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La estrategia de coerción a Cuba

Durante más de seis décadas, el embargo, las sanciones y ahora en progreso un bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos a Cuba se ha erigido como el epítome de la coerción económica prolongada. Su objetivo estratégico fundamental—debilitar hasta el colapso el proyecto socialista en la isla—ha generado un perjuicio humano y económico profundo. Sin embargo, su resultado más evidente es su propio fracaso: Cuba, pese a las enormes dificultades, sigue intacta como nación soberana con su sistema político.

Este patrón de sanciones maximalistas no es único. En el siglo XXI, la Revolución Bolivariana en Venezuela ha sido objeto de un amplio arsenal de sanciones financieras y embargos sectoriales por parte de Estados Unidos y aliados, con el objetivo declarado de provocar un “cambio de gobierno”. Al igual que con Cuba, estas medidas han sido propiciadas principalmente por el gobierno de Estados Unidos, secundado en ocasiones por la Unión Europea y otros aliados occidentales. El paralelismo es claro: ambas políticas buscan, a través de la asfixia económica, generar tal malestar interno que derive en un cambio político forzado desde el exterior.

Las semejanzas son notorias. Primero, en el daño humanitario: tanto en Cuba como en Venezuela, las sanciones han exacerbado escaseces de medicamentos, alimentos y repuestos, afectando directamente el nivel de vida de la población civil. Segundo, en la retórica estratégica: en ambos casos se justifican como herramientas para «restaurar la democracia», pero operan como castigos colectivos. Tercero, en el rechazo internacional: ambas políticas han sido rechazadas de forma mayoritaria en la Asamblea General de la ONU, al considerarse violatorias del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas.

Este guion se ha repetido, con variantes, contra otros procesos soberanistas o alineamientos geopolíticos disidentes, como los de Nicaragua o Siria, siempre con Washington como principal arquitecto. El resultado estratégico, no obstante, sigue siendo esquivo. Lejos de lograr una rendición, estas políticas de presión extrema suelen fortalecer la narrativa oficial de resistencia, consolidar alianzas internacionales alternativas (con China, Rusia o Irán) y fosilizar los conflictos.

El bloqueo a Cuba es el caso paradigmático de un fracaso de seis décadas. Demuestra que la coerción económica, por severa que sea, no es un sustituto eficaz de la diplomacia y el respeto a la autodeterminación. Su principal legado es el sufrimiento humano innecesario y el endurecimiento de las posiciones, no el cambio político que proclama buscar. Cuba, Venezuela y otros demuestran que, aunque estas políticas logran dañar, rara vez doblegan, dejando al descubierto el rotundo fracaso de una estrategia basada en el castigo colectivo.