En los últimos tiempos el vocablo “global” se ha puesto de moda. Su popularidad no deriva de que en lecciones de geografía hablan del “globo terráqueo”. Tampoco de que nuestro presidente Fernandez haya bautizado su Fundacion con ese apellido. La razón tiene que ver con que los medios de transporte y comunicación han acercado a las naciones. De ahí que cualquier lugar del planeta califique como un “destino turístico” y que muchas naciones han visto en el turismo una herramienta de desarrollo económico. Hoy día, sin embargo, a la industria turística la amenazan acontecimientos inesperados y la actual guerra de Irán figura entre los más graves.
Una narrativa mundial relativa al fenómeno de la “globalización” alega que el turismo es una industria “globalizada”. Por lo primero se entiende el “proceso mediante el cual las economías, sociedades y culturas del mundo se vuelven cada vez más interconectadas e interdependientes. Eso resulta de factores tales como: “1) el comercio internacional de bienes y servicios, 2) la inversión extranjera, 3) los flujos de capital, 4) la difusión de tecnología e información, y 5) la movilidad internacional de personas.” Desde finales del pasado siglo el internet y la liberalización del comercio mundial han acelerado el proceso y el proteccionismo que representan los aranceles y otras barreras de entrada a los mercados no han impedido su entronización.
Tal proceso ha causado que el turismo sea una de las industrias más globalizadas del mundo. El fenómeno turístico implica la circulación de personas, capital, información y cultura. Por esta razón, los destinos turísticos —incluyendo nuestro pais— están profundamente integrados en el sistema turístico internacional. La competencia entre destinos resulta intensa por la existencia de empresas turísticas internacionales, mercados y reservas, cadenas globales de transporte, las aerolíneas internacionales y sus alianzas que conectan destinos lejanos y una promoción turística internacional que es dirigida a múltiples mercados emisores. Por tanto, la misma “globalización del turismo” corre riesgos que amenazan sus beneficios.
Acontecimientos como las guerras, por ejemplo, introducen una tensión que repercute negativamente sobre los viajes. Como la decisión de viajar de vacaciones está basada en emociones y percepciones individuales sobre los destinos, cualquier fenómeno que signifique menos seguridad en el destino anfitrión hace que el viajero potencial cambie de planes. La perturbación de los medios de transporte, la inflación, los actos terroristas y otros factores adversos causan una disminución de las llegadas internacionales y, más particularmente, de los flujos turísticos hacia destinos vacacionales. Nuestro pais fue víctima, por ejemplo, de los disturbios ocasionados por la Guerra del Golfo del 1990-1991 cuando por primera y única vez el flujo de turistas extranjeros disminuyo sensiblemente (un 9.7%).
Por supuesto, el choque externo más importante que ha sufrido hasta ahora nuestra industria turística ha sido la pandemia del COVID-19. En vista de que se cerraron los aeropuertos y se cancelaron los vuelos y los barcos cruceros, el flujo de visitantes colapsó en el 2020. Las cuarentena de la población añadió mayor daño a las pocas operaciones hoteleras que quedaron abiertas. La Gripe Española de 1918 mató a unos 40 millones de personas y el Covid-19 solo a unos cinco millones. Pero para nuestra industria turística el daño provocado por esta última pandemia fue desastroso. La recuperación comenzó en el 2022 cuando la “demanda comprimida” abrió las puertas de los viajes nuevamente. Un vuelco estruendoso de turistas comenzó a finales de ese año y se ralentiza –o normaliza– en el 2024.
Un acontecimiento geopolítico de gran significación ha sido la Guerra de Rusia-Ucrania, la cual comenzó en el 2022 y lleva ya unos cuatro años. Previo a esa guerra nuestro destino turístico atraía a una gran cantidad de turistas rusos y ucranianos: en el 2019 fueron 85,000 ucranianos y 239,000 rusos. Al estallar el conflicto había en el pais unos 3,000 huéspedes de nacionalidad ucraniana que hubo que repatriar a Polonia en vuelos fletados. De los rusos no se tienen las cifras, pero basta decir que en diciembre del 2021 llegaban a Punta Cana seis vuelos semanales de Rusia, incluyendo desde dos ciudades siberianas (en vuelos de 16 horas).
Hoy día todavía la guerra de Ucrania y Rusia no tiene visos de resolverse, mientras Israel y EEUU han emprendido un ataque contra Irán que está ya teniendo graves repercusiones sobre la economía mundial. No es solo la incertidumbre que golpea las transacciones internacionales, la inflación y el negativo impacto sobre los medios de transporte (especialmente la aviación comercial). Es también que la disminución de la actividad económica trae como consecuencia menores ingresos personales disponibles. Los pronósticos sobre ambas guerras deben necesariamente ser reservados en tanto es imposible predecir la evolución de esos conflictos. Si a eso se ánade la incertidumbre causada por las tratativas arancelarias del presidente Trump, luce que el panorama mundial permanecerá enrarecido en el corto y tal vez hasta en el mediano plazo.
Previo a la guerra de Iran se esperaba que nuestro flujo turístico sintiera el benéfico efecto de las calamidades públicas que han afectado duramente a nuestros mayores competidores turísticos regionales. Pero esa expectativa debe ahora temperarse por el impacto de la citada guerra. Es difícil ser optimista sobre la conservación del crecimiento del flujo turístico hacia nuestro pais. Pero mientras no hayan derivaciones terroristas en el Caribe no parece haber causa de alarma, aunque si de preocupación.