El Portal De San Francisco De Macorís

Advertisement

La teta de Tokischa

Marshall McLuhan escribió un libro titulado El medio es el mensaje y entiendo que en esta ocasión la artista urbana Tokischa se apoderó de este título sin conocerlo. Escogió el medio inadecuado para llevar un mensaje sonoro de la forma irreverente que le caracteriza. Por eso, advierto que es la primera vez que escribo un artículo con el que no estoy de acuerdo porque entiendo que el mensaje era importante, pero el medio ni la forma fueron los adecuados.

En la alfombra magenta de Premio Lo Nuestro —esa pasarela donde el espectáculo se confunde con la liturgia y el lente sustituye al incienso— apareció Tokischa con un gesto que partió la noche en dos: uno de sus senos al aire, sin la vergüenza que dicta el mercado, sin el molde que exige la industria. No era descuido ni accidente. Era declaración. Era Tokischa.

El cuerpo femenino ha sido históricamente territorio en disputa. Lo han cercado la moral, la publicidad y el algoritmo. Se le ha pedido que sea perfecto, joven, simétrico, intervenido; que se ajuste al canon de una belleza plástica que no envejece ni transpira. Frente a esa geometría artificial, la artista dominicana ofreció carne viva. No como mercancía, sino como argumento.

Hay quienes hablaron de vulgaridad. Pero la provocación, en el arte, es apenas una forma de pregunta. ¿Qué nos incomoda realmente? ¿El seno expuesto o el espejo que nos obliga a revisar nuestras certezas sobre la imagen de belleza? La sociedad contemporánea ha erotizado hasta el cansancio el cuerpo femenino, bajo condiciones de control: editado, filtrado, producido. Cuando el cuerpo se muestra sin obedecer al bisturí ni a la expectativa del “like”, entonces la cosa cambia.

Tokischa convirtió su presencia en manifiesto. En una sociedad que aplaude las cirugías silenciosas y los retoques discretos. No se trataba de exhibir por exhibir, sino de desnudar la hipocresía: celebramos el cuerpo cuando responde al patrón; lo condenamos cuando se sale del guion.

¿Es nueva esta estrategia? No. La historia del arte y del espectáculo está llena de mujeres que usaron su cuerpo como pancarta. Madonna escandalizó al Vaticano con crucifijos y corsés; Lady Gaga se vistió de carne para denunciar la cosificación; Rihanna ha desfilado embarazada reivindicando la sensualidad materna; Miley Cyrus rompió la imagen infantil que le imponían con una sexualidad deslenguada. Cada una, a su modo, utilizó el escándalo como altavoz.

La pregunta, entonces, no es si otras lo han hecho, sino si esa es una manera legítima de llevar un mensaje. El mensaje a través del arte no siempre habla en susurros académicos; a veces suele gritar para ser oído por más personas. Las premiaciones son hoy una tribuna política camuflada de glamur. ¿No escucharon el discurso de Romeo?

Sin embargo, la eficacia del gesto depende de su coherencia. Si el acto se agota en el impacto visual, muere como anécdota viral. Si está sostenido por un discurso y una trayectoria que lo respalden, puede convertirse en símbolo. Tokischa no tiene esa trayectoria, pero ha construido una identidad artística que desafía las normas de clase y de decoro. Su seno descubierto no fue un episodio aislado, sino la prolongación de una narrativa que la ha caracterizado desde sus inicios.

El cuerpo, cuando se apropia de sí mismo, deja de ser objeto y se vuelve sujeto. En sociedades atravesadas por dobles morales —donde se consume erotismo a escondidas y se condena en público—, el gesto desnudo es un acto de atrevimiento brutal.

¿Era la mejor manera de llevar ese mensaje? Para mí no, pero lo cierto es que la teta de Tokischa logró lo que muchos discursos no consiguen: obligarnos a hablar de los patrones de belleza y de la cirugía como mandato estético. Nos hizo discutir.

Quizá, al final, no era un seno lo que estaba al aire, sino una pregunta. Y las preguntas —como el arte verdadero— siempre incomodan antes de iluminar.