La revolución rusa de octubre de 1917 parió el modelo histórico. La república de los consejos de obreros y campesinos: los soviets. Fue una organización estatal totalmente nueva. Ni siquiera la Comuna de París de 1871 se le acercó. Los trabajadores de Petrogrado, hoy San Petersburgo, crearon unos «consejos» de fábrica que se fueron federando y crearon el Soviet Supremo de Petrogrado en el año 1905. Doce años antes que los soviets de 1917. En lugar de la representación indirecta de los parlamentos o congresos, los soviets obtienen su legitimidad desde la fábrica, el campo, el centro de trabajo o la unidad militar.
Esta organización surge como producto de las crisis creadas por grandes conflictos militares. Primero por la guerra ruso-japonesa de 1905 y después por la Primera Guerra Mundial de 1914-1918. En tiempos de «paz» y normalidad parlamentaria o autocrática es difícil pensar en una organización así. Es como los comandos constitucionalistas en la guerra civil dominicana de 1965. Ante el colapso del Estado monárquico, republicano o burgués en cualquiera de sus formas, surgen estas estructuras nuevas y alternativas.
El triunfo de la revolución rusa de 1917 dio paso a una terrible guerra civil entre los partidarios del antiguo régimen y las fuerzas de la revolución. Catorce países invadieron el inmenso territorio ruso para aplastar el recién formado Estado bolchevique. El Ejército Rojo surgió de la nada, con el liderazgo de uno de los grandes dirigentes de la toma del poder, Lev Davidovich Bronstein, alias León Trotski, que también fue el presidente del primer soviet de Petrogrado en 1905 y del segundo soviet de «todas las Rusias» en 1917. Reino Unido, que nunca falta, Francia, Estados Unidos, Italia, Grecia, Canadá, Australia y Japón. Alemania y el Imperio austrohúngaro, Polonia, Finlandia, Turquía y Rumanía invadieron por todos los puntos cardinales al antiguo imperio de los zares. ¿Alguna coincidencia con la situación actual?
La guerra civil costó millones de vidas, hambruna y destrucción. Según las fuentes, las cifras van de 7 a 12 millones de muertos, entre muertos en batallas, hambrunas, ejecutados en represiones, víctimas civiles y epidemias. Al finalizar la guerra civil y asegurado el triunfo del recién formado Ejército Rojo, que pasó de pequeños regimientos de guardias revolucionarios a un ejército de más de 5 millones de soldados, se creó el 30 de diciembre de 1922 la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Según el eminente historiador británico Eric Hobsbawm, el siglo XX fue un «corto siglo XX», que existió de 1914, con el estallido de la guerra mundial, hasta 1991, con la disolución de la URSS, también en diciembre de ese año. La construcción de la Unión Soviética pasó por un periodo revolucionario de transformaciones profundas en todos los órdenes: político, social, cultural, militar, tecnológico, productivo, educativo y de infraestructuras, hasta la degeneración del Estado en una maquinaria totalitaria que negaba los más elementales derechos democráticos a la inmensa población de las 15 repúblicas soviéticas. En la Constitución original se garantizó incluso el derecho a la separación de la Unión de las repúblicas que así lo decidieran. Fue el primer Estado del mundo en reconocer la igualdad plena de hombres y mujeres. El primer Estado en legalizar el aborto, la eutanasia, la pluralidad y la construcción de la felicidad como fin supremo de los humanos.
Sin embargo, a partir de fines de los años 20 e inicio de los años 30 comenzó un giro autoritario, dictatorial y burocrático que enterró la gran mayoría de esas conquistas. De las necesidades imperiosas de la guerra civil y el «terror rojo» se pasó a considerar esas condiciones excepcionales como norma del socialismo y el comunismo. Como dijo Lenin, «no hay nada más permanente que las medidas provisionales». La colectivización forzada de tierras produjo una masacre de campesinos sin comparación en la historia. En el territorio de Ucrania se le llamó el Holodomor, que, según historiadores, produjo unos 4 millones de muertos por hambre. En toda la URSS la colectivización forzada produjo entre 7 y 11 millones de muertes. Y lo peor estaba por venir en los años 40. Stalin, dictador absoluto y sanguinario, que ejecutó al 80 % del Comité Central del Partido Bolchevique que condujo la revolución de 1917, impuso un régimen de terror y represión, nada que ver con los ideales marxistas o leninistas de la sociedad de transición. Desgraciadamente, la prevalencia del «modelo» estalinista, de políticas sobre las nacionalidades, de democracia interna en el partido o en la sociedad, incluso del arte, creó un espantapájaros en el mundo que desfiguró el comunismo, el socialismo o el Estado de transición.
