Humanizar la tecnología

Cuando Giovanni Pico della Mirandola redactó en 1486 su Oratio de hominis dignitate, conocida como el manifiesto del Renacimiento, e intentó convocar en Roma a todos los filósofos de su tiempo para debatir sobre la dignidad de la persona, difícilmente imaginó que, en esa misma ciudad, seis siglos después, un Papa retomara ese mismo impulso. La encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, no es una coincidencia histórica: es una continuidad. Entre ambos jalones han transitado grandes humanistas desde la literatura, las artes, la cultura, la filosofía y la fe, tejiendo una tradición que nunca ha cesado de preguntarse qué significa el ser humano.

Hoy esa pregunta regresa con urgencia renovada. Asistimos, casi sin advertirlo, a una aceleración que nos arrastra psicológicamente hacia una híper centralización del mundo tecnificado, desplazando de su centro al ser humano. Cabe, sin embargo, preguntarse: ¿no deberíamos iniciar el camino a la inversa, es decir, partir de la persona para comprender a la tecnología?

Estamos ante desafíos inéditos que exigen respuestas igualmente inéditas, a partir de la experiencia acumulada, sin embargo, aquí surge una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: la irrupción de la inteligencia artificial está generando, contra todo pronóstico, un renacimiento de las humanidades y las artes. Lo que parecía una amenaza inequívoca revela, en realidad, la sed más profunda del momento: la búsqueda del rostro humano en medio del algoritmo.

La vuelta a la Filosofía, a la Teología, a la Ética, al Derecho no es nostalgia, es lucidez, porque la pregunta más difícil hoy no es tecnológica, sino antropológica: qué somos, a qué nos debemos, cómo protegemos nuestra dignidad, nuestra privacidad, la verdad y la equidad–igualdad, es decir, estamos redescubriendo que el problema filosófico no versa sobre las máquinas, siguen siendo las personas. En torno a esta realidad, se debe reorganizar la arquitectura de la educación, de los gobiernos y de las empresas.

El Humanismo Cristiano actúa aquí como brújula: es la tradición que ha sabido orientar las grandes disrupciones de la civilización sin negar el progreso, sino dándole dirección y sentido. Su vigencia queda demostrada precisamente en este momento: cuanto más penetra la tecnología en la vida humana, más se necesita al poeta, al filósofo y al teólogo. Las humanidades no mueren, se adaptan sin traicionar sus argumentos fundamentales.

Es, en este horizonte, donde la encíclica Magnifica Humanitas resulta extraordinariamente oportuna. Su llamado a poner la tecnología al servicio de la dignidad humana, no a la inversa, y su propuesta de una ética del desarrollo que no separa la innovación de la fraternidad, constituyen una orientación magisterial precisa para este momento histórico.

La educación humanista integra, en perfecta armonía, la formación tecnológica, las ciencias y las artes. Nada que esté al servicio de la persona puede situarse por encima de ella. Aunque la máquina supere al ser humano en capacidad de cálculo y velocidad, no puede sustituirlo en las decisiones fundamentales. El ser humano no debe delegar en ningún sistema su juicio sobre aquello que le es esencialmente propio: su libertad, su responsabilidad y su conciencia.

Francomacorisanos: