¿Cuál es el origen de ciertas combinaciones deleitosas que disfrutamos y aceptamos sin cuestionarlas; ignorando cómo se universalizan y lograron convertirse en rituales cotidianos? No acostumbramos a cuestionar ese fenómeno, conscientes de que mucho entender apaga el goce
Sobran ejemplos de aparejamientos sabrosos y permanentes:
El pan con la mantequilla.
El limón que exulta al pescado.
El churro untado de chocolate.
Cervezas enamoradas del quipe.
Café con leche.
El ron y la Coca Cola.
El whisky con soda.
Arroz roseado de habichuelas.
La armonía entre el aguacate y el sancocho.
El café y el cigarrillo.
Naranja y leche que mueren soñando.
Jamón y queso, siempre amigos.
El espagueti animado por la salsa de tomate
Cine y cocaleca.
Dulce de guayaba y queso blanco.
El sargento con barriga.
La melena y los poetas.
La boina y el pintor, tradición francesa.
Podría seguir recordando otras combinaciones y hábitos gozosos; emparejamientos y costumbres misteriosas que, como reliquia de santo, veneramos sin entenderlas; hijas de costumbres y casualidades que deleitan sin molestar. Pero existen simultáneamente, entorpeciendo a las buenas otras malas, costumbres desagradables que nos cuesta entender y quisiéramos eliminarla lo antes posible. Pero vienen del poder.
Hábitos desagradables que resultan difíciles de corregir y de entender; lo que hace que terminemos aceptándolas sin importarnos lo mucho que nos afectan. Incluso, tomamos el sin sentido como algo del oficio del político- rutinario como desayunar pan con mantequilla, o fumarse un cigarrillo luego del café-, hasta el punto, que sospechó que se gozan de la perplejidad que ocasionan.
Carentes de información- sin datos precisos con los que podamos convertir lo ilógico en lógico- tiramos la toalla. Entonces, contrario a la sonrisa que provoca un sargento barrigón o el regusto de un arroz con habichuelas, las combinaciones del liderazgo nacional nos mantienen desconcertados y desesperanzados. A veces con deseos de vomitar.
Leyendo y escuchando a los expertos explicar enjundiosos esos despropósitos; sean de carácter económico, político, social o religioso- trátese de las tres causales, del código penal, laboral, o policial-, algunas veces quedo convencido de que aciertan y logran adentrarse en el meollo de esos asuntos. Sin embargo, la más de las veces tengo la sensación que dejan demasiados cabos sueltos. Además, pasa el tiempo y sigue igual el comportamiento del liderazgo.
Intuyo, que la clave de esa duda, la razón que persistan tantos despropósitos en la clase gobernante, se encuentra en ocultos subterránea del poder; antros de los que sabemos poco y donde asisten mansos y cimarrones a negociar. Allí solidifican hábitos, crean combinaciones y se apoyan unos a otros en secreto. Sólo ellos acceden a esos oscuros cenáculos y pactan. El resultado es que cualquier analista carece de las informaciones precisas: “Saben de la misa la mitad”. Desconocen demasiado incógnitas.
Es imposible armar un rompecabezas con las piezas ocultas en un subterráneo. Se hace más fácil saber quién inventó el café con leche, que conocer la verdad de lo que se dice y acuerda en los pasillos secretos de la clase gobernante.
Existen combinaciones placenteras como las citadas al comienzo de este artículo y, al mismo tiempo, sufrimos otras que terminan alterando la vida del colectivo, produciendo frutos dulces para unos y desconcierto y amarguras para otros. De no ser como lo cuento, que alguien me facilite otra explicación.