La denuncia de Rainieri

Lo dicho por Frank Rainieri en el marco de la Feria Turística Date 2026 inaugurada el miércoles en Bávaro, provincia Altagracia, para muchos, tal vez represente una perogrullada como simple cumplido de escenario.

Pero ese discurso, salido de su boca en la coyuntura actual, se dimensiona y su eco debería retumbar en cada rincón del país donde el turismo asome. Sobre todo, en la provincia Pedernales, destino en construcción donde su grupo tiene participación como socio estratégico del Estado y el caos se entroniza.

Mínimo, debería sensibilizar y activar al Gobierno, a las organizaciones sociales y al liderazgo nacional para evitar males mayores insalvables.

El presidente del consejo de administración del poderoso Grupo Puntacana ha advertido que es insostenible el crecimiento inmobiliario y turístico sin una regulación y sin un plan de ordenamiento territorial en aquel lugar que -según subraya- registra una dimensión catastral más grande que la del Gran Santo Domingo. Afirma que al Gobierno le ha faltado coraje para enfrentar el mal porque el crecimiento urbano, especialmente si está vinculado al turismo, debe hacerse con límites y responsabilidad.

Tiene toda la razón del mundo en cuanto al caos, el pionero del turismo en el este.

Durante años hemos remarcado en la urgencia de mirarnos en el espejo de polos establecidos en el Gran Santo Domingo y en las regiones este y norte para evitar que, en destinos nacientes como Pedernales, se produzcan los fenómenos perniciosos turistificación y gentrificación, expresados en la alocada proliferación de toda suerte de negocios turísticos en cualquier lugar, incluidos residenciales, sin alcantarillado pluvial y sanitario, calles adecuadas, agua potable, sistemas modernos de recolección, tratamiento y disposición de desechos sólidos, educación en salud… sin inversión en la gente.

Ahora bien, ese desorden no se debe a falta de coraje del Gobierno para enfrentarlo, como lo endulza el magnate del turismo. Coraje le sobrara si primara la intención. Es peor.

Se trata del paradigma que lo rige, el enfoque de turismo solo como mera industria, infraestructuras de lujo movidas 24/7 por empleados. Un enfoque tan economicista como deshumanizador porque da riendas sueltas a las “inversiones” sin contemplar el desarrollo integral de las comunidades dueñas los recursos naturales, mientras prioriza el políticamente conveniente relumbrón mediático de contar turistas y gritar ingresos brutos en dólares.

Ese paradigma está en crisis. El mundo ha cambiado. Y el turista de hoy es otro, tiene nuevas exigencias. Rainieri lo dice de otra manera: hay que diversificar, buscar otros niños.

Resulta, sin embargo, que el destino que el Gobierno construye en el Pedernales del extremo suroeste fronterizo con Haití, en la práctica contradice el discurso oficial pregonado de turismo sostenible al exhibir apego a los parámetros del viejo; no obstante, concita el apoyo sin rechistar siquiera del liderazgo local.

Cuando el presidente Luis Abinader agota el penúltimo año de su gestión de dos cuatrienios, y el último (2027), es de agitación preelectoral, el Gobierno exhibe en Cabo Rojo tres hoteles a término, de nueve anunciados; la terminal de cruceros funcionando, vías de acceso full, acueducto, sistema de drenaje pluvial y sanitario con moderna planta de tratamiento, subestación eléctrica, y cerca de allí, en Tres Charcos, paraje del municipio Oviedo, en avanzada construcción el aeropuerto internacional.

Plausible, aunque con quejas recurrentes que debe atender sin dilación sobre la asignación de quioscos y empleos a forasteros, especialmente de Puerto Plata.

Pero el Gobierno se quema en los municipios. En la ciudad Pedernales, capital de la provincia, y en su municipio Oviedo, no ha construido la primera vivienda, pese a que estos pueblos existen en una zona ciclónica con nefastos antecedentes y el déficit habitacional cuantitativo y cualitativo coquetea con el 80%.

El servicio de agua para beber y uso doméstico es intermitente. Hace poco más de un año que el Instituto de Aguas Potables y Alcantarillados (Inapa) activó un nuevo reservorio para reforzar el viejo acueducto, pero los vicios de construcción están a la orden del día y ya presagian un colapso. Semeja un guayo.

La construcción de la indispensable carretera Barahona-Pedernales (124 kilómetros) representa un sinfín, un barril sin fondo. Nadie sabe cuándo la terminarán, pese a los años de intervención. El tramo Barahona-Enriquillo (49 kilómetros) está asignado a una constructora; el Enriquillo-Pedernales (74), a otra. Ni una ni otra explica. Tampoco, Obras Públicas.

El suroeste, desde Baní hasta Pedernales, hace mucho que demanda una autovía que supere esa carretera angosta y peligrosa de doble vía sin jersey. Y urge el cumplimiento de la requeteprometida construcción de la histórica vía alternativa (ruta de los fundadores) hacia Puerto Escondido, Duvergé, por la Sierra de Baoruco (40 Km).

Igual reclama la construcción de un edificio para las oficinas públicas porque el actual (1969) está al borde del colapso y es una afrenta pública, como los campos de béisbol, que parecen potreros abandonados.

Y exige un centro cultural con su respectivo teatro para las presentaciones; una academia de música digna y un director con un salario conforme sus responsabilidades; un sistema de alcantarillado pluvial y sanitario con su planta de aguas residuales, y una planificación territorial efectiva que frene el caos en curso.

El Gobierno debe asumir sin más dilación su responsabilidad con los pedernalenses, más allá de los aprestos de explotación de tierras raras y de lanzamiento de cohetes al espacio. Debe asumirlas si quiere aterrizar su discurso de turismo sostenible y preocupación por el bienestar general de la comunidad.

Pedernales no es un pueblo de mendigos que claman por limosnas, como se ha querido vender. Es el pueblo de un territorio muy rico que, durante más de medio siglo, ha servido como fuente de enriquecimiento al Estado. El Estado, en cambio, le ha redituado con humillación, desprecio; le ha castrado su derecho a vivir con dignidad. Es la realidad que ocultan los políticos cuando se pretenden mesías.

Eso sí, el sector privado también tiene sus culpas porque igual se ha enriquecido, mas, poco o nada ha compensado a la comunidad.

Y el Grupo Puntacana, que llega ahora como Consorcio Cabo Rojo (CCR) para participar en el desarrollo turístico, si quiere ser diferente, debería de ayudar a limpiar ese lodo con la realización de obras de responsabilidad social, como la construcción del centro cultural, la reconstrucción de los estadios, el apadrinamiento de la academia y la banda de música, y la edificación de algún proyecto habitacional. En modo alguno sería un gasto, sino abono para la construcción de una excelente imagen.

Francomacorisanos: