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Un paso certero al repensar la transformación del Sistema Educativo Dominicano

El Decreto núm. 309-26 emitido por el Poder Ejecutivo constituye, sin lugar a dudas, uno de los pasos más trascendentes que ha dado la República Dominicana en las últimas décadas para repensar de manera integral su sistema educativo y colocarlo en sintonía con los desafíos del siglo XXI.

Más que un instrumento administrativo, este decreto representa una declaración de visión de Estado. Su principal fortaleza radica en que abandona la mirada fragmentada con la que históricamente se han manejado los distintos niveles de la educación dominicana, y propone, en cambio, una perspectiva sistémica, articulada y orientada al futuro. En ese sentido, el decreto no parte únicamente de la discusión coyuntural sobre una eventual fusión institucional, sino que eleva el debate hacia la construcción de un verdadero Sistema Educativo Nacional Integral.

Resulta particularmente acertado que el Decreto reconozca que la transformación educativa no puede limitarse a reorganizar estructuras burocráticas, sino que debe responder a las profundas transformaciones científicas, tecnológicas, económicas y sociales que vive el mundo contemporáneo. En efecto, la educación de hoy ya no puede concebirse separada de la ciencia, la innovación, la tecnología, la investigación y la formación técnico-profesional. El nuevo paradigma exige articular conocimiento, capacidades productivas, ciudadanía democrática y desarrollo humano sostenible.

Uno de los aportes más relevantes del Decreto 309-26 es precisamente haber colocado en el centro de la discusión cinco grandes ejes estratégicos que el país venía abordando de manera dispersa y que ahora aparecen integrados dentro de una sola visión nacional:

  • el aseguramiento de la calidad educativa;
  • la articulación entre educación y mercado laboral;
  • el fortalecimiento de la ciencia, tecnología e innovación;
  • el desarrollo de la investigación educativa;
  • y la consolidación del Marco Nacional de Cualificaciones.

Esta integración conceptual constituye una señal positiva de madurez institucional. La educación ya no se concibe únicamente como escolaridad, sino como el gran motor de movilidad social, productividad nacional, competitividad internacional y fortalecimiento democrático.

Igualmente valioso resulta el hecho de que el Decreto convoque una Consulta Nacional para el Futuro de la Educación Dominicana, de carácter participativo y representativo, que hará posible que todos los sectores se sientan representados en las decisiones adoptadas. Ello demuestra comprensión de que ninguna transformación educativa profunda puede imponerse unilateralmente. Las reformas educativas sostenibles nacen del consenso social, del diálogo técnico y de la legitimidad construida colectivamente.

La inclusión de consultas a lo largo y ancho del país, que alcancen las instituciones representativas de todos los sectores, que incluyan organizaciones ciudadanas y que también alcancen la opinión de expertos nacionales e internacionales fortalece enormemente la legitimidad del proceso y abre la posibilidad de que la futura legislación educativa sea verdaderamente una construcción nacional y no solamente gubernamental.

Otro elemento digno de reconocimiento es que el Decreto no prejuzga ni impone mecánicamente una única fórmula institucional. Aunque plantea la necesidad de avanzar hacia una mayor cohesión y articulación del sistema educativo, deja abierta la reflexión sobre cuáles serían las “alternativas institucionales más adecuadas” para lograr ese propósito. Esa prudencia es importante, porque evita convertir el debate en una confrontación simplista sobre “fusionar o no fusionar”, y permite analizar con serenidad cuál estructura serviría mejor a los intereses del país.

En consecuencia, el verdadero valor histórico de este Decreto no estará únicamente en si culmina o no en un único Ministerio de Educación, sino en que ha abierto formalmente un proceso nacional para redefinir el modelo educativo dominicano desde sus fundamentos, más allá de una reorganización administrativa que no encierra el nuevo modelo que se desea lograr y que la nación demanda.

Y allí reside precisamente el mayor desafío.

La reorganización institucional solo tendrá sentido si está acompañada de una transformación profunda de la calidad de los aprendizajes, de la formación docente, de la investigación científica, de la gobernanza educativa y de la articulación efectiva entre educación y desarrollo nacional. De nada serviría modificar organigramas si no se transforma la experiencia educativa real de los niños, adolescentes, jóvenes y adultos dominicanos.

Por ello, el país debe aprovechar esta oportunidad histórica para avanzar hacia un sistema educativo:

  • más coherente;
  • más articulado;
  • menos fragmentado;
  • basado en evidencias;
  • conectado con la economía del conocimiento;
  • y preparado para la revolución tecnológica y la inteligencia artificial.

El Decreto 309-26 parece comprender esa necesidad cuando vincula explícitamente educación, ciencia, innovación y tecnología como componentes inseparables del desarrollo nacional.

Asimismo, es especialmente positivo que se reconozca la necesidad de fortalecer un ecosistema nacional de investigación educativa. Durante décadas, muchas decisiones educativas han descansado más en intuiciones, presiones coyunturales o cambios políticos que en evidencia científica sostenida. Un verdadero sistema moderno requiere información, monitoreo, evaluación e investigación permanente para orientar políticas públicas inteligentes y sostenibles.

Desde una perspectiva estratégica, este Decreto también tiene la virtud de conectar la futura transformación educativa con instrumentos ya existentes del Estado dominicano, como la Estrategia Nacional de Desarrollo, el Pacto Nacional por la Educación y el Marco Nacional de Cualificaciones. Eso ayuda a evitar improvisaciones y a construir continuidad institucional.

Ahora bien, el éxito del proceso dependerá de varios factores fundamentales:

  1. Que prevalezca el criterio técnico sobre las visiones partidarias.
  2. Que el diálogo nacional sea auténtico y no meramente formal.
  3. Que se preserve la autonomía académica de la educación superior.
  4. Que INFOTEP sea reconocido como pieza estratégica del desarrollo productivo nacional.
  5. Que el aseguramiento de la calidad no sea solo normativo, sino operativo y verificable.
  6. Que la transformación curricular incorpore competencias para la economía digital, la ciudadanía democrática y la ética frente a la inteligencia artificial.
  7. Y, sobre todo, que las decisiones finales respondan a una visión de largo plazo y no a urgencias coyunturales.

La República Dominicana tiene ante sí una oportunidad extraordinaria. Pocas veces una nación dispone simultáneamente de voluntad política, experiencia acumulada, consenso social emergente y conciencia pública sobre la necesidad de transformar la educación.

El Decreto 309-26 puede convertirse en el punto de partida de un nuevo diseño educativo nacional, siempre que el país entienda que transformar la educación no significa únicamente reorganizar instituciones, sino redefinir el proyecto de nación que queremos construir para las próximas generaciones.

Porque al final, las grandes transformaciones educativas no se miden por la cantidad de estructuras que se modifican, sino por la capacidad de un sistema para formar ciudadanos libres, críticos, éticos, productivos y profundamente humanos.