En la entrega de la semana pasada decíamos: “Estamos envueltos en un clima emocionalmente tenso que necesita de políticas emocionalmente inteligentes. Ese clima de violencia no puede ser solo visto como algo criminal, es también emocional, social, cultural e institucional. Si se sigue respondiendo con parches, la violencia seguirá creciendo.
De ahí que la pregunta no es si podemos o no reducir la violencia. Lo pertinente sería preguntarse si estamos dispuestos a construir el sistema que lo haga posible a través de políticas públicas integrales, basadas en evidencias y articuladas, monitoreadas y evaluadas de manera sistemática para los correctivos de lugar en su desarrollo.
El país se encuentra emocionalmente saturado, el estrés económico, la incertidumbre laboral, como la presión cotidiana, han logrado disparar los niveles de irritabilidad y frustración, lo que explica que cuando las personas sienten que sus metas se bloquean, aumenta la probabilidad de comportamientos violentos.”
La violencia que vemos y experimentamos en el país no es solo un problema de criminalidad; es el reflejo emocional de un país que lleva años acumulando tensiones sin resolver. Cada homicidio y feminicidio, cada conflicto que termina en tragedia es un síntoma de algo más profundo: vivimos en una sociedad emocionalmente herida.
Una herida profunda que atraviesa el alma de los dominicanos al ver y vivir cotidianamente que las cuestiones más básicas siempre están pendientes: prevención y atención médica, educación, seguridad, disposición de agua potable, seguridad vial, transportación pública eficiente y un rosario de cosas necesarias para el buen vivir.
Una violencia estructural silente, impulsada y abonada por una distribución de la riqueza tan desigual, en un país que crece y crece continuamente en su producto bruto interno, pero también en la pobreza y una educación que no ofrece opciones tangibles de desarrollo humano con eficiencia y calidad.
Como tituló el director del periódico Listín Diario su editorial de este domingo pasado somos “Un país de muchas ventanas rotas”, dejando muy claro que “la gran tragedia nacional no es un fenómeno inevitable, ni una maldición bíblica. Es la consecuencia directa de años de permisividad, falta de articulación institucional y una peligrosa costumbre de evadir responsabilidades…”, entre otras cosas.
De esa manera, los datos que la prensa publica nos ofrece cada semana no son otra cosa que señales de que algo falla en nuestra convivencia, en nuestras instituciones y en nuestra cultura emocional. No es posible continuar acumulando estadísticas que solo nos “acostumbran” a una forma de vida que niega la dignidad y la convivencia humana.
La violencia en nuestras calles y barrios, en nuestros hogares y escuelas, dejó de ser un evento extraordinario. Se ha hecho rutina. Lenguaje. Manera de resolver nuestras diferencias y conflictos. Al normalizarse la agresión, la violencia deja de ser un problema individual, convirtiéndose en un fenómeno cultural y social.
No es casualidad que un roce de carros, el uso de un parqueo que corresponde a otra persona, que una diferencia de opinión termine en tragedia. Eso no es casualidad. En nuestra cultura se premia la fuerza, la dureza, la respuesta impulsiva como signos de respeto. Incluso, se escucha en ciertos círculos femeninos, el “aprecio por su tigre”.
Mientras la masculinidad violenta, no exclusivamente de y en los hombres, siga siendo un guion dominante, la violencia de género seguirá creciendo, multiplicándose, reproduciéndose.
¿Contar con policías, operativos y cámaras reducirá la violencia? Lo que el país necesita es un Estado que le ponga atención y prioridad a la salud mental, al trauma, la regulación emocional y la convivencia. Es que la violencia dominicana es también el resultado de un Estado que no ha asumido la salud emocional como política pública.
Aunque los medios “cumplen con su función de informar”, cada noticia violenta también alimenta el clima emocional donde el miedo, la ansiedad y la desesperanza se vuelven parte de lo cotidiano. No es su culpa, pero sí tiene que poner atención y cuidado cómo informar los hechos violentos. El cadáver “no pierde dignidad humana”.
El Estado, de manera general, y los organismos especializados, en particular, tienen la responsabilidad de crear las condiciones para que la violencia deje de ser noticia diaria, al través de políticas públicas integradas, despojadas de la cultura política nepotista, patrimonial y oportunista que impera en la administración de la cosa pública.
Cuando la educación y la salud mental sean una verdadera prioridad, la masculinidad violenta pierda prestigio, las instituciones recuperen o lleguen a crear confianza en la población, la prevención sea una política de Estado real, y cuando el país decida sanar, entonces y, solo entonces, la violencia irá menguando.
La violencia es el síntoma. La salud emocional es la cura. Y el momento de actuar es ahora.




















