Hay una pregunta que deberíamos hacernos con más frecuencia, ¿cuántas personas tienen que romperse por dentro antes de que entendamos que la salud mental no puede seguir siendo un asunto secundario?
En República Dominicana somos alrededor de 11 millones de habitantes y contamos con alrededor de 300 psiquiatras para atender la salud mental de todos. No son números para mirar de pasada. Son una advertencia.
Mientras tanto, seguimos escuchando que ir al psicólogo o al psiquiatra, es para gente que está loca, que buscar ayuda es una señal de debilidad o que los problemas emocionales se resuelven poniendo de nuestra parte, disciplinando hasta el alma o imponiendo reglas como si fuera una dictadura, a chancletazo limpio. Como si la voluntad fuera suficiente para salir de una depresión, controlar una crisis de ansiedad o aprender a vivir con heridas que llevamos años escondiendo.
Nos enseñaron a ir al médico cuando nos duele el cuerpo, pero no siempre a reconocer cuándo nos duele la vida. Y justo ahí comienza parte del problema.
Necesitamos formar más psiquiatras, ampliar las plazas de residencia, fortalecer los servicios públicos y garantizar que la atención psicológica y psiquiátrica sea accesible, oportuna, cubierta y continua. No basta con reconocer que existe un déficit; hay que crear las condiciones para cerrarlo. Porque un profesional que no tenemos es una posibilidad de atención que alguien podría estar esperando.
Pero también necesitamos librar otra batalla, la cultural, la que heredamos de gente que afirma con mucha seguridad, que quizás con incrementar las sesiones de sexo en la vida adulta, podemos ser más felices. Siendo yo bastante condescendiente con las formas de afirmarlo.
Hay personas que llevan años funcionando en automático, sosteniendo familias, cumpliendo horarios, sonriendo en fotografías y respondiendo «estoy bien» mientras libran batallas que nadie conoce. Otras ni siquiera saben ponerle nombre a lo que sienten. Y muchas tienen miedo de pedir ayuda porque les preocupa más el juicio ajeno que su propio sufrimiento.
Ir a terapia no significa que estés roto. Significa que estás dispuesto a entenderte, a cuestionar lo aprendido y a trabajar en aquello que te hace daño. Sanar no es borrar el pasado ni resolverlo todo en unas cuantas sesiones. Es aprender a relacionarnos de otra manera con nuestras emociones, nuestras experiencias y las personas que nos rodean.
También es importante entender que psicología y psiquiatría no son lo mismo, aunque pueden complementarse. No todo malestar requiere medicación, pero tampoco debemos convertir el rechazo a los medicamentos en otra forma de estigmatización.
La salud mental necesita presupuesto, políticas públicas, profesionales preparados y servicios cercanos. Pero también necesita familias que escuchen sin juzgar, escuelas que identifiquen señales de alerta y una sociedad que deje de confundir el sufrimiento con falta de carácter.
No podemos seguir normalizando que la gente sobreviva emocionalmente cuando merece vivir con bienestar.
Quizás la pregunta no sea por qué tantas personas necesitan ayuda, sino por qué hemos tardado tanto en aprender a pedirla, ofrecerla y garantizarla.