«Un partido fuerte no se construye solo en los momentos de campaña. Se construye todos los días, junto al pueblo». -Carolina Mejía.
El PRM, como fuerza política, ha cumplido roles específicos en la concatenación de políticas públicas que establezcan a través del liderazgo que encarna Luis Abinader en el mando del Ejecutivo, vías para la ejecución presupuestaria cimentadas en un conjunto de acciones que ponga como centro «Primero la gente». Sin detenernos a realizar argumentos hartos conocidos, sobre las ejecutorias de un gobierno que le ha tocado dirigir nuestros destinos entre pandemia, guerras y crisis geopolíticas.
Un partido formado y forjado por gente, que abogó por el establecimiento de un modelo interno fundamentado en la democracia y la inclusión de la militancia en la toma de decisiones, sin que esto implique la desaparición de la autoridad de quienes dirigen las altas instancias. Es un partido disciplinado y resistente. Con una base social pluralista, capaz de armonizar conflictos sin la necesidad de romper el puente que unió al conjunto con miras a la preservación del interés común y el ideario de Peña Gómez.
Hay allí, hombres y mujeres de gran valía, con un capital social y político invaluable, cuyo papel a veces ignorado, decide la suerte de una institución que, a pesar de su corta edad, carga el peso de los errores de un pasado oprobioso. Un pasado amargo y triste, resultado de entregar a un desquiciado la dirección del viejo partido y con ello, la ruina de una familia que debió sobrevivir expiando sus culpas en el viacrucis que los llevó hacia la construcción del poder «con otro rostro y otro nombre diferente, y otro cuerpo» como dice Alejandro Sanz.
Razones les sobran a los perremeístas para evaluar y verificar el comportamiento sistemático de quienes buscan sustituir al hoy presidente de la República a partir del 2028 en la dirección del Estado. Les toca recordar quiénes, cuándo, cómo, qué y por qué debieron abandonar el viejo hogar y crear con sangre y sudor un espacio que les permitiera sobrevivir a pesar de las inclemencias del sistema político que imperaba en aquellos días.
Volver sobre sus pasos para reencontrarse con aquellos que no vacilaron a la hora de elegir el bien colectivo sobre sus beneficios personales. Una tarea ineludible para los que buscan ser parte de la transformación del aparato público desde las ideas políticas y el compromiso partidario. Deben, y es una obligación, medir en su conjunto no solo el desempeño público del relevo perremeísta, sino que es un acto de justicia observar el trato que se le ha dispensado a la militancia desde los cargos internos y los puestos del gobierno.
Las redes sociales han convertido la información en un mecanismo de distracción permanente, logrando eliminar aspectos históricos trascendentales, cruciales, para el desarrollo de pueblos e instituciones. Los experredeístas no escapan a esa realidad latente que desvirtúa el hoy y deshace el ayer. En ese tenor, vale la pena preguntarse: ¿Olvidó el PRM las caras y los nombres de quienes los echaron de casa? ¿Olvida el PRM los hombres y mujeres que, junto al pueblo, construyeron día a día los espacios de poder? Si han olvidado su origen, perderán su identidad.