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La educación, garante de una vida cotidiana inspiradora

La educación es un proceso cuya valoración y complejidad se acentúa cada vez más. Esta significatividad responde a razones múltiples. Una de estas razones está asociada a la incidencia del proceso educativo en la transformación que produce en las personas, en las organizaciones y en el desarrollo de la sociedad. La educación se presenta con mayor potencia en el contexto mundial por la posibilidad que ofrece para que, de simples individuos, se avance hacia la constitución de sujetos que piensan, deciden y actúan, desde su propia cosmovisión y libertad. Sí, actúan más allá de lo que otros pretenden imponer y lograr. Pero, la educación se convierte en un proceso potente por la fuerza que tiene para inspirar, sostener y expandir el bien de las personas, de las colectividades y de las instituciones.

El poder inspirador de la educación no es mágico; esto se construye con otros. Es una construcción social que requiere una voluntad personal orientada hacia la búsqueda y la instauración del bienestar de los otros, no solo de la felicidad propia. El resultado de una postura abierta a la edificación de procesos, espacios y rutas con marcado acento educativo impacta la cotidianidad de las personas y de la organización social. Es un impacto positivo, porque tiene como base la defensa y la conservación de todo aquello que posibilita el bienestar colectivo. Desde esta perspectiva, la cotidianidad de las personas y de los pueblos adquiere otra dimensión, otro sentido. Reflejos del énfasis en el bienestar social lo constituyen acciones que parecen hechos simples, banales, como son: la regulación del ruido, la higiene de espacios y trayectos; y la delicadeza del lenguaje. Son reflejos, también, la decencia del lenguaje y la modulación de la voz.

En la República Dominicana, por las fragilidades de la educación familiar, escolar y en el ámbito de la educación superior, se hace muy poco para que la vida cotidiana del país sea respirable e inspiradora. Estamos frente a la banalización de formas propias de una persona educada. Desde distintos espacios y medios se vende, se exhibe y se exalta la vulgaridad, la banalización de la educación. Esta realidad convierte la vida cotidiana en una esfera que violenta las relaciones sociales y enrarece la estabilidad personal. Sin embargo, este hecho no tiene nada que ver con incapacidad del dominicano para crear ambientes educativos, alegres; y un cálido clima humano y generativo. El pueblo dominicano demuestra, en múltiples ocasiones, que tiene inteligencia y fuerza para sembrar bondad y bienestar para sí y para los otros.

El dominicano puede, tiene las potencialidades requeridas para contribuir con la transformación de una cotidianidad marcada por basura, ruidos y aceras tomadas. Tiene capacidad para erradicar de la vida cotidiana el lenguaje soez, la descalificación de las personas mayores y el desorden institucionalizado. Esta problemática se extiende y se sostiene cuando los procesos educativos son fracturados por la superficialidad y la comercialización. Se produce, además, cuando los procesos educativos están cargados de discursos y promesas, pero vacíos de sentidos y de pedagogías que ayuden a recuperar lo más genuino de la persona, de las comunidades. La educación ha de ser garante de una vida cotidiana inspiradora, en la que las personas se sientan seguras y a gusto en los entornos que habitan. Esto demanda volver a pedagogías que revitalizan personas y contextos; que contribuyen con el cuidado del lado más humano de las personas, del tejido social y de la vida de las instituciones.

El rescate de una vida cotidiana saludable e inspiradora pasa por el impulso de procesos educativos signados por el sentido humanizante. Este sentido debe permear, en primer lugar, a las autoridades educativas del país, a los líderes políticos, religiosos y empresariales. Es una tarea difícil que estos dirigentes se dispongan, se comprometan con procesos centrados en la humanización. Esto exige mucho tiempo y esfuerzo. Mientras tanto, la vida cotidiana se degrada; agrede y paraliza la inspiración, la calidad humana y social. La inspiración expande la creatividad y la búsqueda de formas distintas que animan, reconstruyen vidas y espacios.

Una vida cotidiana inspiradora aporta relaciones y ambientes donde los humanos no se agotan en sí mismos. Se abren a los otros y cuidan sus entornos, los vuelven más habitables y creativos. Esto no se puede hacer sin procesos educativos comprometidos con lo humano, con la calidad de la persona. Esta educación va más allá de la venta de programas académicos, de la comercialización de paquetes informáticos. Va más allá de alegorías sindicales. La educación tiene que volver a la persona y a sus entornos. Así puede ser garante de una vida cotidiana inspiradora.