Las inconductas que han afectado a esta sociedad en tiempos democráticos se han llegado a conocer gracias a periodistas y a políticos opuestos a los gobiernos de turno. Pocas debutaron de la mano de instituciones del Estado, mucho menos sonsacadas por agrupaciones profesionales; una innegable demostración de que son espacios de escasa iniciativa.
Esas entidades supervisoras, podrían decirse que vienen siendo escenografías de cartón, con escaso desempeño y mucho encubrimiento. Exhiben, sin reparos, negligencias que llevaron a la comunidad a esperar poco de ellas.
En estos días, un rifirrafe acapara la atención mediática protagonizado por un médico generalista y la legendaria productora de televisión Nuria Piera. Ella, de larga y trascendente trayectoria a través de su programa semanal, alertó acerca de una transgresión en el quehacer clínico del galeno. Teniendo en cuenta que el resultado de sus investigaciones moviliza la acción de la justicia con mayor frecuencia que el propio sistema judicial, sus denuncias han de tomarse muy en serio.
Por hacer lo que hace, que no es otra cosa que destapar ante la comunidad estafas y corrupciones, ahora recibe ataques personales de corte canallesco. No voy a adentrarme en la esencia de su denuncia; que, dicho sea de paso, tengo por grave y apropiada: es que un médico en ejercicio afirma mejorar el autismo, el Parkinson , y la enfermedad de Alzheimer, con tratamientos propios. No participaré en el debate, porque, aparte de no corresponderme, no tengo interés de contribuir con los “buscadores de contenido”. No formaré parte de ese tira y jaal de mal gusto.
Durante la agresiva controversia, quienes se presentan como defensores del galeno- por razones que no termino de comprender; quizás debido al resquemor que provoca la incuestionable hoja de servicio público de la productora-, lanzan iracundas agresiones personales contra Nuria. Argumentan “ad hominen”, evadiendo el fondo de la controversia. No deseo estar en medio de tal desatino.
Mi participación se limita a señalar la deficiencia y deformación de las entidades a las que corresponde echarse al hombro tan importante revelación, pues atañe a médicos y pacientes.
No son las plataformas ni son las redes, mucho menos personas independientes, a quienes corresponde aclarar el delicado tema. Es un deber del Colegio Médico y de la secretaria de Salud. A ellos toca investigar, clarificar y, si fuese necesario, aplicar los correctivos de lugar. De igual manera, y con la misma celeridad, debieron actuar la Asociación de Pediatría, Neurología, Psiquiatría y Psicología. Sus estatutos mandan a velar por el correcto ejercicio profesional y la ética de sus afiliados.
Se ha cuestionado un tratamiento sin fundamento científico; sin precedentes aquí o en otras partes del mundo. De ahí que, basado en sapiencia jurídica y expuesto con claridad, el conocido abogado Carlos Salcedo Camacho explicase en reciente artículo el meollo de la controversia: “…el ordenamiento jurídico y la ética médica establecen un marco claro: en medicina, la buena intención no sustituye la evidencia. La práctica profesional se rige por la lex artis ad hoc, entendida como el conjunto de reglas técnicas y científicas generalmente aceptadas por la comunidad especializada en un momento determinado. Dicho estándar delimita aquello que puede comunicarse públicamente como eficaz, seguro y validado…”
O sea, que en esta cuestión no hay espacio para medias tintas ni empates, sino para investigar con rigor y contundencia por parte de las autoridades. Sin embargo, a esta fecha, la astenia institucional sigue manifestándose. Un lamentable silencio intramuros- disimulado por la alaraca mediática-hace que brillen por su ausencia. No hay duda: esas asociaciones se han convertido en gremios de compadres y expertos de la vista gorda. Mientras, las autoridades de salud pública aguardan sentadas hasta quién sabe cuándo…
El trabajo de Nuria Piera debió consistir en denunciar y provocar la actuación de estamentos obligados a defender al público. En cambio, consecuencia del vacío institucional-como en muchas otras ocasiones- se ha tenido que enfrascar en dimes y diretes; tolerando insultos personales de absoluta irrelevancia.























