No quiero, ni quisiera nunca, vivir/sentir el dolor de lo desgarrador que es perder (a destiempo) un hijo o una hija, más allá del cumplimiento de lo que llamamos ley de vida.
He sabido de madres que han perdido la razón por el fallecimiento de su criatura. Fue el caso de mi vecina, una maestra. Su niña estaba jugando a la edad de cinco añitos en el jardín y cayó al suelo desmayada. Falleció. Había nacido, aparentemente, con un problema cardíaco. Mi vecina/maestra se desconectó del mundo. Hizo silencio. Se puso catatónica. Todos los días, después de perder a su niña, arreglaba la cunita creyendo que la niña (a la que no veía ni escuchaba ni tenía entre sus brazos) dormía.
Pasó el tiempo. Tuvo un tercer embarazo y el nacimiento de un niño la trajo de vuelta a la vida y a la realidad.
Conozco otro caso, de una madre que sufrió una depresión que sí pudo tratarse a tiempo. Tuvo una pérdida natural de una criatura que esperaba con mucho amor casi finalizando el embarazo. Esta madre, desde entonces, ve a ese angelito que no pudo arrullar en todos los niños, y tiene (por siempre) al lado de su cama un bebé/muñeco que hace las veces de ese hijo bien amado, bien deseado y no conocido.
Las entrañas de los vientres de las madres lloran cuando un hijo se va… sin importar la edad cronológica de su retoño (Ylonka Nacidit-Perdomo).
Conozco otro caso de una madre de 84 años. Perdió a su segundo hijo de 43 años (él, en plena juventud, no despertó de la anestesia de una operación para repararle la arteria mitral).
Al saber esta trágica noticia, la madre tuvo el inicio de una pérdida acelerada de la memoria. Bloqueó sus recuerdos, de pronto tuvo alzhéimer.
De mi vecindad, de la urbanización Tropical, ubicada en la autopista 30 de Mayo, kilómetro 7 1/2, siete jóvenes (entre ellos, el hijo de una amiga) perdieron la vida en el colapso/tragedia del Jet Set, ya que si partimos del pensamiento helénico lo del Jet Set no fue un hecho fortuito ni de la naturaleza.
Fue la tragedia en su máxima expresión, porque las tragedias las hacen, las producen, las provocan las acciones/inacciones y pasiones humanas. Allí no influye el azar concurrente ni el azar histórico.
La tragedia es lo antihumano en su expresión de falta de bondad, de misericordia, de pureza. Es la acción amoral del ser humano. No es el destino en sí mismo manifiesto. Es una violencia manifiesta que destruye, que puede ser predecible y previsible, pero que el alma humana (por ende, indiferente al dolor que pueda causar) provoca. Es un hecho de conciencia de la inconsciencia, de la falta de empatía o solidaridad con el colectivo con el cual interactúa y al cual la civilización, la civilidad, nos dice que debe pactarse no agredir o provocar agresión.
La tragedia es la degradación misma de la esencia de la existencia/del existir desde la metafísica de la tensión que trae la lucha de los contrarios: el bien versus el mal, la luz versus la sombra.
La tragedia es lo que corroe al espíritu.
Muchísimas gracias por leerme. Les agradezco su deferencia.
Reciban mis saludos cordiales.
Siempre,
Ylonka Nacidit-Perdomo.
19 de enero de 2026.
[P. D.: Agradezco de Margarita González Auffant recordarme, hoy, la lucha de las Madres de Mayo para retomar este texto que envié como mensaje por WhatsApp a quienes me preguntaron, en un momento oportuno, mi opinión sobre esta tragedia, de manera que las Madres de Abril nazcan este 8 de abril de 2026, para que no desmayen en pedir justicia. Ylonka Nacidit-Perdomo. 7 de abril de 2026].