, simultáneamente, la proporción de jóvenes de 15 años escolarizados y representados en PISA, incorporando a la escolarización poblaciones anteriormente excluidas, frecuentemente procedentes de contextos vulnerables, lo que con frecuencia ejerce presión hacia abajo sobre el promedio. La OCDE destaca a República Dominicana entre los pocos sistemas que consiguieron aumentar considerablemente la cobertura desde 2015 y mejorar simultáneamente en al menos un dominio.

Pero la trayectoria contiene una advertencia; entre 2022 y 2025, ciencias prácticamente no cambia, matemáticas tampoco y lectura disminuye aproximadamente seis puntos. Es decir, después de avanzar, hemos llegado a una meseta.

Ante esta realidad, de avance y estancamiento, la pregunta que como país nos debemos hacer no es solamente por qué tenemos resultados son tan bajos, sino por qué, después de demostrar que podíamos mejorar, hemos dejado de hacerlo.

En el escenario que los datos de estos últimos diez años que PISA nos muestra, los resultados en lectura merecen especial atención. Es la única de las tres áreas cuyo resultado de 2025 está por debajo del de 2015. Y ocurre precisamente cuando la capacidad de leer profundamente, contrastar fuentes, comprender argumentos y distinguir información fiable adquiere mayor importancia ante la sobreabundancia informativa y la inteligencia artificial generativa.

PISA ofrece resultados aparentemente favorables sobre equidad socioeconómica. Nos muestra que en materia de equidad, estar menos separados no significa necesariamente estar bien. En ciencias, la diferencia entre estudiantes dominicanos socioeconómicamente favorecidos y desfavorecidos es de aproximadamente 69 puntos, frente a 85 en la OCDE. El nivel socioeconómico explica alrededor del 10.4 % de la variación del desempeño dominicano, ligeramente menos que el 11.6 % de la OCDE. Además, 12.4 % de los estudiantes desfavorecidos son considerados académicamente resilientes.

Podríamos concluir, si nos conformamos con una mirada superficial, que tenemos un sistema relativamente equitativo. Pero sería una interpretación incompleta.

Una brecha menor puede significar que quienes estaban abajo se acercaron hacia arriba. Pero también puede coexistir con niveles generalmente bajos. Después de saber que casi siete de cada diez estudiantes dominicanos no alcanzan simultáneamente el nivel básico en las tres áreas, debemos reconocer que menor desigualdad estadística no equivale necesariamente a justicia educativa.

La verdadera equidad exige algo más que una brecha reducida; se requiere que todos alcancen aprendizajes suficientes, no necesariamente iguales, asegurándose el sistema educativo que quienes parten de condiciones más desfavorables reciban los apoyos necesarios para hacerlo.

Existe, además, una señal reciente que nos proporcionan los datos de PISA que debe mover a preocupación a todo el país. Entre 2022 y 2025 los estudiantes socioeconómicamente desfavorecidos disminuyeron aproximadamente dos puntos en ciencias, mientras los favorecidos aumentaron alrededor de trece. La brecha se amplió unos quince puntos. Aunque siga siendo menor que la de la OCDE, su dirección reciente merece atención.

Está demostrado que el origen social influye en los resultados de aprendizaje, pero las políticas públicas de equidad deben lograr que eso no se convierta en un destino inevitable; precisamente ahí comienza la responsabilidad de una educación justa.

Los datos que PISA nos ofrece también nos deberían obligar a abandonar explicaciones simples cuando observamos los resultados por sexo; los resultados presentados muestran que, materia de género, no existe un única brecha. En ciencias, las mujeres obtienen 364 puntos y los hombres 357: siete puntos a favor de ellas. En lectura, la diferencia es mucho mayor: 360 frente a 330, treinta puntos a favor de las mujeres. En matemáticas ocurre lo contrario: los hombres obtienen 342 y las mujeres 336.

No existe, por tanto, una sola brecha de género; existen problemas distintos que requieren respuestas distintas.

Los varones necesitan especial atención en lectura. La fortaleza femenina en ciencias debe consolidarse y convertirse posteriormente en oportunidades reales de formación científica y tecnológica. Y la diferencia matemática requiere comprender y remover las barreras que puedan estar limitando el desempeño y las posteriores trayectorias de las mujeres.

Es importante tener presente que, en materia de política pública, actuar con equidad consiste en identificar dónde aparece la desventaja y actuar sobre ella para disminuirla o eliminarla; no en tener preferencia por un sexo en detrimento del otro.

