En las últimas semanas, una noticia ha impactado a esta provincia; sin embargo, debería importarnos a todos. La contaminación que afecta al lago de la presa de Hatillo, en Cotuí, ha sido el detonante de la preocupación pública.
El embalse de esta gigantesca obra hidráulica es el reservorio de agua dulce más grande de la isla y del Caribe. Allí se almacenan aproximadamente 710 millones de metros cúbicos de agua y su extensión alcanza cerca de 22 kilómetros. Se trata de una infraestructura clave para la producción agrícola de todo el valle del Yuna, pero también para la vida de la gente de esta laboriosa, histórica y hermosa provincia.
Personalmente, tengo motivos muy especiales de empatía con esta bendecida tierra. Cuando era niño, recuerdo que mi padre solía llevarnos a conocer este pueblo. Siempre me repetía una frase que aún resuena en mi memoria: «Aquí, en La Piña —antiguo nombre del municipio de Fantino— tú y tus hermanas pudieron haber nacido, pues yo, como vendedor, venía con frecuencia y llegué a pensar en radicarme con la familia». Nos decía que este era un lugar de gran pujanza económica por la producción arrocera y, sobre todo, por la calidad de su gente. Al contar esta anécdota, recuerdo que se le humedecían los ojos. Ya profesional, tampoco olvido que se le produjo esta misma reacción de emoción cuando finalicé una exitosa charla que pronuncié en el local del otrora Casino del Yuna de Cotuí, al que me acompañó por invitación de unos entrañables colegas y amigos del pueblo.
Las aguas de la presa de Hatillo garantizan el sistema de riego del valle del Yuna, que comprende las provincias Sánchez Ramírez, Duarte, La Vega y María Trinidad Sánchez. Se estima que irriga más de 2200 hectáreas agrícolas, por lo que constituye un pilar de la economía agrícola y alimentaria de la región y del país. Esta inmensa sabana verde es, además, la principal región arrocera del país: entre el 35 % y 40 % del arroz que consumimos se produce en esta zona fértil.
La presa también cumple con una función crucial en la prevención de inundaciones, regulando los caudales que, de otro modo, afectarían no solo las plantaciones agrícolas, sino también a numerosas comunidades vulnerables asentadas en las cercanías de estos afluentes. Asimismo, sus aguas se aprovechan para la generación de energía hidroeléctrica, estimándose que aporta entre un 8 % y un 10 % de la generación de este tipo de energía renovable y limpia a nivel nacional.
En los últimos años, además, el entorno de la presa venía experimentando un crecimiento sostenido del turismo ecológico. Por ejemplo, se había convertido en un importante destino de recreación y atractivo para la población local y visitantes. Cientos de personas encontraban también su sustento cotidiano en la pesca y en las actividades económicas asociadas a este lago y ambiente paradisíaco. A todo esto, se suma que algunas comunidades cercanas aprovechan sus aguas para el abastecimiento del consumo humano en sus respectivas necesidades.
Desde la época colonial, Cotuí ha estado ligada a la explotación de oro y otros minerales. No es casual que aquí se encuentre uno de los yacimientos auríferos más importantes del hemisferio occidental. Que, a propósito, sus mayores beneficiarios deberían aportarle mayores recursos económicos a esta comunidad.
De ahí que el problema que en los últimos meses ha afectado las aguas del embalse ocasionando repercusiones profundas, sobre todo, en este frágil ecosistema natural, económico y social.
Los reportes preliminares de diversas investigaciones así lo indican. En ese sentido, la Academia de Ciencias de la República Dominicana emitió recientemente un preliminar informe mediante el cual llama la atención de las autoridades medioambientales sobre la gravedad de este anómalo evento. Específicamente, en el informe se precisa que el color verdoso observado en el embalse podría tener su origen en varias causas concurrentes, entre ellas:
- El uso intensivo de fertilizantes y agroquímicos en las actividades agropecuarias.
- El arrastre de materia orgánica hacia el embalse.
- La reducción de los niveles de agua durante sequías prolongadas.
- Posibles vertidos provenientes de operaciones mineras en el entorno.
Estos hallazgos son especialmente importantes porque señalan el impacto que puede tener el uso intensivo y no recomendado de fertilizantes y agroquímicos en la agricultura, un tema que en nuestro país suele ser subestimado por las autoridades y los consumidores a pesar de su enorme efecto nocivo contra la salud de la población y el medioambiente.
Más preocupante aún es que, según consultas realizadas con expertos en la materia, este fenómeno se está reproduciendo —aunque con menor intensidad— en otras presas del país, como Pinalito, en Tireo; Río Blanco, en Bonao; Jigüey y Aguacate, entre San José de Ocoa y San Cristóbal.
Finalmente, el informe recomienda integrar con urgencia un equipo multidisciplinario para enfrentar esta situación. A nuestro juicio, en este esfuerzo deberían participar los ministerios de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Agricultura, Energía y Minas y Salud Pública, entidades académicas vinculadas a las ciencias y expertos en la materia.
Ojalá que esta tarea se emprenda con la seriedad, la calidad técnica y la premura que la situación amerita. Especialmente, se trata de un problema que compromete no solo el equilibrio medioambiental de la región, sino también la seguridad hídrica y alimentaria del país frente a las presentes y futuras generaciones.






















