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¿Por qué China y Rusia no están en la primera línea en la guerra de Irán?

En cada escalada militar contra la República Islámica surge la misma pregunta: ¿por qué China y Rusia no aparecen en la primera fila de combate junto a Irán? La interrogante parte de una premisa equivocada. No es que Irán esté abandonado ni aislado; es que la naturaleza de esta confrontación no exige —ni conviene— que Moscú o Pekín entren directamente en la guerra. Irán no es un protectorado ni un Estado dependiente. Es una potencia regional que durante más de cuatro décadas ha estudiado, diseccionado y aprendido el modo de guerra del imperialismo estadounidense.

La historia reciente demuestra que Irán no ha sobrevivido por casualidad. Desde la revolución de 1979, la República Islámica ha enfrentado sanciones, sabotajes, asesinatos selectivos, guerras indirectas y amenazas de invasión. Durante todo ese tiempo, Teherán ha convertido la hostilidad permanente de Washington en una escuela estratégica. Mientras Estados Unidos libraba guerras en Irak, Afganistán, Siria o Libia, Irán observaba cada operación como un laboratorio militar del cual extraer lecciones.

La primera conclusión iraní fue sencilla: no se puede vencer al imperialismo con la misma lógica del imperio. Estados Unidos está construido para guerras convencionales de alta tecnología, grandes despliegues y dominio aéreo absoluto. Pretender derrotarlo copiando ese modelo sería suicida. Por eso Irán desarrolló otra doctrina: guerra asimétrica, misiles de saturación, redes regionales de aliados, drones baratos y una defensa territorial capaz de hacer cualquier invasión extremadamente costosa.

Esa doctrina es el resultado de décadas de estudio sistemático del aparato militar estadounidense. Irán observó las campañas de “shock and awe” en Irak, analizó la dependencia norteamericana de bases y portaaviones, y comprendió el talón de Aquiles del imperialismo: su incapacidad para sostener guerras largas con grandes pérdidas humanas.

Al mismo tiempo, Irán construyó una arquitectura militar propia alrededor del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, una fuerza diseñada para resistir guerras prolongadas, operaciones clandestinas y conflictos híbridos.

El resultado es un sistema defensivo que no busca derrotar al enemigo en una batalla frontal, sino agotarlo, dispersarlo y hacer insostenible su presencia en la región.

El papel real de China y Rusia

Ahora bien, que China y Rusia no aparezcan en primera línea no significa que estén ausentes. La relación con Irán forma parte de una estrategia más amplia de construcción de un mundo multipolar. Moscú y Pekín han proporcionado cooperación tecnológica, inteligencia satelital, sistemas de defensa y armamento avanzado que fortalecen la capacidad iraní.

Ese apoyo silencioso es mucho más eficaz que una intervención directa.

China, por ejemplo, actúa como respaldo económico y diplomático. Es el principal comprador de petróleo iraní y un actor clave en organismos internacionales, donde puede bloquear o suavizar resoluciones contra Teherán.

Rusia, por su parte, ha contribuido con tecnología militar y sistemas defensivos que fortalecen el escudo iraní frente a ataques aéreos occidentales.

Pero ninguno de los dos países tiene interés en transformar el conflicto en una guerra mundial directa contra Estados Unidos. La geografía, la logística y el riesgo de escalada nuclear hacen que una intervención militar directa sea extremadamente improbable.

En otras palabras: el apoyo existe, pero adopta la forma de cooperación estratégica y no de participación directa en combate.

La estrategia de la “primera línea iraní”

Irán entiende perfectamente este equilibrio. Su doctrina no se basa en depender de aliados externos, sino en convertirse él mismo en el eje de resistencia regional.

A diferencia de muchos Estados que dependen completamente de la protección militar de potencias mayores, Irán ha desarrollado una red de aliados regionales —Hezbollah en el Líbano, movimientos en Irak, Siria y Yemen— que actúan como una profundidad estratégica. Esta estructura crea múltiples frentes potenciales para cualquier agresor y hace imposible aislar el conflicto.

Además, Irán domina uno de los puntos geopolíticos más sensibles del planeta: el estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte crucial del petróleo mundial.

En caso de guerra total, el simple bloqueo de ese paso marítimo podría sacudir la economía global. Ese es un instrumento de disuasión que ningún ejército extranjero puede ignorar.

La lógica del mundo multipolar

La ausencia de China y Rusia en el campo de batalla responde también a una lógica estratégica más amplia. En la política internacional contemporánea, la confrontación directa entre grandes potencias se evita a toda costa. Cada actor actúa en su propio teatro geopolítico.

Rusia está concentrada en Europa oriental y el conflicto ucraniano. China se prepara para el gran pulso estratégico en el Indo-Pacífico. Irán, por su parte, es el actor central en el equilibrio del Medio Oriente.

Este reparto de responsabilidades forma parte de la transición hacia un mundo multipolar. Cada potencia desafía la hegemonía estadounidense en su propia región, evitando una confrontación global simultánea que podría conducir a un conflicto de dimensiones incalculables.

Irán como escuela de resistencia

Pero hay una verdad que suele pasar desapercibida en el análisis occidental: Irán ha convertido la resistencia en una ciencia política y militar.

Durante décadas ha enfrentado sanciones económicas devastadoras, aislamiento diplomático y presión militar constante. En lugar de colapsar, desarrolló industrias militares propias, capacidad misilística avanzada y un sistema político capaz de movilizar a su población en defensa del país.

Ese aprendizaje histórico explica por qué Irán no necesita que otros peleen su guerra. Puede recibir apoyo, tecnología y respaldo político; pero la defensa del territorio y de su soberanía está concebida como una responsabilidad exclusivamente nacional.

La paradoja del imperio

Aquí reside la gran paradoja del conflicto. Estados Unidos cree que puede intimidar a Irán mediante su superioridad militar. Pero esa superioridad fue precisamente lo que obligó a Irán a reinventar la guerra.

Mientras el imperialismo depende de gigantescas máquinas militares costosas, Irán se ha especializado en métodos que neutralizan esa ventaja: misiles baratos, drones, guerra electrónica y redes regionales de aliados.

No es casualidad que muchos estrategas occidentales teman una guerra prolongada contra Irán. No sería una campaña rápida ni un espectáculo tecnológico televisado. Sería una guerra larga, dispersa y políticamente explosiva.

A modo de conclusión

China y Rusia no están en la primera fila del combate, porque no es necesario. Irán no es un Estado cliente que necesite protección externa. Es un actor geopolítico que ha pasado más de cuarenta años preparándose para enfrentar precisamente este tipo de confrontación.

El verdadero error de Washington consiste en creer que enfrenta a un país aislado. En realidad enfrenta a una nación que ha estudiado cada movimiento del ejército norteamericano y ha construido su estrategia en función de ese conocimiento.

Y cuando un país convierte la resistencia en doctrina, la guerra deja de ser un instrumento de dominación para transformarse en el terreno donde el imperialismo puede empezar a perder.