En la ciudad de San Francisco de Macorís, existe una tradición urbana que durante años ha generado tanta adrenalina como controversia: la llamada “Carrera de la Muerte”. Un evento informal, espontáneo y peligroso, que cada 27 de febrero reunía a decenas de jóvenes alrededor del parque Los Restauradores, justo al lado del cementerio municipal, para girar a toda velocidad sin protección alguna… y sin ningún propósito competitivo real.
No había premios.
No había reglas.
No había seguridad.
Solo velocidad, riesgo y la ilusión de demostrar valentía frente a los demás.
Durante años, esta práctica dejó su huella: caídas, choques, lesiones y momentos de tensión que pudieron terminar en tragedias mayores. Para algunos, era tradición. Para otros, una imprudencia colectiva tolerada por costumbre.
Pero los tiempos han cambiado, hoy, realizar esa carrera es cada vez más difícil, principalmente por la presencia constante y la vigilancia activa de la Policía Nacional, bajo la dirección del general Dionisio Natera Melenciano, quien ha asumido con firmeza el control de esta situación que por años escapó de toda regulación.
Y ahí surge el verdadero debate, muchos ciudadanos consideran que impedir la carrera es acabar con una tradición juvenil, con una manifestación espontánea de identidad urbana y libertad. Para ellos, se trata de una expresión cultural, un ritual de valentía que forma parte de la historia popular de la ciudad.
Pero desde la otra orilla, la institucional, la legal, la responsable, las autoridades cumplen con lo que la ley y el sentido común demandan: prevenir tragedias antes de que ocurran. Porque gobernar también implica decir “no”, incluso cuando ese “no” resulta impopular.
La pregunta que debemos hacernos no es si la carrera es emocionante, ni si forma parte del folclore local. La verdadera pregunta es más simple y más profunda:
¿Vale la pena arriesgar vidas por unos minutos de adrenalina sin sentido?
La libertad no puede confundirse con imprudencia, la tradición no puede estar por encima de la vida y la diversión jamás debería depender del peligro real de morir o quedar con lesiones permanentes. Las autoridades no están apagando una fiesta… están evitando funerales.
Reflexión a los jóvenes
Ser joven no significa ser invencible, la emoción del momento pasa, pero las consecuencias pueden quedarse para siempre, la verdadera valentía no está en acelerar sin protección, sino en saber cuándo detenerse, pensar y actuar con responsabilidad.
Hoy más que nunca, el llamado es a la cordura, a la sensatez y al respeto por la vida propia y la de los demás, porque ninguna tradición, por popular que sea, merece escribirse con sangre.



























