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Del niño maltratado al hombre violento ¿La violencia se aprende?

La violencia generará un cerebro violento a la siguiente generación. Dr. Eduardo Calixto 

El hombre con comportamientos violentos no se hace de la noche a la mañana. Detrás hay un niño que fue maltratado, humillado, que ha sufrido abuso sexual o por negligencia (escasez, privación, frustración social) y que ha sido receptor de la violencia.

Los cerebros de los niños y adolescentes están en proceso de madurez, por lo que sus neuronas y estructuras cerebrales son sensibles al ambiente en el que se desarrollan, así que pueden ser modificadas si se encuentran en un ambiente hostil, violento o con miedo. La violencia se aprende en el hogar; igualmente, los sesgos en ese ámbito se retroalimentan socialmente.

Para explicar la violencia humana hay que partir de tres bases: biológica, psicológica y social. Para comprender qué condicionó a un niño o adolescente a ser violento en la adultez, tenemos que explorar cómo fue su infancia, las relaciones parentales, el estilo de parentalidad, si estuvo expuesto a la violencia (ejercida generalmente por el padre contra la madre) y si fue repetitiva. Si fue violentado, abusado sexualmente o por negligencia, el impacto en las conexiones neuronales fue inadecuado. Si, además, vive en una cultura y en un entorno que normaliza y justifica la violencia, el impacto será mayor porque no cuenta con un contexto de apoyo, seguro y protector.

El doctor Eduardo Calixto plantea que en los menores de edad entre los 7 y 14 años el cerebro aprende conductas que repetirá con mayor frecuencia a lo largo de la vida. Nos dice que «hay un determinismo psicológico y social sobre el sustrato biológico», es decir, que el cerebro cambia según se establezcan las conexiones neuronales de acuerdo con las experiencias. Si un niño es testigo de la violencia o la recibe repetidamente, cuando sea adulto será violento.

La violencia en la infancia, que es el periodo fértil de conectividad neuronal, la afecta y cambia la conexión entre la amígdala cerebral, el giro del cíngulo y el hipocampo. Otras áreas cerebrales se verán afectadas: la corteza prefrontal disminuye su conectividad y también tendrá reducido el sustrato neuronal.

Los estudios con resonancia magnética han podido detectar cuándo una persona pierde el control de la corteza prefrontal y el de sus compulsiones. El área más inteligente no le funciona bien, pero sus capacidades intelectuales no están afectadas; tienen la capacidad para planear y consumar sus actos violentos o feminicidas. Ahora bien, hay hombres agresivos que no tienen alteraciones en la corteza prefrontal. Tampoco hay que generalizar en el sentido de que todos los que presentan estas características terminan cometiendo un feminicidio (Echeburúa).

¿Qué sucede? Cambian la conexión entre el hipocampo (memoria, aprendizaje), el giro del cíngulo (interpreta, procesamiento de emociones intensas) y la amígdala cerebral (centro del procesamiento emocional) que detecta las amenazas o agresiones. En la etapa adulta no identificará la violencia, justificará sus agresiones, perderá la sensibilidad de asumir las consecuencias negativas de sus actos y, por ende, normalizará la violencia y se adaptará a ella. De adultos no mostrarán empatía y reaccionarán con enfado ante el malestar de los otros. Las neuronas de los niños y los jóvenes son más vulnerables en los ambientes adversos. Los niños víctimas se convierten en victimarios (Calixto, Barudy, Echeburúa, Dutton y Golant).

Los actos violentos de los padres, los abusos físicos y emocionales, la negligencia y el maltrato cambian las conexiones entre la amígdala cerebral, el giro del cíngulo y el hipocampo.

En un contexto adverso, donde se es víctima de violencia, la corteza prefrontal disminuye su conectividad y se reduce el sustrato neuronal, así que, además de ser violento, el individuo no se sentirá feliz ni tampoco integrado a la sociedad. Sus funciones ejecutivas —toma de decisiones, control de los impulsos, regulación emocional y el respeto a los límites sociales y personales de los demás— se ven alteradas.

Los eventos violentos que experimentan los menores de edad impactan negativamente, cambian su futuro e inducen modificaciones en la anatomía del cerebro y el estado neuroquímico.

Es prudente destacar que para que un agresor o un feminicida inicie un tratamiento debe comprender su responsabilidad, reconocer sus actos y que su conducta es consecuencia de sus decisiones. Esto ayudará a una modificación con la reestructuración de las conexiones de la corteza prefrontal y si, además, asiste a la terapia cognitiva conductual y se entrena en la meditación, podría modificar las conexiones neurológicas, un proceso que podría tardar meses o años.

La tesis doctoral presentada por Natalia Bueso Izquierdo, titulada «La mente del hombre maltratador: una perspectiva neurocientífica» (2017), analizó el funcionamiento neuropsicológico y cerebral de hombres maltratadores comparados con otros hombres condenados por delitos diferentes. Sus hallazgos revelaron que los hombres maltratadores presentaron un perfil diferente en el funcionamiento cerebral al ver contenidos de violencia de género. Respecto al procesamiento emocional a nivel estructural, los maltratadores tuvieron menos grosor cortical (orbitofrontal), en la línea media (cíngulo anterior y posterior) y áreas límbicas (ínsula, parahipocampal), y una menor activación en la corteza prefrontal superior ante imágenes de violencia de género que los condenados por otros delitos. Los autores plantean que las diferencias encontradas a nivel estructural y funcional no se deben a lesiones provocadas por daño cerebral ni a la existencia de regiones anormales en el cerebro.

En la República Dominicana, el Centro de Diagnóstico y Medicina Avanzada de Conferencias Médicas y Telemedicina (Cedimat), la Universidad Autónoma de Santo Domingo y la Fundación Manantial de Vida realizaron en 2026 la investigación titulada «Marcadores neurológicos y neuropsicológicos de feminicidas: una investigación con resonancia magnética», en la que compararon tres grupos de hombres: condenados por feminicidio, remitidos al Centro Conductual para Hombres por violencia contra sus parejas y un grupo control sin historial de violencia. El objetivo fue analizar las diferencias en la estructura cerebral, la respuesta a estímulos emocionales y el funcionamiento cognitivo y conductual. Dentro de los hallazgos relevantes encontraron que «el grupo de feminicidas mostró menor densidad de materia gris en regiones cerebrales vinculadas al control del comportamiento y la regulación emocional, así como alteraciones en la conectividad de la amígdala, estructura clave en el procesamiento del miedo y las emociones» (Cedimat, 2026). Además, presentan escaso control de los impulsos y dificultades para regular las emociones cuando se encuentran en situaciones con intensidad emocional, así como patrones de pensamientos rígidos. También se encontró tendencia a la autocrítica e inseguridad. Un factor a tomar en cuenta en el estudio es que quienes habían cometido feminicidios tenían una relación con sus padres ausentes o una distancia significativa con ellos. Además, habían cursado escolaridad baja.

Los estudios presentados tienen en común la figura del padre y los distintos tipos de abuso en la infancia. En el caso de la República Dominicana podría inferirse que, en un país en el que el 64 % de los niños, niñas y adolescentes son víctimas de malos tratos en sus hogares, no podremos hablar de prevención eficaz si no se modifica el modelo de crianza punitivo, realidad que se complejiza si, además, son testigos directos o víctimas de la violencia que ejerce el padre contra la madre.

Desde esta edad temprana se normaliza y justifica la violencia.