Para una democracia ser considerada auténtica, más allá de la celebración periódica de elecciones, debe garantizar el cumplimiento de libertades, controles y participación efectiva. Además, se requiere que descanse en el respeto al Estado de derecho, la separación de poderes, las elecciones libres y competitivas, la vigencia de derechos fundamentales y la existencia de una opinión pública plural e informada.
El destacado filósofo alemán Jürgen Habermas, que acaba de fallecer, dijo: «Solo pueden pretender validez aquellas normas que pudieran contar con el asentimiento de todos los afectados como participantes en un discurso práctico racional». En ese sentido, agregó como requisito para la democracia el cumplimiento de un proceso de formación de la voluntad política a través del diálogo racional en la esfera pública, conocido como democracia deliberativa.
Habermas sostiene que la democracia se fundamenta en que las decisiones políticas son legítimas cuando surgen de procesos de deliberación libre, inclusiva y racional entre ciudadanos iguales. Es decir, no basta con votar; es necesario que exista un espacio público donde las personas puedan debatir, argumentar y llegar a consensos sin coerción. Este es su concepto de acción comunicativa, según el cual los individuos interactúan buscando entendimiento mutuo, y no simplemente imponer sus intereses.
De su lado, el politólogo italiano Giovanni Sartori también advertía que la democracia no se agota en el acto electoral, sino que implica condiciones que aseguren la competencia real por el poder y la capacidad de los ciudadanos para incidir en las decisiones públicas. Sin estos elementos, las democracias se vacían de contenido y derivan en formas híbridas o meramente formales.
En La democracia en 30 lecciones Sartori sostiene lo siguiente: «Las elecciones son una condición necesaria, pero no suficiente, de democracia. Entre otras cosas, un partido dictatorial o teocrático que gana unas elecciones no instaura una democracia: se sirve de ella para destruirla».
A propósito de lo anterior, en estos tiempos, tanto en América Latina como en los Estados Unidos, diversos indicadores muestran un preocupante debilitamiento democrático. En Latinoamérica el retroceso institucional se manifiesta en la erosión de la independencia judicial, el debilitamiento de los organismos electorales y el uso del poder para restringir la oposición política. Muchos de estos países, que antes mostraban avances sostenidos, hoy enfrentan crisis de legitimidad, polarización extrema y desconfianza ciudadana.
Por su parte, los Estados Unidos, tradicional referente democrático, han experimentado tensiones significativas en los últimos años. La polarización política, los cuestionamientos a la integridad de los procesos electorales y los episodios de confrontación institucional han sorprendido al mundo, reflejando que ninguna democracia está exenta de riesgos.
En contraste, la República Dominicana ha mostrado señales de consolidación democrática en los últimos años, principalmente durante la gestión del presidente Luis Abinader. Este período ha estado marcado por esfuerzos orientados al fortalecimiento institucional, la transparencia en la gestión pública y el respeto a las reglas del juego democrático.
Igualmente, importante ha sido el respeto a la libertad de prensa, que lidera en el continente americano, y la ampliación de los espacios de participación ciudadana. En una región donde el control de la información y la persecución a la disidencia se han convertido en prácticas recurrentes, el caso dominicano destaca por mantener un clima de pluralismo, alternancia y debate abierto.