Aprender no es responder: es comprender

PISA 2025 permite observar también algunas disposiciones y comportamientos relacionados con el aprendizaje; los datos nos indican con claridad que aprender no es responder, es comprender. Uno resulta particularmente revelador: 16.7 % de las respuestas lectoras dominicanas fueron simultáneamente rápidas e incorrectas, frente a 8.9 % en la OCDE.

Este indicador no nos debe llevar a la conclusión de que nuestros estudiantes “no quieran pensar”, ni tampoco. atribuir causalmente el fenómeno a teléfonos, redes sociales o inteligencia artificial. Pero sí aparece una señal que merece atención: la tendencia de nuestros jòvenes a responder antes de procesar suficientemente la información.

A esto se añade que solo el 56 % de nuestros estudiantes expresa una mentalidad de crecimiento, es decir, la convicción de que tanto la inteligencia como las capacidades pueden desarrollarse mediante el esfuerzo, el aprendizaje, la práctica y el apoyo adecuado. En la OCDE esa proporción alcanza el 69.3 %. A la vez, el indicador relacionado con la comprensión de cómo se construye y valida el conocimiento científico se sitúa en -0.58, frente a una referencia de 0.00.

La combinación de ambos resultados nos debe llevar a plantearnos, de manera más profunda, que no basta con enseñar contenidos, necesitamos ayudar a los estudiantes a confiar en su capacidad para aprender y, al mismo tiempo, desarrollar hábitos intelectuales que les permitan detenerse, interpretar, relacionar, contrastar evidencias, perseverar ante la dificultad, revisar sus propias respuestas y construir significado.

Y es precisamente en este punto donde la irrupción de la inteligencia artificial adquiere una relevancia especial.

PISA 2025 muestra que 50.4 % de los estudiantes dominicanos utiliza inteligencia artificial al menos semanalmente para ayudarse a aprender, por encima del 45.5 % de la OCDE. Por tanto, ya no tiene mucho sentido preguntarnos si debemos “introducir” la IA en la educación. Estos datos muestran que, en República Dominicana la inteligencia artificial ya llegó;  los estudiantes ya la introdujeron.

La pregunta es qué vamos a hacer pedagógicamente con ella.

El problema aparece cuando observamos que el índice dominicano de capacidad escolar para utilizar dispositivos en la enseñanza es -0.79, frente a -0.03 en la OCDE. El uso estudiantil avanza más rápidamente que la capacidad institucional para orientarlo.

Hay también una señal positiva: 64.7 % de los estudiantes declara aprender en clase a evaluar información generada por IA, ligeramente por encima del 62.6 % de la OCDE. Existe, por tanto, una base sobre la cual construir.

Es importante señalar, contrario a algunas interpretaciones simplistas que han sido expuestas en algunos de los periódicos nacioonales, que PISA no demuestra que utilizar IA produzca automáticamente mejores o peores aprendizajes. La relación depende del uso. Cuando la tecnología ayuda a explorar, formular preguntas, contrastar perspectivas o recibir retroalimentación, puede ampliar capacidades. Cuando sustituye sistemáticamente procesos que el estudiante necesita realizar —leer, interpretar, redactar, argumentar— puede permitir obtener un buen producto sin haber recorrido el proceso que produce aprendizaje.

La cuestión pedagógica fundamental no es si la IA puede hacer determinada tarea. Cada día podrá hacer más. La pregunta es si conviene que la haga por el estudiante en ese momento de su aprendizaje.

La IA debería reducir dificultades innecesarias, no eliminar el esfuerzo cognitivo necesario para aprender.

En medio de esta revolución tecnológica, PISA devuelve la atención hacia una fortaleza humana del sistema dominicano; los datos muestran que, a pesar de todo, el docente si está presente. El índice de apoyo docente percibido por nuestros estudiantes es +0.68, frente a +0.03 en la OCDE, y además ha mejorado durante la década.

Este resultado es de suma importancia en el contexto dominicano donde se ha ido desarrollando una cierta cultura de culpabilidad del maestro; los datos que PISA aporta no apoyan una narrativa simplista según la cual los bajos aprendizajes se explicarían por profesores indiferentes. Los estudiantes dicen lo contrario: perciben ayuda, interés y disponibilidad.

Ante esta realidad el reto que como sociedad tenemos por delante es: ¿cómo convertir ese apoyo en mayor aprendizaje?

No podemos concluir que el apoyo docente sea ineficaz. PISA advierte que puede existir una función compensatoria: los profesores pueden ofrecer precisamente más ayuda allí donde existen mayores dificultades. Pero el resultado sí señala una oportunidad. Tenemos un activo relacional importante; necesitamos fortalecer las capacidades profesionales que permiten convertirlo en aprendizaje: conocimiento disciplinar, didáctica, evaluación formativa, retroalimentación, colaboración y juicio profesional.

