La sociedad del estatus y la Semana Santa

El pasado 28 de marzo, el director Miguel Franjul tituló su editorial: “El antes y el después”. Sin caer en un pesimismo estéril, reflexiona sobre cómo se vivía la Semana Santa en tiempos pasados y cómo se vive hoy, invitando a la esperanza y a una apertura sincera durante los días santos, que son fuente de paz. En el párrafo bisagra de su análisis, advierte: “El interés por la fe y las buenas costumbres están subordinados a los esfuerzos de buscar aprobación (likes) en la sociedad y estatus que no son fruto de virtudes, sino de presunciones”.

Vivimos, sin duda, en una Sociedad del Estatus, donde prima la proyección personal, la visibilidad de las acciones, la conquista del poder y la fama a cualquier precio. Frente a esta lógica, las Sagradas Escrituras nos presentan figuras que, siguiendo a Jesús, son recordadas no por su opulencia ni por sus privilegios, sino por su humildad y discreción.

Simón de Cirene (Lc 23,26) aparece como un trabajador del campo, obligado a cargar la Cruz de Cristo. Su gesto, sin protagonismo ni vanidad, se convierte en modelo de solidaridad silenciosa con quienes cargan cruces pesadas bajo el sol ardiente, el sufrimiento mortal, el maltrato despiadado y la incomprensión sin misericordia. Aunque su presencia se reduce a un solo versículo, su testimonio es eterno y su acción resuena con fuerza en la historia de la humanidad.

José de Arimatea (Mt 27,57-60), miembro del Sanedrín y discípulo secreto de Jesús, es recordado por la valentía de pedir el cuerpo y darle sepultura. No lo hizo desde la ostentación de cargos ni riquezas, sino desde la discreción y la misericordia hacia un difunto. Su gesto sencillo se convirtió en signo de fidelidad y compasión.

La mujer que unge a Jesús en Betania (Mc 14,3-9), sin nombre ni rostro, anticipa el trato que debía recibir el cuerpo del Señor al ser bajado de la Cruz. Su acción, humilde y agradecida, desafía una cultura donde el estatus dicta las conductas. Ella derrama un perfume “muy costoso” sobre la cabeza de Jesús y recibe de él una alabanza que trasciende el tiempo: su gesto será recordado siempre.

Estos relatos, que meditamos en Semana Santa, nos muestran el poder del silencio, la humildad y los gestos sin aplausos ni reflectores y aterrizan lo que Jesús dijo a sus discípulos: “Que no sepa tu mano izquierda, lo que hace tu derecha” (Mt 6,4). Las acciones que golpean duramente las fibras más profundas del corazón humano, nacen precisamente de la gratuidad y del servicio sincero.

Jesús mismo predicó sobre la semilla que cae en tierra y muere para dar fruto (Jn 12,24) y sobre su crecimiento misterioso que ocurre de noche, cuando todos duermen (Mc 4,26-27). Así, la Pascua, el acontecimiento más grande de la humanidad, se gestó en la oscuridad de la madrugada del domingo, lejos de la ostentación, del ruido y del espectáculo.

En una cultura que idolatra el estatus, la Semana Santa nos recuerda que las huellas más duraderas las dejan quienes sirven desde el silencio. Aun si hay que mostrar una buena obra, la verdadera grandeza no está en su visibilidad, sino en la humildad que transforma. La Resurrección de Cristo es la prueba suprema de que la vida nueva brota en lo oculto y que la gloria auténtica se revela en la discreción del amor exhibido desde el ara de la Cruz. 

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