La tragedia que ha enlutado a San Francisco de Macorís tras la explosión de un tanque de gas en una fritura, donde perdió la vida el niño de apenas seis años, Jadier, y varias personas resultaron heridas, ha conmocionado profundamente a toda la sociedad. Ninguna palabra puede aliviar el dolor de una familia que despide a un hijo, ni borrar las imágenes de un hecho que jamás debió ocurrir.
Sin embargo, en medio de tanto dolor, es momento de preguntarnos: ¿podía evitarse esta tragedia? La respuesta es sí.
Durante años hemos normalizado situaciones que representan un peligro para todos. Es común detenerse en un puesto de comida y percibir un fuerte olor a gas. Muchas veces el propietario lo atribuye a una pequeña fuga, mientras los clientes continúan consumiendo sin imaginar que una chispa podría desencadenar una desgracia. Nos hemos acostumbrado a convivir con el riesgo, confiando en que «no pasará nada». Pero la realidad demuestra que sí pasa.
Las autoridades de Salud Pública, los cuerpos de bomberos, los ayuntamientos y las instituciones responsables de supervisar este tipo de negocios deben asumir con mayor firmeza su responsabilidad. No basta con otorgar permisos; es indispensable realizar inspecciones periódicas, verificar las condiciones de seguridad, revisar las instalaciones de gas, exigir el mantenimiento de los equipos y garantizar que cada establecimiento cumpla con las normas establecidas.
Pero la responsabilidad no recae únicamente sobre las autoridades. Los propietarios de negocios también deben entender que la seguridad no es un gasto, sino una inversión para proteger vidas. Un tanque en mal estado, una manguera deteriorada o una conexión improvisada pueden convertirse en una bomba de tiempo.
La muerte del pequeño Jadier debe convertirse en un punto de inflexión. Que este dolor impulse operativos de inspección, capacitaciones obligatorias sobre el manejo seguro del gas, sanciones para quienes incumplan las normas y una mayor conciencia ciudadana para denunciar cualquier establecimiento donde se perciban condiciones peligrosas.
No podemos permitir que, dentro de unos meses, todo quede en el olvido hasta que otra explosión vuelva a enlutar a una familia. Sería una irresponsabilidad colectiva.
Hoy San Francisco de Macorís llora a un angelito que salió de su casa sin imaginar que no volvería. Que su partida nos obligue a actuar y a corregir lo que durante demasiado tiempo hemos ignorado.
El mejor homenaje que podemos hacerle a Jadier es trabajar para que ningún otro niño, ninguna otra madre, ningún otro padre o cualquier ciudadano tenga que sufrir una tragedia similar. Que su memoria nos recuerde que una vida vale mucho más que la indiferencia y que la prevención siempre será el camino más seguro.