Desde que tocaron tierra las tres carabelas existen entre nosotros historias de prejuicio y discriminación. Hemos vivido prefiriendo razas, rechazando oficios y aceptando otros, ensalzando y denigrando nacionalidades. En una época no ser católico aislaba, y ciertos apellidos brillaban como sellos de calidad, a desmedro de otros. Ni que hablar de desigualdad de género y diversidad sexual.
Sin desaparecer, esos prejuicios han ido amainado: vivimos una integración racial, aceptamos la diversidad sexual, y la mujer se ha ido empoderando. Los extranjeros forman parte del mundo laboral y los hijos de nadie progresan. Se aplica la libertad de culto. Pero, a pesar de ello, un resentimiento ancestral permanece activo en el espíritu de las mayorías: un dolín crónico que lleva rabia y rechazo contra los “privilegiados”.
Acumulado por siglos, ese malestar-unas veces negado y otras maquillado- se manifiesta ahora a través de una discriminación inversa; un esfuerzo desesperado por revertir y conducir los prejuicios en dirección opuesta.
¿Pudieran, por vía democrática, alguno de esos personajes llegar al poder? Si la respuesta es afirmativa ¡sálvese quien pueda!, estaremos en peligro.
Se establece un fenómeno particular al que debemos prestar atención. Si antes un segregado se encontraba paralizado por la impotencia de su condición, hoy, participando en una batalla contra los símbolos de su desgracia, se empodera y agrede. Proceso al que teóricos y justificadores llaman “la presencia de la voz del barrio”; ese segmento de la población, carente de educación y sobrado de precariedades, víctima de las drogas y el delito, está intentando plantar bandera y tomar plaza.
No es revuelta sangrienta ni de turbas destructoras. Sin embargo, a pesar de no haberse disparado un solo tiro, logran victorias significativas: capturan medios de comunicación; captan y producen capitales de variada procedencia; consiguen el respaldo- utilitario e irresponsable- del gobierno y de la clase política. Un avance inimaginable, logrado por quienes fueron tenidos a menos.
Esa pelea en curso, librada a través de los medios de comunicación, incluye racismo al revés. Entre sus combatientes prevalece la agresión verbal y la incultura. Al estilo Donald Trump y el movimiento MAGA, aborrecen la ciencia, el refinamiento, y no les gusta hablar bien el idioma. No pocos analfabetos funcionales se destacan entre ellos. Esas características los hace peligrosos y retardatarios.
Discriminando a la inversa, aborreciendo las elites, arremeten contra formas de ser y de actuar de los más afortunados y educados. Insisten en sacar del juego a figuras de bien ganado prestigio y honrosa trayectoria. Detestan a quienes no son de su bancada. Apoyan, desde sus plataformas de propaganda- siempre y cuando les convenga- a transgresores de leyes y reglamentos. Rechazan con malicioso disimulo a las personas de piel clara. Bajo el diseño de una mayoría resentida se busca enaltecer la cultura barrial.
Mientras esto sucede, los lideres de los segregados se benefician de ellos con indignante hipocresía, transformándose en millonarios con hábitos de ricos. Azuzan a la mejor usanza de populistas demagogos.
¿Pudieran, por vía democrática, alguno de esos personajes llegar al poder? Si la respuesta es afirmativa ¡sálvese quien pueda!, estaremos en peligro.
El filósofo español Emilio Lledó considera «terrible que un ignorante con poder político y repleto de ignorancia determine nuestras vidas». Su sentencia se cumple actualmente en Estados Unidos. ¿Por qué no podría cumplirse aquí también?
En estos días, sintiendo en el ambiente la incomodidad de esa discriminación invertida, si algo me molesta no digo “me fastidia”, sino “me rejode”. Así, ajustado a lo vulgar, evito cualquier desprecio o insulto.