Esto también cambia nuestra concepción de la formación docente. No debería medirse principalmente por cursos realizados o certificaciones obtenidas, sino por su capacidad para modificar la práctica.

Y en la era de la IA necesitaremos más, no menos, juicio profesional docente.

La fortaleza del apoyo docente contrasta con un índice de apoyo familiar de -0.46, frente a -0.19 en la OCDE. Este resultado no debe utilizarse para culpar a las familias. Acompañar educativamente requiere tiempo, escolaridad, información, recursos y condiciones que están desigualmente distribuidos. Por ejemplo, dos estudiantes pueden recibir exactamente la misma clase y disponer después de oportunidades muy diferentes para consolidar lo aprendido.

Estos datos que nos aporta PISA, no nos deben llevar a concluir, de manera simplista, la respuesta consiste simplemente en exigir “más participación familiar”; es necesario, además, que la escuela desarrolle mecanismos permanentes de comunicación, orientación y acompañamiento, y disponga de profesionales capaces de conectar familia, comunidad y servicios sociales.

No podemos esperar que el profesor sea simultáneamente maestro, trabajador social, mediador de conflictos y que de respuesta universal a todas las necesidades que llegan a la escuela.

Otra señal particularmente preocupante que los datos de PISA ponen de manifiesto es la asistencia, nos muestran que para aprender, primero hay que estar. Solo 35.7 % de los estudiantes dominicanos aparece en la categoría de no haber tenido faltas o tardanzas a la escuela, considerada frente a 66.1 % en la OCDE.

No significa que el restante porcentaje pueda clasificarse automáticamente como “ausentista”. Pero sí revela una debilidad importante en la regularidad de la asistencia.

A ello se añaden problemas de convivencia: 44.8 % aparece en el indicador de ausencia de bullying, frente a 52.5 % en la OCDE. El sentido de pertenencia también es ligeramente inferior. Sin embargo, surge una fortaleza significativa: 63.5 % de nuestros estudiantes considera que lo aprendido será útil para su vida adulta, frente a 51.4 % en la OCDE. Nuestros jóvenes todavía creen considerablemente en el valor de la escuela. Tenemos que aprovechar ese capital de confianza.

Los resultados que PISA nos ofrece en este aspecto indican que el tiempo escolar no puede tratarse como una formalidad administrativa; que cada hora de aprendizaje cuenta y que protegerla es proteger un derecho fundamental.

Al juntar todas estas piezas aparece quizás la conclusión más importante de PISA 2025: el problema finalmente es sistémico. Tenemos más escolarización, hemos progresado durante la década, los estudiantes perciben mucho apoyo docente, utilizan tecnologías avanzadas, existen recursos, evaluaciones, currículo, programas e inversión y, sin embargo, casi siete de cada diez no alcanzan simultáneamente aprendizajes básicos en las tres áreas.

Esto nos está indicando que el problema del sistema educativo dominicano no consiste simplemente en la ausencia de piezas, tenemos casi todas las necesarias; todo parece indicar que el problema central consiste en la dificultad para conseguir que las piezas funcionen juntas. Por ejemplo, podemos tener un currículo excelente, pero se torna inefectivo si la formación docente responde a otra lógica; podemos evaluar, pero si la información no modifica decisiones, acumulamos diagnósticos sin impacto en la mejora de los aprendizajjes; podemos comprar tecnología, pero sin mediación pedagógica aumentamos el uso sin garantizar aprendizaje; podemos disponer de docentes, pero sin liderazgo y colaboración no convertimos recursos humanos en capacidad institucional.

Todo esto nos lleva a un tema que ha sido recurrente en mis planteamientos en los artículos que escribo semanalmente en este periódico: cambiar no es necesariamente transformar. Transformar significa conseguir que currículo, docencia, evaluación, liderazgo, tiempo, recursos, tecnología, familia, escuela y gobernanza comiencen a operar coherentemente alrededor de un propósito común.

Ese propósito debe ser inequívoco: aprendizaje para todos. PISA 2025 no debería dejarnos ni satisfechos ni derrotados. Debería dejarnos comprometidos.

La República Dominicana ha demostrado durante la última década que puede avanzar. El próximo desafío es mucho más exigente: conseguir que estar en la escuela signifique realmente aprender; que aprender amplíe las oportunidades de cada persona; y que las circunstancias de nacimiento determinen cada vez menos las posibilidades de su futuro.

Hemos demostrado que podemos avanzar. Ahora tenemos que demostrar que podemos transformar.