La locura de Stalin llegó a un punto en que confió en un pacto con Hitler en 1939, el llamado «Pacto Molotov-Ribbentrop», por los nombres de los ministros de Asuntos Exteriores de ambos Estados, la URSS y la Alemania nazi, que «aseguró» la neutralidad de ambos en la guerra por venir y la repartición del territorio de Polonia entre Alemania y la URSS en 1939. Sin embargo, en tan solo 20 años, la Unión Soviética, aislada del mundo, logró algo impensable: transformar un país feudal y destruido por la guerra mundial y la posterior guerra civil en un país industrializado, electrificado y con una capacidad militar muy enorme. Además, aun confiando en su pacto con Hitler, Stalin acató una recomendación del alto mando militar que permitió preservar la capacidad militar después de iniciada la guerra de agresión alemana: el traslado de la mayoría de la industria pesada y la industria militar al lado asiático de la cordillera de los montes Urales, que actúan como un muro infranqueable entre la Rusia europea y la Rusia asiática.
Al momento de la invasión nazi a la URSS en el verano de 1941, las fuerzas hitlerianas llegaban a avanzar hasta 100 kilómetros en un día. El país de los soviets estuvo a punto de ser destruido por las fuerzas fascistas de Hitler, dada la irresponsabilidad de Stalin, que además había ejecutado al alto mando del Ejército Rojo. Millones de soviéticos fueron eliminados innecesariamente. El costo fue elevadísimo, que, según los historiadores, varía entre 27 y 30 millones de ciudadanos rusos, ucranianos, bielorrusos, kazajos, bálticos, finlandeses y muchos otros más. Por eso no es aventurado decir que la derrota del nazismo y de la Alemania nazi se debió mayormente a los sacrificios y la lucha de los pueblos soviéticos, a pesar de Stalin.
El Ejército Rojo contraatacó en diciembre de 1941 en Moscú, en diciembre de 1942 en Stalingrado, a orillas del río Volga, y en mayo de 1945 ya estaba entrando en Berlín y haciendo añicos la maquinaria nazi. Ese avance soviético se debió fundamentalmente a los enormes sacrificios de los pueblos de la URSS, a la decisión estratégica de trasladar la industria pesada y militar del otro lado de los Urales y a la genialidad del mariscal Gregory Zhukov, el héroe de Stalingrado, Moscú, Kursk, Leningrado y Berlín, entre otras. De un país aislado, a pesar de su tamaño, con 11 husos horarios desde Vladivostok, frente a Japón, hasta Leningrado, en el mar Báltico, la URSS pasó a controlar todos los países y territorios de Europa del Este conquistados en la medida en que Alemania se retiraba.
La URSS no aceptó el Plan Marshall de EE. UU. para reconstruir los países europeos y ganar influencia política y tecnológica. La economía soviética se reconstruyó sin asistencia externa con los planes quinquenales de 1945 a 1950 y así en adelante. El avance científico y tecnológico fue exponencial. Fue el tercer país más poblado del mundo, solo por detrás de China y la India. Fue pionero en la conquista espacial, lanzando los primeros satélites y naves tripuladas. En medicina tomó la iniciativa más audaz de la historia: terminar con la viruela a nivel mundial, que mató, según los expertos, a unos 500 millones de humanos en 3000 años y unos 300 millones solo en el siglo XX. En la energía generalizó el uso de la electricidad no solo en la URSS, sino en muchos países pobres, como Egipto, al que asistió para construir la gran presa de Asuán. Encabezó el apoyo a los países coloniales y neocoloniales para alcanzar su independencia tanto en Asia como en África y Oceanía. Pero, sobre todo, representó una alternativa al dominio imperialista de EE. UU. y los países europeos. Todo eso se colapsó en diciembre de 1991. ¿Qué pasó? ¿Por qué colapsó la URSS como un castillo de naipes sin disparar un solo tiro? Esas preguntas debemos abordarlas en otro artículo.
Pero la pregunta del título de este es: ¿Y si la URSS aún existiera? ¿Cómo sería el mundo actual? ¿Podría un poder unipolar dominarlo todo? Entendemos que la deriva demencial del mundo de hoy, los extremismos fascistas crecientes, no podrían existir. Por eso, a pesar de lo alejado que está el presidente de Rusia, coincidimos en su apreciación de que «el mayor desastre geopolítico del siglo XX fue la disolución de la URSS». Si la Unión Soviética existiera habría un contrapeso al mundo capitalista. Gracias a la URSS pudo preservarse la revolución cubana, la derrota del apartheid en África del Sur, la independencia de Angola, Mozambique y Argelia. El genocidio sionista en Palestina no habría sido la orgía de sangre que ha sido últimamente. El neoliberalismo no habría triunfado de la forma que lo ha hecho desde 1989.