En este año y algo del segundo mandato de Donald Trump, el mundo se ha puesto patas arriba. Las absurdas, disparatadas y bestiales acciones que en tan poco tiempo este ha cometido han producido un abrupto y drásticos cambios en el orden mundial, cuyo procesamiento es en extremo difícil. A ese propósito, los comentarios y la perspectiva de algunos, intelectuales públicos, de respetados analistas y pensadores sitúan estas acciones, a veces, rayanas en lo apocalíptico. En general, las opiniones de estos sectores coinciden en que esas acciones tienen un carácter estructural que determinarían un mundo absolutamente inmanejable. Al principio parecía que era así, pero hay varios hechos que estarían indicando los límites de las veleidades del grupo Trump y el rotundo rechazo a este desde una perspectiva política.
Es innegable la profundidad de los cambios que se han operado en el mundo a raíz de la nueva irrupción de ese personaje en la política de su país y el gran impacto que sus iniciativas/veleidades han producido en el mundo, pero no llegan al punto de constituirse en una revolución. No marcan una nueva era. Lo primero es que el referido individuo tiene un contexto y sistema político, el de su país, difícilmente modificable a golpe de efecto por una persona o grupo. Es un sistema político que ha mostrado tal solidez a través del tiempo que se sitúa como el más viejo, sólido y estable del mundo. Sin negar que, como imperio, está de capa caída. El otro factor es el que el poder del personaje en cuestión está limitado por el carácter fatal de un calendario electoral que fija fechas y la duración de los mandatos.
En ese sentido, en las recientes y multitudinarias manifestaciones bajo la consigna, «No Reyes», en alusión a la actitud del presidente Trump de pensarse un rey, participan muchos aspirantes a congresista del Partido Demócrata para las elecciones de medio término en noviembre próximo y varios aspirantes a ese mismo puesto por el Partido Republicano, incluso algunos actualmente en ejercicio, en franca oposición a las acciones de su presidente, marcando diferencia con aquel básicamente por convicción o porque asociarse a sus políticas los condena a una irremediable derrota. Participan, además, una gran proporción de jóvenes que no quieren verse envueltos en los frentes de conflictos armados sistemáticamente abiertos por su presidente y prominentes figuras públicas del mundo del arte, la academia, la política y la ciencia.
Esas manifestaciones evidencian el generalizado rechazo a una política que sume el mundo en el caos, la incertidumbre y con profundo impacto en la economía mundial en un proceso de incremento de los bienes y servicios de los productos básicos, además del costo del disfrute del tiempo libre, en el que los más afectados son las familias más pobres, la juventud y las capas medias. En esas manifestaciones se expresan condenas a los abusos en materia de políticas migratorias, al ataque a las libertades ciudadanas y a las instituciones básicas del Estado. Son en gran medida los resultados de la fallida guerra económica contra China y en gran parte del mundo, además por los costosos, veleidades y peligrosos bandazos de un presidente díscolo. Un socio incoherente indigno de confianza alguna.
Definitivamente, el fenómeno Trump ha demostrado tener más limitaciones de las previstas, pero los terribles daños causados a su país y al mundo en solo un año han provocado una repulsa de tal calado que ha determinado que EE. UU. pierda de tradicionales aliados fundamentalmente en Europa y en otras regiones del mundo. Eso podría ser reversible con el tiempo, pero las relaciones entre algunos países de ese continente y EE. UU. difícilmente serán como antes, por lo menos con algunas fuerzas políticas europeas, que buscan alternativas a la crisis mundial creada por los desafueros de Trump, a lo que se suman las amenazas y desafueros de la internacional del odio que como fantasma recorre el mundo, ahora fortalecida por el trumpismo.
La crisis que vive el mundo es compleja, es una situación de inexistencia de reglas, de avance impetuoso de las concepciones política/ideológicas más recalcitrantes, negadoras de los derechos ciudadanos y las conquistas sociales más importantes logradas en el siglo pasado, la cual debe enfrentarse situando la democracia como eje central. El no a las guerras, a las violaciones de la soberanía y a los derechos fundamentales de todo tipo y generaciones en esencia constituye la posibilidad de construir una alternativa a la internacional del odio y del trumpismo. Igualmente, la condena a toda forma de guerra violatoria a la soberanía de los pueblos es el sentir de los participantes en las protestas No Kings y de diversos gobiernos y fuerzas políticas, de instituciones sociales, políticas eclesiales y de una pluralidad de singulares personas.
La lucha contra toda forma de negación de derecho solo se justifica si se orienta a través un indispensable carácter de masas basado en el reconocimiento del valor de la libertad en todas sus dimensiones. Solo de esa forma puede esa lucha ser eficaz. Quien no se apegue a ese principio transitará el camino de la intrascendencia o arriando banderas descoloridas y raídas por la implacable acción del tiempo y de los tiempos.