El Ministerio de Cultura de la República Dominicana ha tenido ministros malos, malísimos y hasta peores. Salvo las luces de José Rafael Lantigua y los rayos de luces de José Antonio Rodríguez, podríamos decir que, en conjunto, ha sido un barco que nunca ha arrancado del puerto, porque en muchos casos ni siquiera a barco llega.
Lo peor le ha llegado ahora con Roberto Ángeles Salcedo. A Cultura, Robertico llegó porque la gran piñata todavía no estaba preparada. El día que tomó posesión se le vio con la cara de un mecánico que no ha dormido bien y tiene que meterse en las esferas infrahumanas de un tractor.
Gran maestro de la chapucería cinematográfica, maestro en el arte de hacernos reír a costa de los negros, los pobres y algunos discapacitados, Robertico lo primero que hizo a su llegada a Cultura fue celebrarle un cumpleaños a su viceministro, el poeta Pastor de Moya. Luego de ahí, Robertico no pudo ayudar a soplar vela alguna. Su gestión ha sido el aparataje: ir a llevar instrumentos musicales increíbles a la frontera, mostrando un rostro de «yo no fui» y salven al soldado Ryan.
La última boutade de Robertico ha sido informar que el gagá no es expresión dominicana auténtica, que al parecer lo nacional auténtico es aquello que no tiene grandes rastros de africanía, etc. Es decir, que hay que tirar a la basura todos los libros e investigaciones de June Rosenberg, Fradique Lizardo, Martha Ellen Davis, Dagoberto Tejada y los discos del Smithsonian, porque el gagá suena demasiado a haitiano, cuando no cuasi diabólico; pues sí, que recordemos que Cristo viene, que los tiempos han llegado y Robertico cargando la cruz, gracias. ¿Y qué dirá Carlos Andújar sobre semejante declaración? A Dago no lo consultaremos, porque ya nuestro adorado maestro estará cansado, y sabremos que sí, que el gagá es tan dominicano como el Pico Duarte, pésele lo que le pese a los nuevos culturosos poligonales.
Pues bien: Robertico es una de nuestras vergüenzas nacionales. Sí: un ministro joven que pudo corporizar lo más amplio de nuestros valores, pontificando sobre algo de lo que no sabe ni comprende, y lo peor: subrayando esa cultura del desconocimiento y el desprecio que ahora se ha vuelto tan útil a ese pensamiento cavernario que vemos por todas partes.
Pero con y sin Robertico, sabremos que esa greña verde es la ambición, como diría Luis Terror Días.
Porque también seremos y somos eso: negrería, pelo horrible, nariz frononó, todo eso que seguramente la IA podría limpiar un chin, aunque el calorazo nadie nos lo quite.