El machismo invisible: ¿la antesala del feminicidio?

Por Rafael Sanz (CDP).

Cada vez que una mujer es asesinada por su pareja o expareja, la sociedad suele concentrar su mirada en los últimos minutos de la tragedia. ¿Se preguntan qué ocurrió?  ¿Qué provocó la reacción del agresor? Sin embargo, la pregunta más importante debería ser otra: ¿Qué ocurrió durante los meses o años anteriores para que un hombre llegara a creer que tenía autoridad para decidir sobre la vida de un ser humano?

El feminicidio no surge de la nada. Generalmente está precedido por señales, amenazas, humillaciones y conductas de control que forman parte de una estructura de poder aprendida y normalizada. El problema no comienza únicamente con el hombre que golpea, sino con aquel que, sin advertir la gravedad de sus actos, considera que su condición de esposo, novio o proveedor le concede privilegios sobre la autonomía de la mujer.

El machista no siempre grita ni deja heridas en el cuerpo. Es probable que se presente disfrazado de preocupación, protección y amor. Aunque sutil a veces, comienza a controlar las amistades de su pareja, vigila su teléfono, exige conocer cada uno de sus movimientos o interpreta los celos como prueba de afecto. Además, se inmiscuye en la forma de cómo debe vestir su pareja, adónde debe ir o con quién puede hablar.

Estas conductas suelen pasar inadvertidas porque han sido convertidas en parte de la normalidad durante generaciones. La cultura ha presentado al hombre como la máxima autoridad del hogar y a la mujer como responsable de complacer, obedecer y preservar la relación, aun a costa de su propia dignidad. Por tal razón, el control puede confundirse con cuidado, la subordinación con compromiso y el silencio con armonía familiar.

La cultura determina, en gran medida, el tipo de ciudadano que una sociedad forma, y la crianza constituye uno de los factores más decisivos en ese proceso. Las ideas machistas no aparecen espontáneamente ni vienen del planeta Marte. Estas se aprenden en el hogar desde los primeros años de vida mediante los ejemplos, las instrucciones y la distribución desigual de responsabilidades.

Estas ideas se enseñan cuando al niño se le permite aquello que se le prohíbe a la niña; cuando se asignan los oficios domésticos únicamente a las niñas; cuando se reprime la sensibilidad masculina con expresiones como “los hombres no lloran”; o cuando se tolera que el padre decida mientras la madre obedece. También se fortalecen mediante las actitudes de familiares, vecinos, amigos, docentes, líderes comunitarios y los contenidos que consumimos diariamente en las redes sociales.

La psicología ha demostrado que se aprende mucho de los modelos observados en el entorno. Un niño que crece viendo que la voluntad masculina se impone, puede llegar a la adultez convencido de que esa es la forma natural de convivir. No necesita declarar que la mujer es inferior; basta con comportarse como si su opinión valiera menos, como si su libertad necesitara autorización o como si su proyecto de vida debiera permanecer subordinado al suyo.

El peligro alcanza su mayor intensidad cuando la mujer decide terminar una relación. Para un hombre emocionalmente sano, una separación representa una experiencia dolorosa que debe procesarse con madurez. Sin embargo, cuando el vínculo ha sido construido sobre la posesión y no sobre el respeto, la decisión femenina puede ser interpretada como una humillación o una rebelión intolerable.

En ese momento, la mujer deja de ser vista como una persona libre y pasa a ser percibida como una propiedad que intenta escapar del control. De esa mentalidad nace una de las frases más crueles y peligrosas de nuestra cultura: “Si no eres mía, no serás de nadie”.

Esa expresión no habla de amor, habla de dominio. Nadie asesina a quien ama. El amor reconoce la libertad, mientras que la posesión intenta destruirla. Pero la reflexión no puede detenerse en el agresor. También debe alcanzar a las instituciones llamadas a prevenir, proteger y sancionar.

Cuando una mujer manifiesta que teme por su vida, el Estado no puede responder solamente con formularios, citas y trámites administrativos; debe activar mecanismos eficaces e inmediatos de protección.

La violencia contra las mujeres es un grave problema social, de salud pública y de derechos humanos. Detrás de cada feminicidio queda una familia destruida, hijos marcados por el trauma y una comunidad que vuelve a preguntarse cómo fue posible llegar a semejante desenlace. Sin embargo, la prevención no comienza en los tribunales. Comienza mucho antes, con una fuerte educación en valores desde el hogar.

Necesitamos formar hombres capaces de comprender que el amor jamás otorga derechos de propiedad; que una mujer no pierde su libertad al casarse; que una expareja conserva intacta su dignidad y su autonomía; que los celos solo justifican inseguridad y que ninguna frustración autoriza la violencia.

El hombre debe aprender que expresar sus emociones no lo hace débil, que pedir ayuda psicológica no disminuye su masculinidad y que aceptar un rechazo es parte de la madurez. La verdadera fortaleza de un hombre no se demuestra imponiendo miedo, sino ejerciendo autocontrol, respeto y responsabilidad.

Cuando confundimos protección con control, autoridad con superioridad, silencio con obediencia y amor con posesión, es el momento de saber que existe un machismo invisible, por tanto; para erradicar el feminicidio es importante comprender que el elemento fundamental en todo esto es una educación basada en valores sociales.  

Debemos parar las lágrimas derramadas en los cementerios y cuestionar lo que enseñamos en nuestros hogares. Porque el feminicidio es el desenlace visible de una violencia que comenzó siendo tolerada, aprendida y silenciosa. Si en verdad queremos detenerla, no basta con condenar el último acto: debemos impedir que se sigan sembrando las ideas que lo hacen posible.

Franklin Santos: