Pocas veces se ha presentado en esta parte del mundo, un proceso electoral en el que la polarización/opción izquierda-derecha sea tan nítida. En el que las posibilidades de triunfo de una o la otra sean tan claras. Quizás sea una palmaria demostración que, en el fondo y de otras formas, el enfrentamiento entre esas dos opciones ha estado presente en la sociedad colombiana desde hace décadas y en última instancia han determinado que, siendo Colombia un país de extraordinario potencial, se mantenga con tantos lastres sociales y políticos. En ese sentido, el desenlace de esta coyuntura electoral es vital. Será una lucha entre un candidato que profundizaría un proceso que tiende a aprovechar ese potencial y otro que lo de sumiría en un caos que profundizaría esos lastres.
Contrario a los pronósticos de las encuestas que pronosticaban que el izquierdista Iván Cepeda ganaría la primera vuelta, este fue superado por un grotesco ultraderechista. Hay serios indicios de acciones fraudulentas que contribuirían a ese triunfo, entre otros, las diferencias entre los registros de votantes y de mesas inicialmente validadas y las cantidades, tanto de sufragantes como de mesas posteriormente registradas. No puede demostrarse que esas diferencias se expresaron en votos favorables a la derecha, pero su registro tendería a favorecerla objetiva y subjetivamente a esa fuerza. En tanto sumatoria, falsa o no, de los votos obtenidos la candidata del ultraderechista Uribe y de Abelardo della Espriella alcanzan el 50%, frente al 41% de Cepeda.
Pero, lo objetivo es que, con ese significativo registro la ultraderecha inicia su camino a la segunda vuelta. A eso hay que agregar que posee una fuerte estructura digital para difundir su mensaje simplista, basado en las mentiras y el miedo. Un medio abominable, pero efectivo, que usado por la ultraderecha en todo el mundo. Además, tiene la ayuda material y subjetiva de la internacional de derecha que encabeza Trump. La sumatoria de ese 50% no se expresarán mecánicamente en la segunda vuelta, pero es innegable que el pensamiento conservador y ultraderechista está profundamente radicado en la sociedad colombiana y las acciones de algunos grupos que se venden como izquierda contribuyen a fortalecer ese pensamiento.
En situaciones de extrema polarización, un sector importante de la población no expresa públicamente sus preferencias, sobre todo aquellos inclinados hacia las posiciones conservadoras, es una circunstancia difícilmente registrada en las encuestas y no fácilmente interpretada en las lecturas de éstas. También, en esas situaciones se producen inesperados y drásticos cambios en la intención y expresión objetiva del voto en significativo segmento de la población. La polarización agudiza el llamado voto útil: votar por quien se percibe como probable o muy probable ganador, en este caso lo demuestra el desplome de la candidatura de la uribista Paloma Valencia su intención de votos se materializó en el caladero de la Espriella. Este amplificaba y radicalizaba el discurso de aquella. No fue una casualidad.
Estos factores estarían explicando este sorpresivo resultado. Ahora viene la lucha por captar los abstencionistas. El candidato de la derecha insiste en su discurso ramplón y simplista basado en el miedo, la mentira, la captación del voto a través de la emotividad y la manipulación que es la forma en que se manejan los populistas que venden quimeras que, como tal, una vez en el poder se demuestra vacuidad. Pero funcionan en los momentos electorales. Nada subestímale. De su parte, Cepeda es el candidato de una izquierda que ha sabido comunicarse con el país real, lo demuestra su alta votación en esta primera vuelta y el hecho concreto de que la población votó por el gobierno que hoy tiene, el cual ha logrado importantes conquistas sociales.
Pero tiene ante sí un contexto internacional que le desfavorece, y un sector que se dice de izquierda que le ha hecho mucho daño a un gobierno reamente de izquierda: las llamadas guerrillas irredentas que mantienen prácticas esencialmente criminales, como las califica Petro. Tiene también unas referencias de gobiernos que, llamándose de izquierda constituyen un pesado fardo. Un lastre que no sólo afectan a Cepeda, sino a toda la izquierda del continente. En ese sentido, más que un discurso, tiene que elaborar un relato coherente sobre de donde viene y qué se propone. Difícil, pero necesario. Imprescindible. Dice que quiere hacer un gobierno en un sistema “capitalista, pero equitativo”, un atisbo de relato hasta ahora no registrado en la izquierda, ni necesariamente único, que sería bien desarrollar su esencia y matices.
Como acción política concreta, debe buscar el voto de los diversos sectores, muchos de ellos, no de izquierda pero que rechazan las posiciones cerriles de una derecha acostumbrada a recurrir a las peores artes para mantener sus privilegios. Debe, además, ser capaz no sólo de lograr acuerdos, sino de honrarlos si obtiene el poder. Y es que el desenlace de la presente encrucijada electoral en Colombia es clave para la izquierda en sentido general, una coyuntura que demuestra una vez más la complejidad del mundo actual. Allí, como en otros lugares, con un discurso simplón, ramplón, estridente y basado en burdas mentiras, un candidato tiene éxito, mientras que en otros sitios algunos lo logran sin discurso ni propuestas.























