El espejismo de TikTok y la política de la forma

Confundir novedad con renovación es una vieja trampa de la política; en este tiempo, esa trampa tiene otra velocidad: la forma circula más rápido que el fondo, la imagen pesa más que el programa y muchos electores corren el riesgo de decidir con los mismos reflejos con que se mira un video breve; una impresión rápida, una emoción inmediata, un gesto de simpatía o rechazo, y luego el impulso de seguir adelante sin detenerse demasiado en las consecuencias. Sociedades cansadas de los mismos rostros y de los mismos modos de ejercer el poder buscan señales de cambio en la edad, en el tono, en la irreverencia o en la capacidad de producir ruido. Esa búsqueda puede ser legítima; ningún pueblo está obligado a resignarse a sus élites agotadas. El problema aparece cuando la impaciencia sustituye al juicio y la apariencia ocupa el lugar de las ideas.

Lo nuevo, por sí solo, no dice mucho; una persona joven puede cargar ideas viejas, autoritarias o vacías; una persona de edad avanzada puede defender una plataforma progresista. El problema, por tanto, no es generacional, sino político y cultural. La política no envejece únicamente por los años de sus dirigentes, sino por la pobreza de sus respuestas, por la repetición de sus vicios y por la renuncia a pensar las transformaciones que el Estado demanda. Del mismo modo, la juventud no garantiza conocimiento del gobierno, sensibilidad social ni vocación democrática. Puede traer energía y cercanía con ciertos sectores; pero si no trae programa, método y comprensión de la realidad, corre el riesgo de convertirse en simple apariencia de relevo.

Lo ocurrido recientemente en Nueva York, donde candidaturas respaldadas por nuevas corrientes políticas derrotaron figuras asociadas al liderazgo tradicional demócrata, merece observarse con atención y cautela. No conviene reducir esos resultados a una rebelión generacional ni celebrarlos como si toda derrota de un incumbente fuese una victoria del futuro. Puede haber ahí organización, trabajo territorial y demandas reales de vivienda, costo de vida, servicios y representación; también, como ocurre en toda ola política, identidad, emoción, rechazo y deseo de castigar a quienes parecen haber perdido contacto con la comunidad.

El peligro mayor no está únicamente en que ciertas ideas extremas ganen espacio, sino en que muchas veces ni siquiera estamos frente a ideas en sentido estricto, sino ante emociones que se organizan como doctrina: indignación convertida en identidad, etiquetas morales que sustituyen el análisis, gestos de ruptura presentados como programa y liderazgos que no necesitan explicar demasiado porque les basta con encarnar el enojo de una audiencia. Esa sensibilidad puede ganar elecciones porque ofrece una satisfacción inmediata; castiga al liderazgo tradicional y simplifica problemas complejos. Pero gobernar exige pensamiento, límites, instituciones, presupuesto, equipos, derecho y responsabilidad frente a las consecuencias.

Un ejemplo aparece en la manera en que ciertos debates sobre República Dominicana y Haití han sido convertidos, sobre todo desde algunos espacios intelectuales y activistas de la diáspora, en una acusación general contra el dominicano. Sería absurdo negar que en el país existen prejuicios, prácticas discriminatorias y una historia compleja de relación con Haití, como sucede viceversa; pero otra cosa es convertir a toda una sociedad en chivo expiatorio moral, como si el rechazo racial, la xenofobia y la exclusión del migrante no atravesaran también a América Latina, Estados Unidos, Europa y buena parte del mundo. Esa simplificación no busca entender; no examina la frontera, el Estado, la pobreza, la informalidad laboral, la presión migratoria, la historia ni el derecho internacional; prefiere fijar una etiqueta y olvidar el resto.

América Latina conoce bien esa deriva. En Argentina, la política de la ruptura convirtió el hartazgo en identidad electoral, con visibles consecuencias; en Colombia, ciertos liderazgos de temperamento muestran cómo el gesto duro y la promesa de orden pueden pesar tanto como el programa. El Salvador ofrece una advertencia aun más evidente: Nayib Bukele ha construido una legitimidad electoral poderosa sobre una promesa de seguridad que muchos salvadoreños sienten en la vida diaria; negar ese dato sería desconocer el miedo real que produjeron las maras. Pero esa eficacia inmediata ha venido acompañada de un costo institucional enorme: régimen de excepción sin final visible, debilitamiento de garantías constitucionales, concentración del poder y una idea peligrosa según la cual la seguridad puede justificarlo casi todo. La historia conoce demasiados regímenes de fuerza levantados sobre una supuesta ley y orden que termina ofreciendo garantías solo a quienes detentan el poder. Cuando el poder opera sin controles, la violencia no desaparece necesariamente; muchas veces cambia de domicilio.

La República Dominicana debería mirar esas señales con especial atención a su historia. Nuestros partidos han abusado de la paciencia de varias generaciones. Han pedido disciplina sin abrir caminos, juventud sin relevo, militancia sin competencia, obediencia sin reglas claras. De ese modo es normal que otros actores ocupen el vacío: comunicadores, empresarios de la atención, figuras de entretenimiento, líderes de comunidades digitales o personajes capaces de convertir seguidores en una forma primaria de fuerza política. La política no es propiedad privada de ninguna cúpula; pero un partido tampoco puede convertirse en franquicia disponible para quien llegue con audiencia, dinero o capacidad de ruido.

Por eso el caso de Santiago Matías, Alofoke, preocupa y merece análisis. Que se hable de una posible aspiración presidencial suya, incluso vinculada al Partido Reformista Social Cristiano, revela algo más grave que la pérdida del monopolio simbólico de la política formal. Revela que algunos partidos tradicionales, urgidos de relevancia, podrían estar dispuestos a negociar principios, historia y siglas sin examinar con rigor la trayectoria pública, el origen de las riquezas, los intereses que rodean a sus posibles candidatos y la idea de país que dicen representar. Las redes ya no son un mundo separado de la política; son parte del territorio donde se construyen adhesiones, emociones y sentido de pertenencia; pero no debe confundirse influencia digital con capacidad de gobernar, comunidad de seguidores con ciudadanía organizada, ni popularidad con solvencia ética.

La tarea democrática consiste en exigir pensamiento, reglas, programa y responsabilidad a todos; a los liderazgos tradicionales hay que reclamarles renovación verdadera; a las figuras emergentes, algo más que carisma, valentía escénica o dominio de la conversación digital.

El relevo que vale la pena no es biológico, sino intelectual, ético e institucional. No se trata de cambiar una edad por otra ni una voz gastada por una voz más ruidosa. Se trata de saber si detrás de la novedad hay una idea de país. Cuando esa pregunta desaparece, lo nuevo se vuelve espejismo; y cuando una sociedad empieza a votar por corazonadas, la democracia queda en manos de quien mejor sepa administrar sus miedos, sus rabias o sus entusiasmos.

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