La CIA sabía en enero de 1970 lo que el MPD haría en marzo, y sus ecos llegaron hasta Italia antes del caso Moro

No fue una sorpresa. No fue un acto improvisado. No fue un relámpago nacido en la noche de una conspiración apresurada. El plan del secuestro del agregado aéreo de los Estados Unidos en Santo Domingo, en marzo de 1970, había sido detectado —con una claridad que hoy estremece— dos meses antes, en los circuitos silenciosos de la inteligencia de Washington.

El documento existe. Está publicado en la serie oficial Foreign Relations of the United States del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Lleva la fecha del 17 de enero de 1970. Y en él, la Central Intelligence Agency informa que el Movimiento Popular Dominicano secuestraría a un funcionario de la embajada estadounidense si no era liberado su secretario general, Maximiliano Gómez Horacio. No era una conjetura vaga. Era una advertencia precisa, con lógica política definida: tomar un rehén como garantía.

Maximiliano Gómez, “El Moreno”, (Fuente externa).

Ese lenguaje —seco, administrativo, casi impersonal— no interpreta ni dramatiza. Registra. Anticipa. Y en esa anticipación se abre la grieta por donde se cuela la historia verdadera: alguien sabía lo que iba a ocurrir.

Dos meses después, el 24 de marzo de 1970, el agregado aéreo Donald J. Crowley fue secuestrado en Santo Domingo. El mismo archivo oficial estadounidense lo consigna sin rodeos: el secuestro fue «presumiblemente» obra del MPD. Esa palabra, tan prudente en la diplomacia, no es duda: es protocolo.

A partir de ahí, el lenguaje cambia. El embajador de los Estados Unidos presiona al presidente Joaquín Balaguer para que negocie. No como gesto político, sino como necesidad urgente. Y al mismo tiempo advierte un peligro distinto, más profundo: sectores de las fuerzas armadas dominicanas se oponen a cualquier concesión. Es decir, la tensión no era solo entre Estado e insurgencia, sino dentro del propio Estado.

Pero el núcleo del problema está antes. Está en enero. Está en la anticipación.

¿Cómo sabía la CIA lo que iba a ocurrir?

La pregunta no admite respuestas cómodas. En el mundo de la Guerra Fría, y particularmente en la República Dominicana de finales de los años sesenta, la inteligencia no era una abstracción: era una práctica cotidiana. Vigilancia, interceptación, informantes, infiltración. El lenguaje técnico oculta el hecho esencial: los movimientos revolucionarios eran observados desde dentro y desde fuera.

El MPD, nacido en el exilio y rehecho en la violencia de la posguerra de 1965, no era impermeable. Sus redes, sus contactos, sus operaciones, abrían fisuras inevitables. No es necesario probar la existencia de un agente específico para comprender lo esencial: la información que llegó a Washington tenía una precisión que no se obtiene por intuición. Alguien habló. O alguien fue escuchado. O alguien fue observado en el momento exacto en que la historia comenzaba a escribirse.

El secuestro de Crowley no fue solo una acción insurgente. Fue también un episodio de una guerra invisible, donde cada paso era seguido por ojos que no aparecían en escena.

Y luego vino lo que casi nunca se conecta —pero que forma parte de la misma trama.

Italia y el secuestro y asesinato de Aldo Moro

Aldo Moro

Tras la intensificación de la represión, la fragmentación del MPD y la persecución que siguió a sus acciones, varios de sus cuadros se dispersaron por el continente europeo. Algunos de ellos llegaron a Italia. Allí, en un país que comenzaba a entrar en la penumbra de los años de plomo, fueron detenidos, vigilados, señalados. No eran protagonistas de la historia italiana, pero habían entrado en su periferia peligrosa.

Décadas después, los documentos de la Commissione parlamentare d’inchiesta sul terrorismo in Italia revelarían que un dominicano, identificado como Miguel Santana Reyes, era considerado por los servicios italianos un fuoriuscito —un exiliado político— vinculado a una célula subversiva sudamericana activa en Roma. No se trataba de un militante cualquiera. Era un nombre dentro de un mapa de inteligencia.

No hay prueba documental de que esos dominicanos fueran miembros orgánicos de las Brigadas Rojas. Pero tampoco hay duda de que fueron observados dentro del mismo universo clandestino donde esas organizaciones se movían.

Años más tarde, en 1978, las Brigadas Rojas secuestrarían y asesinarían a Aldo Moro, en uno de los episodios más dramáticos de la historia europea contemporánea. Para entonces, la red de sospechas, contactos y vigilancias que había comenzado en los años anteriores ya estaba plenamente desarrollada.

¿Hubo transmisión de experiencias? ¿Intercambio de métodos? ¿Simple coincidencia de trayectorias en un mismo espacio histórico? La historia no siempre responde de manera definitiva. Pero sugiere. Insinúa. Deja huellas.

El cadáver de Aldo Moro

Juan Bosch y el MPD

Y en este punto es necesario añadir una pieza fundamental del contexto político dominicano que no puede omitirse: Juan Bosch, al frente del Partido Revolucionario Dominicano, rechazó establecer alianzas con el MPD precisamente por la deriva violenta y las prácticas que él consideraba incompatibles con una estrategia democrática. Ese rechazo no fue retórico, fue político y ético, y marcó una línea divisoria dentro de la oposición dominicana de la época.

Brigadas Rojas

Y mientras tanto, en Italia, la historia tomó su propio curso. Los delitos de terrorismo vinculados a las Brigadas Rojas no quedaron enterrados en los años de plomo: hasta el día de hoy, el Estado italiano los persigue y sanciona con severidad, como parte de una memoria judicial que nunca se cerró completamente. En ese país, el terrorismo no es solo un episodio del pasado: es un delito permanente en la conciencia del Estado.

Y en este caso, las huellas son claras: un grupo revolucionario caribeño, una advertencia de inteligencia en Washington, un secuestro en Santo Domingo, una dispersión hacia Europa, detenciones en Italia, y, al fondo, el eco lejano de una violencia política que alcanzaría su punto más trágico con el caso Moro.

La historia, en su núcleo, permanece intacta: en enero de 1970, alguien sabía. Y ese conocimiento quedó fijado en un cable breve, casi insignificante en apariencia, que hoy ilumina una trama mucho más amplia.

Las revoluciones no solo se enfrentan a sus enemigos visibles. Conviven, muchas veces sin saberlo, con los ojos que las observan.

Y a veces, esos ojos ven demasiado.

Fuentes:

Francomacorisanos: