Cuando el problema no es el individuo, sino el sistema

La corrupción no es una desviación: es una consecuencia del poder de clase

«Es sabido que, por una fatal coincidencia de circunstancias, los miembros de los gobiernos burgueses son, en su mayoría, corruptos».

Con esta afirmación, escrita en 1932, Máximo Gorki desmontó uno de los grandes mitos del capitalismo: la idea de que la corrupción es el resultado del comportamiento inmoral de algunos individuos.

La ideología dominante intenta convencernos de que la corrupción aparece cuando llegan al poder funcionarios deshonestos. Nos dice que el problema se resuelve sustituyendo a un presidente, cambiando un partido político o aprobando nuevas leyes.

Sin embargo, Gorki nos obliga a mirar más allá de las apariencias.

Desde una perspectiva marxista, la corrupción no puede analizarse como un fenómeno moral aislado. La corrupción es una expresión política de un sistema económico basado en la apropiación privada de la riqueza colectiva.

El capitalismo convierte el dinero en el principal instrumento de poder. Todo tiene un precio,todo se compra y se vende: la fuerza de trabajo, la tierra, la educación, la salud, la cultura,el agua e incluso la conciencia.

¿Por qué debería sorprendernos que el Estado también termine convirtiéndose en una mercancía?

El Estado burgués no es neutral

Carlos Marx y Federico Engels afirmaron que el Estado moderno es el comité encargado de administrar los asuntos de la burguesía.

Lenin profundizó esta idea en El Estado y la revolución, al demostrar que el Estado no es una institución neutral situada por encima de las clases sociales. Es un instrumento de dominación.

Los gobiernos cambian, pero el poder económico permanece.

Los partidos se alternan en el poder, pero los grandes grupos financieros continúan controlando los bancos, las industrias, los medios de comunicación y los recursos estratégicos.

La corrupción surge precisamente de esa relación entre el poder económico y el poder político.

Las grandes corporaciones financian campañas electorales, influyen en las decisiones legislativas, condicionan las políticas públicas y utilizan el aparato estatal para garantizar la defensa de sus intereses.

No se trata de una anomalía.

Se trata del funcionamiento normal del sistema.

La democracia del dinero

El capitalismo suele presentarse como el modelo político más democrático de la historia.

Pero ¿qué significa la democracia cuando el poder económico está concentrado en manos de una minoría?

¿Qué libertad puede existir cuando millones de trabajadores viven endeudados, mientras una pequeña élite acumula fortunas inimaginables?

La corrupción no comienza cuando un funcionario acepta un soborno.

La corrupción comienza cuando el dinero se convierte en el principal mecanismo para-acceder al poder.

Los escándalos financieros, los paraísos fiscales, la evasión de impuestos, el tráfico de influencias y la privatización de los bienes públicos no son accidentes del capitalismo.

Son expresiones inevitables de un sistema construido sobre la desigualdad.

Del capitalismo industrial al tecnofeudalismo digital

Si Gorki pudiera observar el mundo actual, probablemente comprobaría que sus palabras siguen teniendo una extraordinaria vigencia.

Hoy asistimos al surgimiento de una nueva fase de concentración del poder económico: el tecnofeudalismo digital.

Un pequeño grupo de corporaciones tecnológicas controla enormes cantidades de información, datos personales, sistemas de comunicación, plataformas digitales y herramientas de inteligencia artificial.

El poder ya no se limita al control de las fábricas.

Ahora también se ejerce mediante el control de los algoritmos, la vigilancia digital y la concentración del conocimiento.

Las grandes plataformas tecnológicas acumulan riquezas equivalentes al producto interno bruto de numerosos países.

Mientras tanto, millones de trabajadores producen contenidos, generan datos y alimentan sistemas digitales sin participar de los beneficios que ellos mismos ayudan a crear.

La explotación adquiere nuevas formas, pero conserva la misma esencia denunciada por Marx hace más de un siglo.

La cultura como instrumento de liberación

Máximo Gorki no fue solamente un escritor.

Fue un intelectual comprometido con la transformación revolucionaria de la sociedad.

Su literatura nació del sufrimiento de los sectores más pobres y de la convicción de que la cultura debía convertirse en un instrumento para la emancipación de los pueblos.

Por eso decidió poner su talento al servicio de la construcción socialista.

Comprendió que la cultura no podía permanecer neutral frente a la explotación.

La literatura debía denunciar la injusticia, despertar la conciencia y acompañar la lucha de la clase trabajadora.

Su compromiso político fue una consecuencia natural de su compromiso con la verdad.

La vigencia del pensamiento de Gorki

En una época marcada por la desigualdad, las guerras, las crisis económicas, el desplazamiento forzado de millones de personas y la concentración obscena de la riqueza, las palabras de Gorki continúan interpelando a las nuevas generaciones.

La corrupción no desaparecerá mediante discursos moralistas.

No desaparecerá con cambios cosméticos.

No desaparecerá sustituyendo a unos políticos por otros.

La corrupción solo podrá superarse cuando desaparezcan las condiciones materiales que la producen.

Esa fue la gran lección de Gorki.

Mientras el capitalismo continúe subordinando la política a los intereses del capital, la corrupción seguirá siendo una característica estructural del sistema.

La tarea de quienes luchan por una sociedad más justa sigue siendo la misma: organizarse, construir conciencia crítica y transformar las estructuras que convierten la explotación y la desigualdad en elementos permanentes de la vida social.

Porque, como nos recordó Máximo Gorki, el problema nunca fue la conducta de unos pocos individuos.

El problema es el sistema que convierte la corrupción en una condición inevitable.

¡La lucha por la justicia social, la igualdad y la emancipación de los pueblos sigue más vigente que nunca!

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