El llamado Plan de Paz impulsado por Donald Trump no constituye un esfuerzo genuino de pacificación internacional. Es, en esencia, una operación política destinada a sustituir el sistema multilateral construido tras la Segunda Guerra Mundial por la voluntad discrecional de una sola potencia y, más grave aún, de un solo individuo. Bajo un lenguaje cínicamente diplomático, este plan busca desplazar a la Organización de las Naciones Unidas, vaciar de contenido el Derecho Internacional y consagrar la fuerza como principio rector del orden mundial.
No estamos ante una simple diferencia de enfoques en política exterior. Se trata de una ruptura estructural con el principio de soberanía de los Estados, con la igualdad jurídica entre las naciones y con el sistema de normas que, aun de forma imperfecta, ha evitado una confrontación directa entre potencias nucleares durante más de setenta años. Cuando un presidente afirma, de facto, que su “moral” personal está por encima de los tratados, las convenciones y los organismos internacionales, la paz deja de ser un bien colectivo y pasa a ser un instrumento de dominación imperial.
La demolición deliberada del multilateralismo
El trumpismo presenta a la ONU como un estorbo: demasiado plural, demasiado lenta, demasiado condicionada por consensos. Sin embargo, esa pluralidad —expresada en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con todos sus defectos, vetos y tensiones— es precisamente el último dique frente a la imposición unilateral del poder hegemónico. Sustituir ese marco por un “plan de paz” diseñado en Washington equivale a abolir el multilateralismo y restaurar una lógica neocolonial, donde las reglas se dictan desde el centro criminal imperial y se obedecen en la periferia.
Los historiadores del futuro recordarán la simbólica resolución número 14 —con el veto de China y Rusia, declarando a Trump propietario y presidente del orden mundial— como una metáfora brutal de esta etapa. No será relevante si tal resolución existió formalmente; lo decisivo será constatar que, en la práctica, las Naciones Unidas se disolviera al permitir que un solo Estado —y un solo hombre— actuara como árbitro supremo de la guerra y la paz.
La paz como coartada de la expansión territorial
Este proyecto no se limita al plano discursivo. El empeño de Trump por apoderarse de países y territorios soberanos confirma que su “plan de paz” es, en realidad, una doctrina de expropiación y control global. En Gaza, en la histórica Palestina, la retórica de la seguridad ha servido para justificar la ocupación, el exterminio y el desplazamiento forzado de una población civil, violando de forma sistemática el Derecho Internacional Humanitario. En Venezuela, tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro, Trump llegó al extremo de declararse administrador del país, una confesión explícita de colonialismo del siglo XXI que reduce la soberanía nacional a un simple trámite administrativo del imperio. A ello se suma su pretensión de apropiarse de Groenlandia, motivada no por razones humanitarias ni de cooperación internacional, sino por su valor estratégico, militar y por sus recursos naturales. Estos hechos no son episodios aislados: configuran una doctrina coherente de dominación global, en la que la soberanía ajena es vista como un obstáculo y el Derecho Internacional como una molestia prescindible.
Un plan redactado por el principal promotor de la guerra
Resulta jurídicamente insostenible y moralmente obsceno que quien ha promovido sanciones, bloqueos, intervenciones militares y golpes de Estado pretenda erigirse en garante de la paz mundial. La paz que ofrece Trump no nace del diálogo entre Estados soberanos ni del respeto a los tratados, sino del chantaje económico, la amenaza militar y la imposición política. No es una paz basada en la justicia, sino en la rendición; no es estabilidad, sino silencio impuesto bajo la bota de la coerción.
En un mundo atravesado por crisis múltiples —climática, social, energética y geopolítica—, destruir el andamiaje jurídico internacional equivale a institucionalizar el caos. Sin normas comunes, los conflictos locales escalan, las potencias medianas se rearman y los pueblos quedan atrapados en una espiral de violencia permanente.
El veredicto de la historia
La historia no absolverá este intento de coronación imperial. Recordará este período como el momento en que se intentó normalizar el imperialismo sin máscaras, convertir la diplomacia en espectáculo y la guerra en negocio. La desaparición efectiva de las Naciones Unidas no se producirá con una ceremonia solemne, sino con la aceptación pasiva de que el Derecho Internacional sea sustituido por la voluntad del más fuerte.
A pesar de sus debilidades y defectos, defender la ONU, reformarla y fortalecer el Derecho Internacional no es una consigna burocrática, sino una tarea histórica de primer orden. Porque un plan de paz sin legalidad internacional no es paz: es dominación, y un mundo regido por monarcas globales sin freno no es civilización, sino barbarie organizada.

























