Hay objetos de uso cotidiano que terminan contando la historia de una sociedad y, con el tiempo, se convierten en objetos vivientes. En la República Dominicana, uno de ellos es el botellón de agua. Está en las casas, oficinas, escuelas, hospitales, comercios, instituciones públicas, colmados y restaurantes. Este recipiente forma parte del paisaje con tal naturalidad que pocas veces nos preguntamos por qué está ahí, cómo llegó a ocupar un lugar tan permanente en nuestra cotidianidad.
El X Censo Nacional de Población y Vivienda de 2022 ofrece un dato revelador. El 84.3 % de los hogares dominicanos declaró el botellón como su principal fuente de agua para beber. En las zonas urbanas alcanza el 87.0 % y en las rurales el 77.1 %. No estamos ante una práctica marginal. El botellón se ha convertido en un objeto incorporado a la vida diaria de la sociedad dominicana.
El botellón no apareció por casualidad. Su presencia masiva debe entenderse dentro de la larga historia de barreras en el país para garantizar agua potable suficiente, continua, de calidad y confiable. El desabastecimiento, los tandeos o intermitencias, la baja presión y las interrupciones han acompañado durante décadas la vida de los pueblos de zonas urbanas y rurales.
Los datos recientes indican que esa realidad no pertenece solamente al pasado. La ENHOGAR 2024 muestra que apenas el 28.5 % de los hogares que reciben agua de la red pública dispone del servicio entre seis y siete días a la semana. El 46.7 % la recibe entre dos y tres días y el 12.3 % solamente un día. Esto trae como consecuencia que el 95 % de los hogares almacena agua.
Detrás de esos datos se develan profundas inequidades. No significa lo mismo enfrentar el desabastecimiento en una vivienda con cisterna, bomba, tinaco y capacidad económica para comprar varios botellones que hacerlo en un hogar cuyos ingresos apenas permiten resolver las necesidades diarias. Tampoco son iguales las condiciones de abastecimiento entre territorios, regiones y comunidades.
En efecto, las desigualdades territoriales muestran otra dimensión del problema. Según la ENHOGAR 2024, mientras en la zona urbana de la región Ozama el 94.4 % de los hogares recibe agua de la red pública dentro o fuera de la vivienda, en Valdesia la proporción desciende al 50.8 % y en Cibao Nordeste al 59.6 %. Las brechas son todavía mayores en las zonas rurales. En Ozama alcanza el 75.5 %, pero cae al 27.6 % en Cibao Noroeste, al 18.6 % en Cibao Nordeste y a apenas 16.7 % en Valdesia. El desabastecimiento de agua, por tanto, no se distribuye de manera uniforme en el territorio nacional. El lugar donde se vive continúa condicionando las posibilidades de acceso a un servicio básico.
Las familias han construido su propia infraestructura para responder a la discontinuidad. Tinacos, cisternas, tanques, bombas y cubetas se integraron a la vivienda dominicana. Una casa puede estar conectada a un acueducto y necesitar simultáneamente una cisterna, una bomba y un tinaco para disponer de agua cuando se necesite.
Pero con el agua para beber ocurrió algo todavía más significativo. Se produjo una separación práctica entre el agua destinada a los usos domésticos y la destinada al consumo humano. Por una vía llega el agua para bañarse, lavar y limpiar. Por otra llega el agua que ponemos en la mesa.
Ahí comienza la historia social y cultural del botellón.
Una respuesta inicialmente destinada a satisfacer una necesidad terminó generando hábitos, mercados y relaciones sociales. Junto a las grandes empresas purificadoras surgieron pequeñas plantas y centros de llenado en barrios y comunidades que venden a precios más bajos y abastecen mercados locales.
Apareció también el delivery del agua. El motorista o repartidor que recoge el recipiente vacío, entrega el lleno, conoce a sus clientes y establece rutas y horarios. Alrededor de esa relación aparecen la propina y, en algunos lugares, el fiao. El botellón genera así una pequeña economía y unas relaciones sociales que se reproducen diariamente en miles de comunidades.
El propio envase adquirió valor. El botellón vacío no se desecha. Circula, se intercambia, se reutiliza y vuelve al mercado. Pero quizás ninguna expresión muestra mejor su apropiación cultural que la vitilla.
Una tapa plástica diseñada para cerrar un recipiente de agua terminó convertida en protagonista de un juego popular dominicano. Con la tapa como pelota y un palo de escoba como bate, niños, jóvenes y adultos recrearon en calles y barrios una modalidad particular del béisbol. El objeto fue separado de su función original y recibió otro significado. Dejó de ser tapa para convertirse en vitilla.
Desde una mirada antropológica, el proceso resulta revelador. Una deficiencia estructural generaliza un objeto. El objeto genera un mercado. El mercado produce relaciones sociales. La vida cotidiana incorpora esas relaciones y, finalmente, la creatividad popular transforma una parte del objeto en juego.
No se trata de romantizar la precariedad. La capacidad de una población para adaptarse a sus dificultades no elimina las causas que hicieron necesarias esas respuestas. La vitilla puede ser una expresión de creatividad popular y el delivery una respuesta del mercado, pero ninguno debe ocultar el hecho de que más de ocho de cada diez hogares dominicanos compran el agua que utilizan para beber.
Quizás el fenómeno cultural más profundo se encuentre precisamente en aquello que ya no nos llama la atención. Nos parece normal construir una vivienda con cisterna, colocar un tinaco sobre el techo, instalar una bomba y comprar botellones. Nos parece normal pagar separadamente por el agua que bebemos. La repetición convierte las respuestas a una carencia en costumbres y las costumbres pueden terminar haciendo invisible la carencia que les dio origen.
Por eso, la cultura del botellón remite también a las prioridades de la inversión pública. Si el acceso continuo y seguro al agua constituye una necesidad básica, reducir el desabastecimiento y las inequidades territoriales debería ocupar un lugar prioritario en las decisiones sobre infraestructura y asignación de recursos públicos.
El botellón es historia del agua, estrategia doméstica de adaptación, mercado, hábito, relación social y creación cultural. Pero detrás de todo ello permanece una crisis histórica de abastecimiento que hemos aprendido a incorporar a nuestra cotidianidad.
El 84.3 % registrado por el Censo deja entonces de ser una simple estadística. Es también la medida de hasta qué punto una respuesta frente a una carencia terminó convertida en cultura.
Y queda una pregunta.
¿Cuándo llegamos a considerar normal que el agua que llega a nuestras casas no sea la misma que ponemos en nuestra mesa?