En su artículo reciente, «How U.S. Initiatives are Impacting China in Latin America», publicado en Expediente Abierto, el Dr. R. Evan Ellis sostiene que las recientes iniciativas de Estados Unidos han complicado el avance chino en algunos países de la región, pero no han eliminado su presencia ni neutralizado del todo sus intereses estratégicos. Advierte además que ciertas medidas de Washington, si se perciben como coercitivas y no van acompañadas de alternativas económicas creíbles, podrían incluso empujar a algunos gobiernos latinoamericanos a acercarse más a Pekín. Es una crítica seria, y merece ser tomada en serio.
Pero el error aparece cuando algunos interpretan el éxito estratégico de Estados Unidos como si la única prueba válida fuera la expulsión inmediata de China del hemisferio. Ese no es un estándar serio. Y menos aún, uno realista.
La pregunta no es si China todavía tiene puertos, contratos, préstamos, telecomunicaciones o amigos políticos en América Latina. Claro que los tiene. La verdadera pregunta es otra: si Estados Unidos finalmente está restableciendo el principio de que el hemisferio occidental no es un terreno libre para que una potencia rival convierta presencia comercial en poder geopolítico duradero.
Durante demasiado tiempo, Washington se engañó a sí mismo. Trató la expansión china como si fuera simple comercio. Un puerto era solo un puerto. Una red digital era solo una red digital. Un préstamo era solo un préstamo. Pero China nunca pensó así. Pekín entendió desde el principio que infraestructura, logística, tecnología, financiamiento y captura de élites podían traducirse en influencia estratégica sin disparar un solo tiro. Ese carácter estratégico del avance chino en la región ha sido señalado incluso por el propio Ellis en otros análisis. (ssi.armywarcollege.edu)
Por eso, cuando Washington empieza a reaccionar —de manera imperfecta, áspera o tardía— no necesariamente está fracasando porque China siga ahí. Puede estar haciendo algo mucho más importante: volver a imponer costo, riesgo y fricción a una expansión que durante años gozó de comodidad estratégica.
Eso es lo que muchos críticos no quieren ver. Repiten, casi con satisfacción: «China sigue presente». Exactamente. Esto nunca iba a ser una operación de limpieza instantánea. Se trata de romper la normalidad. De obligar a Gobiernos, empresarios y élites políticas a entender que entregar puertos, infraestructura crítica, redes digitales, minerales estratégicos o corredores logísticos a Pekín ya no será una decisión sin consecuencias.
Y ese cambio ya comenzó.
La propia Administración estadounidense ha empezado a decirlo con claridad. En febrero de 2026, el secretario de Estado Marco Rubio afirmó que Washington está volviendo a dar prioridad al hemisferio occidental después de haberlo ignorado durante mucho tiempo. Más allá de estilos o simpatías, el mensaje estratégico es claro: América Latina ya no será tratada como periferia diplomática. (state.gov)
Ellis tiene razón en una cosa esencial: la presión, por sí sola, no basta. Estados Unidos tendrá que ofrecer inversión, mercados, cadenas seguras de suministro, energía, nearshoring y cooperación real. Sin una alternativa creíble, la estrategia quedará coja. (expedienteabierto.org)
Pero de ahí no se desprende que la presión estratégica sea ilegítima. Las grandes potencias no defienden sus espacios vitales con ingenuidad. Los defienden fijando límites. China lo ha hecho siempre. Estados Unidos simplemente había dejado de hacerlo.
Lo que estamos viendo no es el fracaso de una estrategia porque China no haya sido desalojada en meses. Lo que estamos viendo es el fin de una larga indulgencia. Se acabó la fantasía de que el avance chino en las Américas era solo comercio inocente. Se acabó también la ilusión de que Estados Unidos podía ausentarse estratégicamente del hemisferio sin pagar un precio.
Ellis ve que China sigue ahí y concluye que Washington ha logrado poco.
La lectura más dura —y probablemente la correcta— es otra: después de años de ceguera, Estados Unidos por fin está recordando que el hemisferio no puede quedar abierto, sin resistencia, al largo juego de Pekín.
Ese no es el fracaso de una estrategia.
Es su comienzo.























